Déjà vu

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Era tan cantado el recurso al que echaría mano Sergio Massa que hasta un chico de jardín de infantes se hubiera dado cuenta de lo que se venía. En dos meses, desde el momento en que finalizó la vigencia del dólar Soja 1, el Banco Central perdió 40 % de las reservas de libre
disponibilidad que había logrado atesorar en el curso de un mes. El in-centivo que le ofreció al
campo el equipo económico rindió sus frutos en septiembre. Pero tuvo unos efectos negativos
que el gobierno, sin demasiada suerte, intentó barrer debajo de la alfombra. Resultaba obvio que
ofrecerle liquidar U$ 50 más a quienes dese-aran sus granos le generaría un respiro a la
administración kirchnerista. Sólo que sería pasajero. No sólo en el mes de la primavera se produjo
la mayor emisión monetaria del año sino que —bien mirado— el expediente del cual se valió el
oficialismo no fue otra cosa que un adelanto de ventas del sector agrícola. Pan para hoy y hambre
para mañana. La magia —que siempre tiene un truco—fue de escaso aliento, y como el
BCRA exhibió otra vez su talón de Aquiles más notorio, hete aquí que Massa decidió repetir el
remedio. Carecía de alternativas. Por lo tanto, lanzó un dólar soja II durante diciembre.

La idea de liquidar los stocks remanentes es, en definitiva, la única que, puesta en práctica, le permitirá ganar algo más de tiempo y con ello pasar no el invierno -como en tiempos pasados pedía el ingeniero Álvaro Alsogaray- sino el verano. En las últimas dos semanas, poco más o menos, la divisa norteamericana, siempre agazapada, volvió a recalentar el mercado; la ampliación del “swap” chino no movió el amperímetro; el canje anticipado de bonos -con el propósito manifiesto de refinanciar la gigantesca deuda en pesos que arrastra la tesorería- no tuvo, ni muchos menos, el éxito esperado, y, para colmo de males, la sequía no da tregua.

Ante tamaño panorama, volvimos a las andadas. Massa está preso de la necesidad y sabe perfectamente bien, al igual que el presidente y también Cristina Fernández, que sin reservas se producirá una corrida y que esta llevará, fatalmente, a una devaluación. No hay que ser
demasiado vivo para darse cuenta de que, en su cartuchera, el titular de Hacienda tiene un solo
tipo de munición y no le sobran las balas. Dicho de manera diferente: para que no zozobre el Banco
Central debe ofrecerle al campo una zanahoria importante. De lo contrario la respuesta que
recibiría seria decepcionante. Al mismo tiempo, Massa es consciente de que el libreto
implementado en septiembre y ahora repetido, no puede usarse indefinidamente.

Luego de anunciar el dólar soja a finales de agosto, Máximo Kirchner se permitió decir que el gobierno se había “arrodillado frente a las cerealeras y el campo”. Por supuesto que nadie le llevo el apunte. El hijo de la vicepresidente habla porque el aire es gratis y, de ordinario, lo que expresa son tonterías sin demasiado sentido. De cualquier manera, si el jefe de La Cámpora tuviese hoy que calificar el deja vú de Massa, seguramente debería expresa algo así: primeros nos arrodillamos y después nos bajamos los pantalones. Como quiera que sea, lo cierto es que, analizada la cuestión con base en la situación económica del país, lo que se aprecia es una improvisación que asusta. En cambio, en caso de mirar el asunto desde un atalaya diferente y de ponderar, en su justa medida, la prioridad excluyente del oficialismo: llegar a las elecciones sin necesidad de devaluar, Sergio Massa sigue sacando unos conejos de la galera que, de momento, lo ayudan a subsistir.

La estrategia de hacer de la necesidad, virtud, es compartida por todos los sectores del frente oficialista. La aceptación de las medidas que ha tomado, de cuatro meses a esta parte, el ministro de economía es unánime en el kirchnerismo más duro, y también en lo saldos y retazos del viejo peronismo que, en las provincias, más que en el Gran Buenos Aires, no termina de definir qué camino seguir de cara a las elecciones del año que viene. Ningún gobernador, intendente de fuste, diputado o senador de los que pueblan ese colectivo amorfo conocido como el Frente de Todos, ha dicho esta boca es mía respecto del ajuste puesto en marcha. Nadie se anima en público a criticarlo y ello incluye a los que presumen de izquierdistas, progresistas o anticapitalistas en el riñón gubernamental. Fenómeno curioso si uno se atiene a las observancias ideológicas, pero nteramente lógico si se toma en cuenta el instinto de sobrevivencia. Parece claro que aprendieron la lección que les dejó la fuga anticipada de Martin Guzmán y la nonata gestión de Silvina Batakis. Jugaron con fuego en forma irresponsable y quedaron a unos pasos apenas del abismo. Aterrados, ahora son capaces de justificar a Von Mises y Hayek con tal de durar.

Para el equipo económico el pasado carece de importancia y el futuro representa la eternidad. Solo se atiene al presente. Los problemas que debe resolver son los de hoy. Mañana será otro día y Dios dirá. Esto importa una contradicción monumental que no le escapa al ministro y a sus técnicos, pero que no están en condiciones de resolver. Sucede que, junto con la merma de divisas, el otro flanco excluyente que el gobierno tiene abierto es el de la inflación. Si no logra que el índice descienda, la derrota en las urnas, en agosto y octubre, puede tener una dimensión pavorosa. Pero para que el número de abril -el futuro- esté más cerca del 3% que del 7%, Massa debería poner en ejecución un plan serio de estabilización ya -en el presente. Cosa que no está en condiciones de realizar. Los tiempos le juegan en contra y la cuota de poder y de independencia respecto del presidente y de Cristina Fernández no resulta suficiente para acometer dicha tarea. Por eso hace las veces, según propia confesión, de “plomero del Titanic”.

A medida que transcurran las semanas, la administración del kirchnerismo se tope con nuevas dificultades, el equipo económico deba enfrentar el desafío de las inevitables renovaciones de la sideral deuda en pesos, y necesite para llegar a los tum- bos al segundo semestre del 2023 generar un mínimo de confianza, requerirá del apoyo de la principal fuerza opositora. En la medida que Massa continúe en el ministerio y que La Cámpora y el Instituto Patria se comporten como carmelitas descalzas, la posibilidad de un acompañamiento estaría al alcance de la mano. Si no fuese así, mejor sería que los kirchneristas hayan aprendido de memoria el Padrenuestro y el Ave María.

¿De qué acompañamiento se trata? —No hay que pensar en una suerte de cogobierno o de un acuerdo acerca de las decisiones económicas a adoptar en los pró-ximos meses. Nada de eso. Sería ridículo pensar en algo por el estilo. Acompañar signi-fica la obligación de medir las declaraciones que vayan a hacerse sobre los últimos meses del mandato de Alberto Fernández y acerca de una futura gestión en el supuesto —harto probable, dicho sea de paso— de que Juntos por elCambio se alzara con la Presidencia de la Nación y desalojase a los K de la Casa Rosada en diciembre de 2023. En cierta medida la suerte de la actual administración dependerá de lo que anuncien y expresen en público, dentro y fuera de nuestras fronteras, los precandidatos opositores con mayores posibi-lidades de sentarse el año que viene en el sillón de Rivadavia.

De momento es una cuestión de la cual poco o nada se habla. No obstan-te, pasada la temporada estival, y en plena campaña electoral, una palabra de más o de menos podría hacer estallar los mercados. No porque en Juntos por el Cambio anide la in-tención de que todo vuele por el aire. Nadie sería tan irresponsable. Más bien porque la historia está llena de eso que denominamos consecuencias no queridas. ¿Alguien se a-cuerda del “dólar recontra–alto” que en Nueva York anunciaba Guido Di Tella y de unas declaraciones parecidas de Domingo Cavallo cuando el alfonsinismo chapoteaba en el barro y la híper se recortaba en el horizonte?

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