Una mirada religiosa sobre las protestas en la República Islámica de Irán

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El asesinato de la joven Mahsa Amini el 14 de septiembre de este mismo año supuestamente por no usar el velo (hiyab) a manos de la “policía de la moral”, una verdadera fuerza de “corrección” de la doctrina religiosa, desató una ola de protestas que prendieron como reguero de pólvora por no pocas ciudades de la República Islámica de Irán. Esto hace que sea necesario al menos que propongamos dos preguntas básicas: por un lado, ¿qué futuro pudiera tener este presente levantamiento? Y, por el otro, ¿cómo podemos pensar este suceso en clave religiosa?

Con respecto a la primera de las interrogaciones si comparamos esta sedición con la revolución de 1979 que derrocara al sah Mohammad Reza Pahleví, pareciera que, por el momento, no promete que haya una caída del régimen actual. La razón que podemos deducir es que en el pasado había un liderazgo claro, el del ayatolá Ruhollah Jomeini, que tenía el apoyo de las alas más radicales de los partidos de izquierda, asimismo de los grupos musulmanes chiitas y, sobre todo, del colectivo estudiantil.

No obstante esto, si lo comparamos con la llamada “Primavera árabe” de principios de la década pasada, en el caso que tenga un apoyo internacional y si estas hubiesen sido digitadas desde el exterior -lo cual es plausible- puede que tengan una oportunidad. No debería sorprendernos, más cuando Irán va en camino certero de convertirse en muy poco tiempo en una nueva potencia nuclear.

Como fuere, esto el tiempo lo dirá. Me interesa ahora pensar algunas cuestiones que tienen que ver con las teocracias y sus configuraciones, que sin duda esto es uno de los motivos subyacentes, ya el principal objetivo de este tipo de regímenes sea el dominio “casi total” del sujeto en sus más íntimas acciones; que termina siendo en realidad un armado “mitopolítico” para la ostentación del poder absoluto.

El problema principal, no necesariamente tiene que ver con el trato hacia la mujer, en esto el colectivo feminista debería esperar antes de levantar las banderas de sus ideales, más bien pienso que tiene que ver con razones que, como en muchos casos, se esgrimen a través de la tradición religiosa.

Tenemos que tener en cuenta que para el Islam la mujer, lejos de ser inferior, es un complemento digno de respeto. Al menos así lo evidencian sus dogmas. Pero pensemos también que no es solamente una religión, es además un armado jurídico, territorial y, desde ya, político. Es una cosmovisión, es una globalidad de una forma de vida cuya norma ética, legal y sacramental están sostenidas en la letra de su constitución, que es nada menos que el “Corán”.

Dicho texto según la tradición fue dictado a Mahoma mediante un ángel mientras este meditaba en una cueva. Este ser sobrenatural dio revelaciones durante casi veinte años hasta la muerte del profeta, cuando fue compilado y puesto en el orden que se conserva hasta ahora.

Dentro de una lectura de fe Mahoma fue el último emisario de la divinidad, enraizado en toda la tradición judeocristiana, elegido para que Dios diera su “tercer testamento”. Instaura, o, mejor dicho, “restaura” de este modo -según predican- el monoteísmo original. Sin embargo, desde una lectura más profana, sin duda el monoteísmo es una configuración de lo sagrado que sirve para unificar a los pueblos disgregados y fundar una disposición totalitaria. Por las mismas circunstancias ocurrió en el Antiguo Egipto con el faraón Akenaton (Amenofis IV, Dinastía XVIII) y en el Antiguo Israel con el reino de David y Salomón. Asimismo, en el momento de la decadencia del Imperio romano cuando Constantino el Grande adopta el cristianismo como religión oficial para que su poder militar se convierta ahora en un poder espiritual. Lo que implica que son implantaciones teocráticas.

Para este tipo de estructuras es el mismo Dios el que gobierna por medio de un regente humano designado por gracias divina, cuya posición es indisputable: un solo monarca puesto por un solo Señor y con una sola doctrina verdadera no es proclive a ser cuestionado.

Debemos además tener en cuenta que las religiones en general son “fijistas”. Son enemigas de paso de la historia y no requieren modificaciones. Dios creo el universo y lo hizo de manera correcta y perfecta. Cualquier alteración obedece a una subversión de su palabra. Por tanto, si hay temporalidad es porque el hombre se ha hecho infiel a los designios supremos. De la misma manera, gran parte de la concepción musulmana quedó varada en el medioevo y no ha tenido, ni ha querido tener, modernidad. Por lo tanto, irrumpen en la historia de Occidente desde paradigmas vetustos a los cuales se niegan a renovar. Una mutación es vista como contraria a los intereses de los propósitos de la deidad, pues permutar una mentalidad milenaria no es una tarea tan sencilla. No lo hace ninguna revolución, a lo sumo pueden reemplazar un régimen por otro, pero termina siendo un “gatopardismo”, es decir, “cambiar todo para nada cambie”.  

No veo que en Irán se vaya a dar un giro de fondo. Probablemente el gobierno haga algunas concesiones para acallar las aguas, pero los problemas de raíz seguirán allí.

La modernización de los países musulmanes es una utopía, empero, también se enfrentan a un desafío: el de tener que mantener sistemas políticos antiguos en medio de un capitalismo dominante presuntamente liberal que lo devora todo y que no deja mucho lugar para las defensas de la fe.

El autor es ensayista, filósofo y teólogo

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