De la desesperanza a la desesperación en tiempos post-ideológicos

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Frecuentemente entendemos que la esperanza es deseable y necesaria para los tiempos que corren; sin embargo, ¿es realista esperar algo de una era que se auto percibe como post- ideológica y sin historia?

Las expectativas depositadas sobre ilusiones solo pueden decantar en un pensamiento mágico, en una trampa para nuestra libertad dejando el terreno abonado para la emergencia de líderes populistas o fanatismos religiosos. Razón por la cual el optimismo ingenuo debería ser erradicado del lenguaje y de la acción política, ya que únicamente adquiere relevancia en un marco teológico.

Desde sus orígenes el cristianismo hablaba de “fe y esperanza”. Mientras la primera es la creencia en la existencia de lo sobrenatural dentro de un presente continuo, la segunda refiere a esa fe, pero arrojada al devenir: confiamos en que Dios dará lo prometido y esa pulsión se trasladará a la dialéctica de la historia, mostrando que sin fe la esperanza es simplemente utopía.

Saliendo del campo teologal la confianza “per se” en algún proyecto político es improcedente. El escape a la crisis contemporánea más bien no estaría en la quimera, sino en su contrario, en la “desesperanza”, de aquella que llega como fruto de percibir la realidad. Esto último se debe, reitero, a que estamos en un mundo sin historia y toda certeza está sostenida en el tiempo que transcurre entre la promesa y el cumplimiento. Sin perspectivas de futuro tal cualidad se torna improcedente. Una vez establecido la imposibilidad de dicha virtud solo queda la responsabilidad humana.

Propongamos entonces dos tipos de desesperanza: por un lado, la “desesperanza que decanta en la desesperación”; y, por el otro, la “desesperanza que termina en la realización del ser”.

Consideremos brevemente la primera: la desesperación que, por lo general, se relaciona con el hastío y con el nihilismo, donde la vida y sus valores carecen de sentido. Sören Kierkegaard la llamó “estar muriendo en la muerte”. El nihilismo o “doctrina de la nada” no permite ninguna salida más que la decadencia y la consideración del suicidio racional. Esto deviene de asumir la angustia de que estamos flotando, en palabras de George W. Hegel, arriba de un cascote que es la Tierra y, sobre ella, hay un ser metafísico que se pregunta por el significado. En ese reconocimiento la muerte se torna como una posibilidad de huida, de salvación última como regreso a lo inane. El poeta Cesare Pavese, escribió desesperadamente poco antes de acabar con su vida: “Para todos tiene la muerte una mirada. / Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”.

Esta desesperación a la que referimos es más bien negativa. Señalemos pues, para sortear los difíciles momentos que vivimos a la “desesperanza realizadora”. Tal vez sea esta clase de postura la que necesitemos en la actualidad.

Para entenderlo mejor citemos ahora a manera de ejemplo a las tradiciones místicas. Los gnósticos no tenían ninguna esperanza en la ayuda mesiánica. Según decían, Cristo no los salvaba, sino que más bien los condenaba por misericordia a la esclavitud de la fe. A la religación. Si Cristo era “Dios encarnado” los sujetos finitos nunca podrán llegar a ser como él. Solo podrán, en el mejor de los casos, ser una “simulación” de él. Por más que lo imiten hasta el Gólgota jamás lo lograrán, sino simplemente serán sus seguidores, su sombra: ahí se abre la dimensión temporal de la fe y de la esperanza. Dado que para los místicos Cristo se despertaba dentro de sus corazones, ya no necesitaban seguirlo, estaba en ellos. Sí tan solo los cristianos hubiesen entendido este punto no hubiesen creado el cristianismo. Por tal la esperanza en “Otro”, aquella que esclaviza se torna aquí innecesaria y la fe se reconoce como un estado imperfecto del ser.  

La desesperanza positiva es aquella que libera al hombre de las garras de la religión, de seguir al otro en vez de seguirse a sí mismo, es la que genera la verdadera emancipación del sujeto. La presunta iluminación o redención, ¿no será entonces la superación de la figura de Dios en función de la independencia espiritual?

Llevado esto a las sociedades actuales, ¿no ocurre algo parecido en los “aparatos ideológicos”, donde los pueblos observan su rescate en caudillos políticos que terminan por ser “dioses” sustitutos al que le sacrifican en el altar de la ignorancia su voluntad? Parte de la solución de nuestro mundo ¿no estará en superar los vicios arcaicos del poder esperanzador y construir una verdadera democracia realista?

Pero, ¿por qué hablamos de aparatos ideológicos en una etapa donde estos parecen haberse licuado? Recordemos que estas estructuras de “fe” han sido pensadas ya por Karl Marx, e interpretadas por Louis Althusser como objetos de intercambio. No obstante, es interesante la postura de Slavoj Zizek al respecto. A través de la dialéctica hegeliana y del psicoanálisis lacaniano intenta pensar a las ideologías mostrando que aún están activas entre nosotros, aunque no en los objetos sino en los sujetos; son las mentalidades colectivas las que las constituyen y producen. En este sentido psicológico y, claramente allí, todavía subsisten.

Zizek, que vivió bajo el régimen de la dominación soviética, sabe muy bien de lo que habla. Las ideologías están basadas en lo imaginario, en una construcción mental y en una apariencia que no se corresponde con la realidad. El problema son las representaciones que un pueblo construye de sus autoridades. Y estas representaciones al no ser auténticas, se depositan en esperanzas errátiles, como, por ejemplo, en algún sistema de gobierno que pueda revivir la historia y que dé un bienestar en un futuro que en verdad nunca llegará. Son simples espejismos, sostenidos en deseos o utopías de carácter mítico.

Platón, en su análisis de “La república” ideal sabía muy bien que las “copias” representativas de los Estados eran meramente eso, copias, pero era lo único que se podía obtener en el mundo sensible, no las cosas tal cual son, vale decir la “idea”, sino la construcción formal de ella, la apariencia proyectada. Empero, lo “ideal” como reproducción podría deformarse también en ideologías cerradas, es decir, en simulacros.

La simulación no es una copia fiel de algo, sino un engaño, un fantasma, una burda imitación. Una cosa es un Estado posible de un ideal y otra muy distinta es un Estado de ficción.

La esperanza en los gobernantes simuladores y su metafísica de poder fabulado son tan ilusorias como incumplibles. Son movimientos que ostentan una lógica religiosa. De fe. Peor aún, mágica. No importa lo que hagan sus líderes, siempre serán seguidos incondicionalmente. Tanto en los populismos como en los progresismos las masas ovacionan a genocidas y dictadores que les prometen un Reino supremo inexistente, manteniendo a sus devotos expectantes en el cumplimiento de sus mentiras. 

El nacimiento de la filosofía y el problema de Dios

Los simuladores no necesitan que el pueblo piense, al contrario, tratan de convertirlos también en meras simulaciones. Solo requieren una multitud robótica, marginal e inauténtica, que a medida que se hunden más en su agonía creen que alcanzaran las puertas de los cielos. Necesitan, además, que el pueblo estéril tenga la “esperanza” en lo incumplible, que anhele la liberación que precisamente ese “gran Otro” les puede donar destruyendo cualquier posibilidad de verdadera autonomía.

¿Qué queda para los esperanzados, para los ideologizados, para los “huecos de la Tierra”? Para los fanatizados en posturas donde el disenso es respondido con violencia, para aquellos que no les interesa la verdad ni los hechos, ni siquiera las interpretaciones, seguirán encadenados a su “cruz de humo” ahogando la posibilidad de abrirse a la verdadera desesperanza, a aquella que llevará a la acción creadora. Estos ciegos seguirán eternamente mirando a la nada, a una soteriología que jamás anclará, condenando por la “tiranía de la mayoría” a los inocentes a vivir en una región devastada de oscuridad y ruina.

En suma: nunca fueron tal aplicables las palabras de Baruj Spinoza como lo son hoy. En su “Tratado Teológico Político” escribió: “Pero el gran secreto del régimen monárquico y su principal interés consiste en engañarlos, disfrazado bajo el hermoso nombre de religión promoviendo el temor que necesitan para mantenerlos en servidumbre, de tal modo que crean luchar por su salvación cuando en realidad pugnan por su esclavitud…”.

El autor es teólogo y filósofo

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