Mandrake contra el tiempo

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Por Vicente Massot

La mejor manera de comprender los procedimientos a los cuales ha echado mano Sergio Massa para lograr el cometido que se ha propuesto —salvar al gobierno del descenso tan temido por el kirchnerismo— es tomar conciencia de lo que significa el dicho popular de barrer la basura debajo de la alfombra. Se equivocaría de punta a punta en su análisis quien creyese que el ministro de Economía ha puesto, con las medidas adoptadas hasta el día de hoy, los sillares de un futuro plan de estabilización o algo siquiera parecido. Nada de eso. Sea en razón de que le falta una espalda política de mayor envergadura para acometer semejante empresa, o que carece de ideas en punto a darle andadura a algo de suyo tan complicado o, quizá, que haya juzgado que no tiene el tiempo necesario a los efectos de implementarlo con éxito, lo cierto es que tanto él cómo el equipo que ha reunido pretenden conseguir cuatro cosas, a su juicio fundamentales si es que
desean llegar a las elecciones del año próximo en condiciones de obtener un resultado decoroso. ¿Qué tan decoroso? Aunque no lo reconozcan en público, porque sería asumir su derrota por anticipado y eso aceleraría la crisis que desean exorcizar, se conforman —lo que no es poco— con retener el dominio de la provincia de Buenos Aires y de la cámara alta del Congreso de la Nación.

Los logros a los que apuntan son: 1) incrementar las reservas de libre disponibilidad del Banco Central; 2) mantener la mejor relación posible con los Estados Unidos y el Fondo Monetario Internacional; 3) fortalecer —hasta donde ello resulte asequible— la actual constitución del Frente de Todos sin que se desgaje por efecto del nuevo ajuste sobre el sector privado —cuyos efectos dolorosos se harán sentir pronto— y 4) evitar los cortocircuitos dentro del elenco gubernamental que pudiesen incrementar aún más el grado de desconfianza que generan las peleas y contradicciones del oficialismo.

No se necesita explicar que si pudiesen conseguirlos sin generar consecuencias colaterales de carácter impopular, sin herir a nadie y sin vulnerar poderosos intereses creados, la cirugía que están realizando sería relativamente fácil. Pero no se desandan los desaguisados cometidos por una administración cargada de ideas obsoletas y de funcionarios ineptos con parches de alcance limitado y discursos en extremo optimistas. En comparación con sus inmediatos predecesores, el soberbio de Martin Guzmán y la intrascendente Silvina Batakis, Sergio Massa hace las veces de un Mandrake nativo al que las cosas parecen salirle a pedir de boca. Una mirada a vuelo de pájaro deja esa impresión. Sólo que las apariencias suelen resultar engañosas. Lo que se ve a primera vista luce razonablemente bien, confrontados los éxitos del actual ministro con las experiencias de sus dos antecesores. Basta pensar adónde hubiésemos ido a parar en el caso de que la Batakis hubiera seguido al frente del Palacio de Hacienda para darle la derecha a Massa y reconocer que —al menos de momento— detuvo la sangría y logró capear el temporal que amenazaba devorarnos. Por cuánto tiempo, nadie lo sabe. Entre otros motivos porque lo que no se alcanza a ver a primera vista —el cuerpo sumergido del iceberg— genera incertidumbre —y hasta cabría decir, sin exagerar: mete miedo.

La estrategia del exintendente de Tigre es vieja como el mundo y no siempre resulta sencilla de llevar a cabo. Se trata de huir hacia adelante y de barrer la basura bajo la alfombra sin que se note demasiado. Se requiere para lograrlo una dosis de audacia descomunal, mucha suerte, una sociedad tolerante, que la basura no le juegue una mala pasada antes de tiempo y una singular capacidad para mostrar tan sólo la parte positiva de la gestión. Nada más y nada menos.

Massa podría sostener —sin por eso faltar a la verdad— que el reciente viaje a Norteamérica y la maratón de reuniones con funcionarios de primera línea del gobierno demócrata presidido por Joe Biden, y con las más altas autoridades del FMI, fueron exitosos. Que la pax cambiaria, aunque endeble, es más sólida que la de sus predecesores en el cargo. Que, de resultas del dólar soja, ha logrado acumular reservas que nadie imaginaba posible un mes atrás. Y que la principal opugnadora de los recetarios de austeridad fiscal y de buena vecindad con el organismo multilateral de crédito internacional, Cristina Fernández, no ha abierto la boca con el propósito de ponerle un palo en la rueda, como sí lo hizo con Guzmán. El listado impresiona favorablemente y no se lo puede desestimar así como o así. Sin embargo, las cosas en medio del berenjenal en el que nos hallamos nunca son tan simples y lineales.

Las ventajas con las cuales cuenta Massa no son de despreciar. Audacia le sobra, la proverbial mansedumbre argentina lo pone a cubierto de cualquier estallido social en el que pudiera pensarse, y la suerte hasta aquí no le ha sido esquiva. No obstante, las desventajas son descomunales en atención a que la mayoría de la población le cree poco y nada a la propaganda y anuncios oficiales. De atenernos a las encuestas de opinión pública más de la mitad de la gente piensa que la vicepresidente es responsable de los delitos que le atribuyó el fiscal Luciani. Además de considerar que el atentado en contra de la viuda de Kirchner fue armado. Todo esto en un país en donde, desde que asumió el gobierno populista, los precios se duplican cada catorce meses y que ahora, de la mano de Sergio Massa, presenta un presupuesto con una proyección del índice
inflacionario para el año entrante de un ridículo 60%. Un dibujo poco serio que pone de manifiesto
hasta qué punto la necesidad de falsear la realidad tiene patas cortas.

Es unánime, según lo registran los relevamientos cualitativos hechos en las últimas semanas, la desazón, el descreimiento y la falta de confianza en los políticos que dejan traslucir las personas a las cuales se les preguntó su opinión respecto de la situación en la que se encuentran, los proyectos que alientan para el año próximo y la imagen que tienen del gobierno. El descontento y la falta de esperanza resultan sobrecogedores. A lo apuntado es menester sumarle el encontronazo de Massa y el presidente del Banco Central, cuya resolución referida a aquellas empresas que hayan liquidado su producción a través del dólar soja ha recalentado los mercados y puesto en alerta al campo. Si Miguel Pesce lo hubiese hecho a propósito, para serrucharle el piso al ministro de Economía no le habría salido tan bien.

El dólar soja esconde un costado inflacionario y recesivo del cual conviene no hablar. Hay que barrerlo bajo la alfombra. Con el crecimiento exponencial del déficit cuasi fiscal, con la incidencia negativa de las trabas a la importación y el notorio deterioro de los haberes jubilatorios, sucede lo mismo. Y así cabría enumerar tantas y tantas cosas que son o bien negadas o bien silenciadas por los responsables del manejo de la economía.

Claro que, como no estamos en Cuba o Venezuela, tratar de ignorarlas a la manera de la vocero de la Presidencia de la Nación, Gabriela Cerruti, es como tratar de tapar el cielo con un harnero. La pregunta del millón, entonces, es si el tiempo jugará en favor de Mandrake o le pasará la factura antes de que el Frente de Todos abandone la Casa Rosada. Si triunfa el falso mago sucederá cuanto ha expresado con claridad Luciano Laspina: se alargará la mecha y se incrementará el tamaño de la bomba que le dejará esta administración a la entrante. Si, en cambio, sale la basura a la luz con anterioridad a los comicios de octubre del año que viene, ni Sergio Massa ni siquiera San Pedro podrían evitar una verdadera catástrofe electoral del oficialismo.

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