Del descubrimiento de las Cataratas del Iguazú

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Destino turístico por excelencia, las Cataratas del Iguazú fueron descubiertas por el segundo Adelantado del Río de la Plata, Alvar Núñez Cabeza de Vaca, hidalgo español ya cincuentón, en enero de 1542. No le faltaban méritos ni experiencia ya que había explorado la Florida y el norte de México tras salir con aquel título de Cádiz en 1540 y llegar a la isla de Santa Catalina.

Después de un tiempo, para organizarse en el lugar emprendió una marcha de casi cinco meses con el propósito de llegar por tierra a la Asunción del Paraguay, sede entonces de la gobernación del Río de la Plata. Guiado por los naturales de la región cruzó la selva y en los “Comentarios” que publicó dejó interesantes descripciones.

Una de las dificultades enfrentadas el 1º de enero de 1542 la registró este este modo: “El gobernador y su gente partió de los pueblos de los indios, fue caminando por tierras de montaña y cañaverales muy espesos, donde la gente pasó harto trabajo, porque hasta los cinco días del mes no hallaron poblado alguno; y además del mucho trabajo, pasaron mucha hambre y se sostuvo con mucho trabajo abriendo camino por los cañaverales. En los cañutos de estas canas había unos gusanos blancos, tan gruesos y largos como un dedo, los cuáles la gente, freían para comer y salía de ellos tanta manteca que bastaba para freírse muy bien y los comían toda la gente y los tenían por muy buena comida; y de los cañutos de otras cañas sacaban agua que bebían y era muy buena, y se holgaban con ella. Esto andaban a buscar para comer en todo el camino, por manera que con ello se sustentaron y remediaron su necesidad y hambre en aquel despoblado… Otro día, seis de enero, yendo caminando por tierra adentro sin hablar poblado alguno vinieron a dormir a la ribera de otro río caudaloso de grandes corrientes y de muchos cañaverales donde la gente sacaba gusanos para su comida. Otro día fue caminando por tierra muy buena y de buenas aguas y de mucha caza y puercos montescos y venados, y se mataban algunos y se repartían entre las gentes”.

En ese relato de su expedición dejó asentada la llegada a las Cataratas, que primero llamó “Salto de Santa María” y luego fueron conocidas hasta el presente como Iguazú (que en guaraní significa: y = agua; guazú = grande). Yendo por el río del mismo nombre, “era la corriente tan grande –relata- que corrían las canoas por él con mucha furia, lo que causó que muy cerca de donde embarcó da el río un salto por unas peñas abajo muy altas, y da el agua en lo bajo de la tierra tan grande golpe, que de muy lejos se oye; y la espuma del agua, como cae con tanta fuerza, sube en alto dos lanzas y más, por manera que fue necesario salir de las canoas y sacarlas del agua y llevarlas por tierra hasta pasar el salto, y a fuerza de brazos las llevaron más de media legua, en que se pasaron muy grandes trabajos; salvado aquel paso, volvieron a meter en el agua las dichas canoas y proseguir su viaje y fueron por el dicho río abajo hasta que llegaron al río Paraná”.

En tiempos de vacaciones, bien vale recordar a don Alvar Nuñez Cabeza de Vaca, que un 27 de mayo de 1559 murió en Valladolid tras una vida de aventuras y sinsabores, y que al decir del Inca Garcilaso de la Vega, dejó esta tierra “apelando al Consejo de Indias, con el propósito de ver restablecido su honor y sus bienes”.


* Historiador. Académico de número y vicepresidente de la Academia Argentina de Artes y Ciencias de la Comunicación

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