La robótica y la domesticación del sujeto

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El “homo sapiens” tiene marcadas desventajas con respecto a otros seres vivos, sin embargo, su cerebro no solo es el más evolucionado, sino que es aquel que le ha permitido y aún le permite acceder al dominio del mundo a través de instrumentos artificiales que compensen sus faltas.

La tecnología, desde tiempos antiguos, fue desarrollada entre otras cosas para poder sobrevivir ante la hostilidad del medio, asimismo para facilitar el esfuerzo humano, cuando no reemplazarlo. Lo que equivale a decir que aquello que fue pensado para mejorar sus condiciones y posibilidades hoy puede amenazar su razón de ser; en otras palabras, esa inteligencia que lo convirtió en amo del planeta puede conducirlo a ser su esclavo. Si lo reflexionamos así, las prótesis podrían revertir el proceso virtuoso de uso, de apuntalarle en su progreso, y colocarse jerárquicamente sobre él, convirtiéndose en sus subyugadoras y que, precisamente por ello, pongan en peligro el futuro de su especie.

El hombre, dentro de dicha superioridad que aún todavía conserva, necesita moverse a través de “repeticiones”, al igual que los animales, en este repetir hay una dimensión de sentido ya que sirven para dar un objetivo a su existencia. Los rituales religiosos, por ejemplo, funcionan como retornos a los orígenes míticos y, de ese modo, pretenden reactualizar el cosmos y así mantener la lógica de la vida, tanto divina como humana. Sirven para tomar consciencia de la necesidad de participar en la co-creación del cosmos.

Todas las estructuras cultuales poseen este tipo de ritos iniciáticos que, por medio de la repetición, logran el pasaje a la singularidad. Cada renovación consiste en el reverdecer del propósito de la vida. Entonces el sujeto se sostiene en la reiteración, en volver sobre lo parecido, no solo para mantenerse en una “zona de confort”, sino para ahorrar energías lo que le transfiere, además, hablando psicológicamente, una plena seguridad.

Hay que aclarar que dichas repeticiones no refieren a los “traumas” de los que habla constantemente el psicoanálisis. Estos son estrías sintomáticas y deben ser superadas. La repetición sana es liberadora, mientras que la patológica ancla al individuo en una trampa enferma, en un “eterno retorno” del que no tiene consciencia de cómo salir.

Dichas estructuras no deben ser exactamente iguales, de hecho, sería imposible que así fuesen, esto solo lo hacen las máquinas artificiales, no el sujeto. Él es singular por definición y en cada reiteración instaura un principio creador que lo hace original en el avance temporal. Y todo lo que es original tiene un valor. Así construye la historia.

Gilles Deleuze, pensó el espectro justamente en una de sus obras titulada “Diferencia y repetición”. Expone que, en cada vuelta, lejos de ser un automatismo maquínico, hay una oportunidad para abrirse vitalmente a lo nuevo. Esto es un sostén de propósito y el sujeto puede así conservar un cimiento que lo humaniza.

La obra de Deleuze termina aplicando lo antedicho a un panorama mucho más complejo. Más bien aquí, preferí tomar la idea de la diferencia y la repetición como muestra para poder estudiar la realidad de la mecanización que atraviesa nuestra anómica época y de cómo esto contribuye a la decadencia del hombre contemporáneo.

Toda actividad repetitiva, en concreto algunos tipos de labores, tienden en el mundo actual a automatizarse. Lo que antes hacían las personas con su fuerza de trabajo, del cual el capitalista acumulaba la plusvalía, ahora lo sustituye un aparato que reproduce una matriz en serie, y si todavía no lo ha hecho, estemos seguros de que pronto lo hará. Primeramente, la máquina ayuda a componer una parte de la tarea, y luego, evoluciona hasta el grado de confeccionar la totalidad del producto poniendo al agente que la maneja en cuestión.

Esto no aplica solo a la fuente de trabajo, sino que la reflexión debe ir más allá, ya que pone en riesgo además los fundamentos del ser en todos los órdenes. Los argumentos de los que defienden la automatización dicen que ahora uno debe adaptarse a los cambios o si no seremos aplastados por ellos. Y esto realmente es así. Entonces solo queda o morir o transformarse. Otros defienden también este punto de vista arguyendo que es una crisis, en la cual el individuo tiene la oportunidad de reformularse y sobrevivir. Pero debemos tener en cuenta que esa “reformulación” propende, no a la sustitución sino a la simulación. Imita, pero no co-crea. O sea que no es algo verdadero.

Se abre de esta manera la posibilidad de pensar que quizás no todo lo repetitivo es una nueva forma de emancipación, sino una posible puerta hacia una nada, a un vacío que, en vez de fomentar el ingenio y el desarrollo en realidad está afectando los pilares del ente. Lo digo en el sentido de que de toda “repetición estética” -distinta a la “robótica seriada”- surge una singularidad y con dicho decurso la necesidad de seguir constituyendo al ser en función de que puede continuar edificando un futuro histórico previsible.

Siguiendo esta línea de razonamiento, la automatización “robótica seriada” aplastaría a esta perspectiva. La robótica en reemplazo de lo humano, del trato con el otro, lejos de crear a un ser nuevo y preparado está dejando a un sujeto des-sujetado, inhabitado, amansado, cuyos propósitos se han trasladado quién sabe a qué lugar, dejándolo con una esencia baldía. La sustitución del ser por lo mecánico lo desvanece, lo devasta, arrojándolo a la vacuidad. Las opciones son oscuras: debe habituarse a su nada o morir, que en definitiva también es nada.

¿Adaptarse o no? ¡He ahí el dilema!  La adaptación está profundamente relacionada con las pretensiones totalitarias de este capitalismo maquínico quien requiere de engranajes que sean “entes sin entidad”. Por tanto, el sistema necesita seguir embruteciéndolos, adormeciéndolos con el consumo, con la ceguera de lo audiovisual, con el hedonismo y con la liquidez, para que se vuelven inertes, “zombis”, muertos sin sepultura y sin alma.

De la adaptación, palabra muy querida por el positivismo cientificista, ya nos hablaba Friedrich Nietzsche cuando criticaba a los “camellos” como bestias dóciles, atontados, obedientes, que no eran capaces de cuestionar una orden y conducirse a sí mismos. Igualmente, el “loco de Turín” consideraba a los cristianos que, como ovejas al matadero morían y vivían por un orbe platónico, insustancial, virtual, y perdían la oportunidad de forjase en “superhombres”, es decir, en seres que decidieran su rumbo con los pies sobre la tierra. Claro que en el caso citado era ideológico y no tenía que ver con la robótica, aunque necesariamente aplique.

El amansamiento permite la supervivencia, pero los denominados supervivientes son solo “unidades de masa” carentes del espíritu de la nobleza, del genio necesario para comprender el destino universal: porque el proceso de domesticación no puede forjar a grandes actores que constituyan su determinación y levanten la gesta de los pueblos. Esos son los que escasean. Esos son los que sí, casualmente los hubiera, serían acondicionados rápidamente para quitarles su espíritu por medio de la repetición automática y anular a los que pudiesen potencialmente hacer la diferencia. El capitalismo maquínico necesita de los autómatas, de los sonámbulos, de los sumergidos en la nube de lo digital para alimentar su insaciable hambre de acopio sin norte.

Alguien podría objetar y con razón que, si uno no se somete, esto es, si uno no se adapta, corre el riesgo cierto de morir, de quedar en el camino del olvido y de la marginalidad. Es verdad. Pero también es verdad que los próceres que levantaron los acontecimientos de las épocas fueron precisamente los inadaptados, aquellos que no permitieron que los oprimieran, sino que en sus ideales de libertad y de altruismo fueron los que, justamente por decir “no”, pudieron alterar el curso de la historia mediante el acto justo de rebelión.

Hoy vamos camino a la robotización casi total y, junto con ello, a la estupidización del ser: precisamente por eso la consigna es más difícil y utópica todavía: se trata de no caer en el abismo de la mediocridad, de no permitir la sustitución de la singularidad humana por la técnica, lo que conlleva el difícil oficio de pensar con independencia, de no someterse a la dictadura de las mayorías porque hoy hay que apelar a los escasos “despiertos de la tierra” para revivir la historia y recuperar la realidad que la digitalización nos ha robado; y hacerlo en forma urgente antes que sea tarde.

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