Por Carlos Tonelli
El nuevo ministro de Economía, Sergio Massa, anunció una medida laboral que parece adecuada, pero que es verso. Algo parecido hizo Macri en 2017. Y ambas iniciativas estaban destinadas a idéntico fracaso.
El programa “Puente al Empleo”, que así se llama el verso en este caso, aspira a convertir planes sociales en empleo formal. Y en 2017 se llamó “Plan Empalme”.
El incentivo que se ofrece a las empresas consiste en que, contratando beneficiarios de planes sociales, se bajaría el costo laboral ya que podrían tomar como parte del salario el monto del plan.
Para los beneficiarios la ventaja es que no tienen que darse de baja del plan para desarrollar una actividad como empleado registrado. De esta manera, se espera convertir los planes en subsidios al empleo formal.
¿Por qué fracasó en 2017 y va a fracasar ahora?
Porque se insiste en ignorar (deliberadamente) las verdaderas variables que tienen congelado el empleo formal en nuestro país desde hace más de diez años.
Según el INDEC, en esta década la población en edad de trabajar creció aproximadamente en 3 millones de personas, las cuales se insertaron de la siguiente manera:
• El 25% como empleados públicos.
• El 32% como desempleados o inactivos.
• El restante 43% como cuentapropistas.
El empleo en empresas, tanto registrado como “en negro”, se mantuvo muerto.
En este contexto pretender que los planes se conviertan en empleos formales es un acto de voluntarismo mágico.
La no creación de empleos responde a un ambiente macro que desalienta la inversión y la producción. Es más, la castiga (por caso, el nuevo y extraordinario anticipo a las ganancias dispuesto por Massa).
Pero aunque hubiera estabilidad, previsibilidad y crecimiento, la generación de empleos está trabada por arcaicas instituciones laborales que generan costos salariales altos e inciertos: leyes y convenios colectivos centralizados con una desactualización evidente; interpretaciones judiciales que potencian esas distorsiones; cargas sociales entre las más altas del mundo; profundo deterioro del sistema educativo y de formación profesional que torna inservible al futuro empleado.
Es decir que las políticas públicas vigentes (en su totalidad) desalientan la generación de empleos, y pretender convertir planes en trabajo en estas circunstancias y de esta manera, suena lindo pero es verso.
Un caso más en el que los consensos entre oficialismo y cierta oposición “dialogista” y “constructora de acuerdos”, alrededor de políticas equivocadas, cuando no esconden negociados, no sirven para nada.
