El tercer triunvirato: parodia, libretos, actuaciones, y el público como rehén

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Por Gabriel Conte

La Argentina pone en escena, ante un público que se muestra abombado por tanta sorpresa y en una sala cerrada con llave hasta que termine el show, una parodia de democracia. Un presidente dormido, una vicepresidenta que relata mirando a lontananza la ficción grandilocuente de su paso por la Tierra y un personaje que recorre el escenario con ínfulas de primer actor, con dotes de “extra” y resultados de ilusionista.

Alberto Fernández nunca fue un líder, tal como lo pensó la mayoría de los argentinos aquel sábado en que Cristina Kirchner lo puso a encabezar la fórmula presidencial que la llevaría a los fueros de la vicepresidencia como jefa del Senado. Apenas, un operador práctico “al servicio de”, que sumó éxitos y fracasos, ninguno lo suficientemente rutilante para construir en su figura a un protagonista de la historia. Basta pensar que en el futuro deberá haber un busto con su efigie en la Casa Rosada para darse cuenta, de golpe y porrazo, de lo que representa.

De allí que hay culpas compartidas en haber aceptado el juego propuesto por una expresidenta acosada por la Justicia a la que intenta desacreditar por todos los medios posibles (más allá de lo que le toca, que es bastante, por cierto) solo para que se caigan las investigaciones en su contra y pueda seguir disfrutando de su capitalismo elitista particular desde donde propone costumbres, liderazgos y mitología comunista para todos los demás.

Comprobada la estafa electoral en la que caimos, este esquema estilo Ponzi al que adherimos los argentinos al votar mayoritariamente por la propuesta “Fernández – Fernández” en 2019, se dispone a la generación de más ideas trampas para continuar administrando la pirámide del poder: el ingenio para reinventar la capacidad de encantar al público lo es todo para el triunvirato gobernante.

Sergio Massa, así como dice una cosa, dice la otra y se sostiene en ese juego que no es de equilibrios, sino de trucos de magia e ilusión. Lo sostiene un enorme aparato de promoción de su figura que se basa no en la confianza, sino en la espera de un distribucionismo de beneficios al que aspiran los que sostienen esa usina de respaldos que emerge desde medios, bocas de periodistas y pantallas que cacarean su nombre como invocación a una esperanza sintética.

Por primera vez en mucho tiempo, un gobierno peronista no es popular

Podrán autopercibirse “el pueblo”, tal como emana, por ejemplo, del análisis discursivo principalmente de La Cámpora, esa industria estatal de generación de recursos para la continuidad permanente en el ejercicio del poder. Pero se es popular cuando representan a una mayoría y hoy no hay encuesta propia ni ajena del Frente de Todos que no les escupa en la cara la durísima realidad de que son rechazados por inmensas mayorías de la población.

El camporismo se aburguesó. Desde sus mullidos sillones y los privilegios de los cargos que ocupan sus dirigentes, ya no convencen a los sectores más desfavorecidos de casi nada: no solo no son “el pueblo”, sino que tampoco tienen el cheque en blanco de representar a los pobres. 

La inoperancia en el manejo del gobierno, alimentada por un lado, por la falta de condiciones de liderazgo, pero por otros varios costados por la ausencia de un plan único, la tensión de intereses internos, el miedo a la cárcel, la ausencia de cohesión práctica e ideológica, y tal vez, el exceso de idologismo de unos y la carencia de ideales de otros, ha generado una fragmentación de lo que llaman “el campo popular” que se les vuelve en contra.

Como las defensas del organismo humano cuando detectan peligro inminente de colapso, se vuelven contra el cuerpo cientos de organizaciones que, además, han crecido a la sombra y con los recursos de quienes pensaban ser sus dueños, jefes o conductores.

Lejos de que la realidad los despabile, cada quien en el triunvirato del poder sigue con un libreto distinto al de otro. Uno, se duerme y cual cocodrilo, está destinado en convertirse en cartera, como dice el refrán. El resto, ya lo conocemos: están en escena, quieren que los aplaudan y salir por la alfombra roja, pero no lo consiguen espontáneamente. Tienen la llave de la sala en donde actúan y nadie podrá moverse si no cumplen con sus sueños. 

Una parodia de lo que tendría que ser una democracia en un país con la historia y la educación que supo exhibirle al mundo la Argentina.

El autor es director de memo.com.ar

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