Prilidiano Pueyrredon, aquel notable retratista

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Hoy, 24 de enero, se cumple el bicentenario del nacimiento de Prilidiano Pueyrredon, el gran retratista que, como lo señaló Adolfo Luis Ribera, “no deja de extrañar hoy, a más de un siglo de distancia, que un pintor local pudiera afrontar tamaña empresa como es la de retratar a gran parte de la sociedad porteña, en un tiempo relativamente corto”.

Fija Ribera ese lapso entre setiembre de 1854 y noviembre de 1870, pero creemos que debemos reducirlo un poco porque en los últimos tiempos su diabetes y los problemas de visión eran obstáculos en su actividad.

Lo cierto es que los paisajes, cuadros costumbristas y retratos le otorgan justa fama. Anteriormente, cuando regresó junto a los suyos a Buenos Aires hacía fines de 1849, pintó del natural el retrato de don Juan Martín en su ancianidad. Fue antes del 13 de marzo de 1850, fecha en que falleció el prócer en la quinta de San Isidro. Los albaceas de Prilidiano lo entregaron a la Universidad de Buenos Aires y se encuentra en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, y es una obra que demuestra sus calidades artísticas.

Habrá sido este retrato el que hizo que en 1851 fuera elegido por un comité para retratar a Manuelita Rosas. Los encargados de la elección eran Juan Nepomuceno Terrero, Luis Dorrego y Gervasio Ortiz de Rozas; como bien lo indica Ribera: “El comité estuvo acertado, porque ninguno de los pintores que entonces se encontraban en la ciudad hubiera sido capaz de acometer con la responsabilidad de hacer un retrato oficial de la importancia de éste, tarea que realizó con total probidad”. No vamos a insistir con este retrato que ha merecido ya suficientes estudios y que en breve será motivo de un capítulo de una biografía de Manuelita que publicará el doctor Miguel Ángel De Marco.

Otro retrato de esa primera época de Prilidiano en Buenos Aires es el de su sobrina Magdalena Costa, obra inconclusa ya que falta terminar la mano que le fuera negada en matrimonio por su madre, doña Florentina Ituarte de Costa, prima hermana del pintor.

En cambio nos detendremos en otros. Los primeros son los del matrimonio compuesto por don Santiago Calzadilla, el autor de “Las beldades de mi tiempo”, y su mujer, doña Elvira Lavalleja, hija del ilustre general uruguayo. Don Santiago gozaba de la amistad del artista y el retrato fue realizado en su taller con un modelo que aparece de tres cuartos sentado en una silla de caoba, tomando el respaldo con su mano derecha y la otra, apoyada sobre un sombrero de paja negra apoyado en el mismo. Viste cuello y pechera blancos, corbata y chaleco negros, saco amarillo y pantalón blanco. A la izquierda, sobre la mesa están colocados ordenadamente varios pinceles, un recipiente, una mesa de dibujo con un plano, unos cuadros entre ellos “Paisaje de San Isidro” y una miniatura del general Pueyrredon.

El retrato de doña Elvira Lavalleja de Calzadilla la presenta de pie, junto a un cerco de alambre con sus postes, rodeado de flores, su mano derecha se apoya en una silla y la izquierda sosteniendo una sombrilla rosa. Viste un traje azul, con moños y adornos azules, sus alhajas son un aro que se ve del lado izquierdo y una cadena con una cruz. El paisaje de fondo destaca un riacho y unos sauces y más al fondo una tupida vegetación nos hace pensar que fue realizado en la quinta que los Calzadilla tenían en el Tigre. Los retratos del matrimonio son del año 1859.

Otro retrato curioso es el de Giuseppe Garibaldi, que el autor regaló a la Sociedad Unione e Benevolenza en 1860. Con camisa roja y pantalón verde oscuro, al fondo se ve la bandera de Italia, un paisaje de Nápoles, y el personaje sostiene con su mano derecha una espada mientras que la faja lleva los colores argentinos.

Juan Martín de Pueyrredon.

De 1861 es el de Cecilia Robles de Peralta Ramos y su hijo Jorge, que tiene apenas dos años y era el hijo número 14 del matrimonio. Ese año doña Cecilia dio a luz el 8 de febrero un varón que habría de morir a los diez días y ella misma falleció a ca,usa del parto el 12 de febrero. Jorge quedó inmortalizado en este cuadro y fallecería a los 16 años en febrero de 1876; acá viste un traje negro enterizo de terciopelo negro con pollera, mientras que los puños, cuello, medias y calzones son blancos, estos últimos con puntilla. Doña Cecilia lleva traje azul verdoso, está sentada en una silla de caoba tapizada en rojo sobre una gran alfombra, en un gran ambiente propio de una sala con dos ventanas al fondo, sin duda don Patricio le encargó la obra para conservar la imagen de la mujer amada, cuyo nombre se perpetúa en la iglesia Catedral de Mar del Plata.

Vayan estos cuatro como muestras de un artista exquisito que penetró acabadamente en el espíritu de sus retratados, como lo vimos en el de Miguel José de Azcuénaga, hace pocos días.


* Historiador. Académico de número y vicepresidente de la Academia Argentina de Artes y Ciencias de la Comunicación. Autor de “Prilidiano íntimo”, Sammmartino Ediciones

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