El hundimiento de la filosofía y la nocturnidad del ser

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La llamada “sociedad postindustrial”, para parafrasear a Herbert Marcuse, está quedando vetusta. Se ha transformado además en un capitalismo digital, virtual, “postanalógico”. Los servicios como medios de producción se han despersonalizado y la lógica del conocimiento se ha evaporado. Su vida misma depende de las tecnologías que inventó. Literalmente necesita de la energía eléctrica, del combustible, de la inteligencia artificial, de sus satélites espaciales y de la red de Internet para sobrevivir y sostener la totalidad de su entramado. Una urdimbre intercompleja y comunicacional que hace nada más doscientos años simplemente no existía.

Pero esta dependencia de recursos que se engarzan como piezas de dominó no siempre es virtuosa. Si lo pensamos bien ni siquiera son necesarias unas cuantas detonaciones atómicas para acabar con ella, tan solo con una llamarada solar de grandes proporciones llevaría al planeta hacia una Edad Media en menos de setenta y dos horas. Los Estados lo saben y están tratando de tomar sus recaudos. No estamos tan lejos de un mundo postapocalíptico. Sin embargo, hay algo más sutil que pocos tienen en cuenta y que amenaza con descomponer aún más al tejido social. Hablo de la incapacidad de nuestra época de poder erigir una estructura filosófica que la apoye. Sin ella más tarde o más temprano las civilizaciones están condenadas a su decadencia y a su lenta extinción.

Quizás alguien opine que esto es una gran falacia cuando no una exageración, pero no hay que olvidar un detalle no menor: detrás de todo pensamiento filosófico se sustenta una realidad política. Ya lo había sentenciado Juan Bautista Alberdi cuando dijo que sin filosofía no se puede construir una Nación. Por ejemplo, nosotros los argentinos tenemos un país (si entendemos por país a un “paisaje” -o múltiples, como se quiera ver-), empero, todavía no tenemos una Nación: esta incluye un modelo de país, un proyecto, y eso solo lo da algo que pocas veces fue prioridad: una identidad conceptual. Hay filósofos, es cierto, pero no hay sistema filosófico propio. Es más, para muchos es innecesario, basta con ser repetidores de ideas importadas.

Si hacemos memoria en el siglo XIX hubo un movimiento llamado la “Generación del 37”, con Esteban Echeverría, el mencionado Alberdi y Domingo Faustino Sarmiento, entre otros. Un grupo de intelectuales que quisieron definir el futuro de su tierra y edificar los fundamentos de su Patria. Superando los ideales ilustrados de Mayo se inclinaron hacia el romanticismo proponiendo un “espíritu del pueblo” que fuese independiente del aura individual que, sin descuidarlo, pudiese cimentar una conciencia inalienable a través del progreso de la historia. Argentina, según ellos, no solo debía ser parte de la consciencia de Hispanoamérica, sino asimismo parte constitutiva de la historia universal a través de sus riquezas peculiares. Hombres preclaros que se esforzaron por entender su época y su ser identitario particular. Nada menos que la búsqueda de una ontología argentina.

Aun cuando es una obviedad, cabe mencionar que dichos proyectos, si bien tuvieron su influencia, en la actualidad a casi nadie perece importarle. Ni Argentina ni el resto del continente pudieron armar una filosofía propia, menos ahora, que incluso en Europa ya queda poco y nada de ella. Nos enfrentamos a una era donde la filosofía como aquello que tenga algo fundamental que decir y que deba ser escuchado ha muerto.

Después de los estructuralistas, los postestructuralistas y los posmodernos (pienso en un Michel Foucault, Louis Althusser, Jacques Derrida, Gilles Deleuze o en un Jean Baudrillard), aparecieron algunas escasas mentes lúcidas entre la que rescato a Zygmunt Bauman y sus definiciones de “modernidad líquida”, aunque ahora la academia se orientó más por Slavoj Zizek, que más allá de su rescatable primer ensayo todo lo demás es francamente prescindible, o el sur coreano Byung-Chul Han que, con sus pequeños libritos bien escritos al estilo “haikus”, no aporta nada original. Me pregunto qué pasa en la actualidad. Hoy una obra como “El ser y el tiempo” de Martin Heidegger o “El ser y la nada” de Jean-Paul Sartre sería improcedente. Hasta un Jorge Luis Borges o un Julio Cortázar no serían leídos como lo fueron. No obstante, tanto la filosofía como el arte son desde luego permanentes en los suburbios del espíritu.

En el transcurso del siglo XX en nuestro país ha habido pensadores interesantes como José Ingenieros, Vicente Fatone, Héctor Mandrioni, Rodolfo Mandolfo, Víctor Massuh o Luis Farré; muchos de ellos injustamente postergados. Sin olvidar a las vanguardias como el “Grupo de Florida” o el “Grupo de Boedo”, además de revistas como “Sur”, “Contorno” o “Puntos de vista”. Incluso la apertura para reflexionar en el resto de América Latina donde se destaca la “filosofía de la liberación” de Enrique Dussel o los estudios americanistas de Rodolfo Kusch o de Leopoldo Zea Aguilar, para mencionar algunos.

El problema general radica, no en la falta de filósofos, los hay, y seguramente muy buenos, pero son parte de una minoría ilustrada abandonada en sus cátedras que no hacen ni les permiten hacer huella en la sociedad. Las masas -y esto a nivel global- últimamente han prescindido del pensamiento para levantar sus civilizaciones, aquellas que albergan multitudes ignotas, anónimas y consumistas, que intentan exacerbar sus egos a través de sus “smartphones”, donde los “youtubers” o los “tiktokers” son la tendencia como los cultores de la mediocridad.

Para que haya filosofía se necesita algo más que filósofos, se necesita, aparte, de un público que los escuche, que les preste oídos, que los requiera, que a partir del debate de ideas se creen nuevas perspectivas para las épocas. Pero esto escasea. (Hoy la lectura profunda se ha convertido en un intertexto vertiginoso. Todo es rápido y breve). Si no hay un otro, el sujeto deja de existir (“ex-sistencia” significa “estar arrojado afuera de sí”), dirimiéndose entre su metafísica y su soledad más angustiante. Y sin sujeto no hay tiempo histórico. Los acontecimientos giran sobre sí siempre retornando a puntos comunes.

Me hace acordar a la débil filosofía romana que circundaba el Imperio antes de su derrumbe. Un orden político y militar demasiado jurídico, técnico, pragmático, donde la abstracción no era requerida. Basta leer a Tulio Cicerón, a Marco Aurelio o a Lucio Séneca para darse cuenta que nunca pudieron alcanzar el alma elevada de los griegos. Un mundo que terminó por decaer -entre otros factores- por su misma insustancialidad de pensamiento. Que adoptó un andamiaje cristiano para tratar de salvar sus restos. No olvidemos que ese orbe escondió a las luminarias de la cultura en los sótanos de sus conventos y gran parte de la sociedad ingresó en una etapa de ignorancia e indiferencia. Quedó latente. Pero no importa: siglos después floreció.

Ahora pareciera que transitamos una senda similar. El sumergimiento de lo sublime. No se necesita un apocalipsis para poner fin a nuestro tiempo. La cultura postindustrial se desmorona sola por su misma naturaleza implosiva. La civilización digital está quedando cada vez más hueca. El día menos pensado su cascará se partirá por su misma infección intestina, entonces estaremos una vez más ante el ocaso de lo bello (o tal vez la nocturnidad de una belleza diferente): ante una nueva edad oscura de proporciones globales donde se habrá perdido todo el interés humano por la sapiencia y la grandeza.

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