Educación virtual, ¿el asesinato del saber?

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Por Sergio Fuster *

Algo que se ha mantenido casi inalterable a lo largo de las épocas está en proceso de cambio: hablo de la estructura de la educación. Con “estructura” me refiero a la figura del maestro como entidad real, aquel quien dona el conocimiento para que el discípulo pueda formase, forjar ideas e ideales, crear opiniones críticas y continuar la difícil tarea de afectar a la sociedad para bien.

La dialéctica maestro-discípulo podemos encontrarla ya desde la Grecia antigua en la Escuela de Pitágoras, en la Academia de Platón y en el Liceo de Aristóteles. Lo mismo en la Biblioteca de Alejandría que fue el centro más grande de difusión de la cultura helena.  

Sin embargo, esto no duraría mucho. La noche del 24 de agosto del año 410 e. C., cuando Flavio Alarico I rey de los visigodos sitia y saquea la ciudad de Roma, fue un símbolo incuestionable del fin de una era: la derrota del progreso anterior en favor del aumento del embrutecimiento. Jerónimo expresó: “La antorcha clarísima que iluminaba toda la tierra se ha apagado (…), en una sola ciudad ha perecido todo el mundo”. Agustín desde la ciudad de Hipona fue un testigo privilegiado del hundimiento de una civilización que había atesorado saberes ante la llegada de un nuevo orden que inevitablemente llevaría a las tinieblas.

Por ende, durante la Edad Media hubo una ruptura y una pérdida del interés por la instrucción quedando limitada a algunos monasterios. El pueblo, relegado al campesinado y a urbes precarias brillaba por su analfabetismo, condición de la que no eran ajenos los mismos monarcas. Por esto se suele denominar a esa tiempo como oscurantismo.

Cerca del Renacimiento el proceso comienza a revertirse. Como resultado surgen algunas Universidades, entre otras la de Oxford, la de Salamanca, también la de Fes y la de París. La sapiencia y la cultura, que puede dar lugar al revival y a la construcción del sujeto y de la historia, está indisociablemente relacionado con la recuperación de la lógica maestro-discípulo constituyéndose en un imprescindible símbolo nuclear. La invención de la imprenta con caracteres móviles, la posibilidad de que copias de textos, panfletos, revistas y libros estuviesen a la mano de la gente del vulgo dio como consecuencia la ampliación del pensamiento crítico que decantó en la Ilustración.

En la actualidad los avances tecnológicos aplicados al campo educacional sin duda han facilitado el acceso al conocimiento y a la posibilidad de implementar nuevas herramientas didácticas; no obstante, este desvío de pauta, más allá de sus bondades, puede que funcione como un arma de doble filo.

Los procedimientos utilizados durante las cuarentenas permitieron que las personas se pudiesen reunir por medios virtuales y, de esa manera, los programas de adiestramiento pudieran continuar. Empero, la permanecía de estos métodos sin un control inteligente en desmedro de la presencialidad puede que tengan un efecto adverso para las generaciones futuras al crear un abismo entre el maestro y el discípulo.

Durante la historia humana, esta estructura de “sentarse a los pies del mentor” produjo a grandes luminarias en el campo de las letras, de las humanidades, de las artes y las ciencias. Hoy el mundo sería impensable sin ellos. A lo que voy es que los principales actores que enriquecieron las épocas fueron el producto de la inspiración y la admiración. Jean-Paul Sartre se sentó en la cátedra de Edmund Husserl; Jacques Lacan asistió a los cursos de Alexandre Kojéve; Michel Foucault fue alumno de Louis Althusser. ¿Se imaginan a algunos de ellos aprendiendo o enseñando por “Zoom”? ¿O a George Hegel impartiendo sus lecciones multitudinarias de manera virtual, con su público “muteado” o con las cámaras apagadas, presentando “Power Point” básicos y hablando a una serie de cuadraditos negros en vez de hablarles a seres de carne y hueso?

Esto nos conduce a la siguiente cuestión: ¿qué pasa cuando la lógica de la cultura amenaza con variar, o cuando hay un quiebre del paradigma que sostuvo y aun sostiene el saber de la humanidad? Cuando esta dialéctica pedagógica se rompe las sociedades se desgastan, se ciegan, y hasta los vastos Imperios pueden entrar en deterioro y terminar por sumergirse en la negrura.

La nueva hibridación en las aulas, o la oferta de cursos sobre temas complejos que garantizan revelar secretos en pocos minutos, más allá de ser promesas que quedarán incumplidas, han hecho que el cuerpo comience a perder la sustancia, es decir, lo real del contacto humano y, junto con ello, la desaparición del otro. La línea de tránsito se ha virtualizado. ¿Se imaginan a Paulo Freire, por poner un ejemplo, en el papel de “influencer” tratando de enseñar algo en menos de diez minutos a través de YouTube?

Esto quizás responda a la cuestión de por qué hoy a pesar de los logros de la modernidad exista algo como la llamada “posverdad” y, quizás, explique además por qué no parece haber notables pensadores que sirvan de faro ante los problemas que padece la sociedad, y si los hubiese, difícilmente serían escuchados. El contrato implícito del legado del saber no solo se ha roto, sino que da la impresión de haber fracasado, ya que ha mutado de lo real a lo simulado donde la figura del docente como tal y los contenidos que transmite están siendo asesinados.

El quiebre imparable de la relación maestro y discípulo, donde el punto de la enseñanza se desplaza de un centro humano a otro digital, edifica a un ente solitario que se informa a través de algoritmos en función de una autoformación que puede que tenga en un futuro no muy lejano consecuencias indeseadas.

Las plataformas de videoconferencias y otras tecnologías similares, más allá de su utilidad, han propiciado una herida casi sin retorno a la educación dirigiéndola a su agonía, a tal punto que es propia de una época en curso donde lo inmaterial ha vaciado de contenido a los sujetos inhabitándolos.

Guy Debord en “La sociedad del espectáculo”, obra escrita en la década del sesenta, reflexionaba ya en la crisis de lo que Karl Marx llamó “mercancía de cambio”. La “cosa” (en este caso el aprendizaje) se ha subsumido en una paulatina desarticulación en la que se termina por consumir solamente antimateria de manera vertiginosa arrojando a sus mismos consumidores (el aprendiz) a una insustancialidad donde los medios de producción se esfuman. Siguiendo con el razonamiento de Debord, con este capitalismo fantasma es probable que solo queden seres innecesarios y autoabastecidos, con capacidades inanes, que se alimentan de lo etéreo haciendo improcedente cualquier evaluación del presente.

Ahora, llevado al campo de la educación, la formación de los futuros actores está en vías de desmaterializarse a tal grado que podemos vislumbrar una era venidera donde el “maestro físico” pierda su espacio, donde exista una multitud instruida únicamente por redes, con miles de millones de verdades diversificadas, por intertextos y por la liquidez intempestiva y no por referentes reales cuyas experiencias deberían marcar las sendas auténticas de sus vidas.

Hasta el momento el sentido del entrenamiento siempre se ha mantenido inalterable a lo largo de milenios, pues el giro radical que está sufriendo la misma a través de las tecnologías y del vaciamiento del ser puede que hagan obsoleto cualquier intento de reevaluar las eras: por la sencilla razón que se habrá extraviado el concepto de veracidad y, como tal, carecerá de sentido el enseñar a pensar.

Mientas que el “sentarse a los pies del mentor” ha dado lugar a gigantes intelectuales, todavía no sabemos los resultados que producirá “el sentarse ante las pantallas”. Solo sentimos que una sombra cada vez más densa se cierne sobre la nueva lógica de la educación.

Pero hay algo que sí podemos intuir: tal como alguna vez el esplendor de los saberes antiguos cayó a raíz del embrutecimiento del mundo, nosotros tenemos indicios que nos advierten que estamos a las puertas de otro “orden”, y en este caso, también viene acompañado de oscuridad y barbarie.

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