Twitter. El triunfo de la palabra sobre la acción

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Por Éric Sadin

Twitter, red social utilizada por centenas de millones de personas corrientes así como por estrellas del espectáculo y líderes políticos, se alimenta también de una forma particular de expresión que tiene poco que ver con un ágora global. El abordaje de esta y otras plataformas debe insertarse en el análisis de la nueva condición del sujeto contemporáneo, que si bien se hizo carne en la última década, se remonta a más de dos siglos atrás y tiene en el individualismo su ethos predominante.

El oulipo, Taller de Literatura Potencial, colectivo de autores fundado en los comienzos de la década de 1960 –particularmente por Raymond Queneau–, postulaba, después de muchos otros escritores en la historia, que las limitaciones, y no solo en poesía sino también en prosa, incentivaban una originalidad formal, una rítmica de la sintaxis y una creación liberadora relativa al lenguaje. En efecto, cuando había un precepto que no procedía de un dogma absoluto, podía favorecer la concepción de obras inauditas. Esa fue la proeza que consumó Georges Perec en su novela El secuestro [La disparition]1. La obra fue concebida según un procedimiento lipogramático que excluía el uso de la letra «e» –la vocal más usada en lengua francesa– y ponía en escena la desaparición de varios personajes precisamente por la ausencia de ese carácter, en un relato que provocaba una experiencia de lectura tan vertiginosa como lúdica. Con seguridad, Jack Dorsey, fundador junto con otros de la plataforma Twitter, lanzada en 2006, no tenía la ambición de generalizar un principio de sofisticación estilística cuando propuso a los usuarios postear mensajes limitados, en un principio, al formato de 140 caracteres. Pero si ese no era el objetivo al que apuntaba, ¿qué podía tener en la cabeza? Probablemente, había entendido que la regla de las fórmulas breves estimularía una dinámica de los intercambios –como los sms, que en esa época también estaban limitados a un número restringido de signos– capaz de hacer surgir una suerte de coro mundial donde los seres humanos pudieran expresarse con sencillez y casi de modo espontáneo. 

Lo que convirtió en singular al dispositivo de inmediato fue que parecía entrar en resonancia, de modo perturbador, con una época que se había vuelto cada vez más movediza, que estaba hecha de una imprevisibilidad permanente, así como sometida a amenazas inéditas. Algunos años antes, un puñado de individuos había arremetido contra la primera potencia económica y militar del planeta y causado la muerte de miles de personas y destrucciones materiales como Estados Unidos jamás había visto antes en su territorio. Estos atentados masivos tuvieron como consecuencia, en la mayor parte de los países, una intensificación de los procedimientos de seguridad y el retroceso de ciertas libertades públicas. En 2003, se desencadenó la Segunda Guerra del Golfo. Su legitimación se construyó sobre una serie de contraverdades sostenidas por los miembros de la administración de George W. Bush y que fueron recuperadas prácticamente de modo literal por la casi totalidad de los medios nacionales. Cuando el conflicto terminó, se revelaron algunos de los engranajes de esas maquinaciones, y eso contribuyó a dejar en ruinas lo poco de confianza que todavía podía subsistir entre, por un lado, los responsables políticos y los órganos de prensa –instancias que se suponen particularmente bien informadas y que representan formas de la autoridad–, y, por el otro, las poblaciones. 

En 2005, cuando los gobiernos de Francia y los Países Bajos no tomaron finalmente en cuenta los votos negativos expresados por la mayoría en el referéndum por el tratado de la Constitución Europea, este desdén se sintió como una traición a la voluntad popular, lo cual no podía sino alimentar el rencor, incluso el deseo de una revancha. Durante ese mismo periodo, ciertas firmas –como la sociedad agroquímica Monsanto o los laboratorios Servier– impusieron el uso de sus productos sin considerar la salud pública y con el único objetivo de satisfacer sus propios intereses, organizando –contra retribución– la redacción de informes favorables pretendidamente científicos y objetivos. En esa misma época, los métodos de gerenciamiento siempre más implacables, en parte favorecidos por la «transformación digital de las empresas», no dejaron de extenderse y de arrastrar como principal efecto el agotamiento físico y psíquico denominado «burn out», hasta llegar a una serie de suicidios. Estos hechos, entre muchos otros, dieron testimonio de una infinidad de experiencias individuales y colectivas que hicieron que esas personas se sintieran ultrajadas y que entonces quisieran manifestar la dimensión de sus rencores. Habría un canal ad hoc que respondería a esa sed de expresión. Pronto se erigiría como una formidable caja de resonancia puesta a disposición de todos para vibrar en todas las superficies del globo. Hasta tal punto esa máquina parecía responder a las necesidades de la época, que atizaría de inmediato dos pasiones humanas tan fundamentales como temibles: el resentimiento y la ira.

Así, más que tomar la forma de un festival gozoso de haikus o la de un atelier mundial de literatura a presión, Twitter se usó principalmente para dar parte a los demás de los propios estados de ánimo, de las frustraciones e insatisfacciones relativas a una enormidad de situaciones, de instituciones, de entidades, y más ampliamente respecto del orden del mundo. El mecanismo, al actuar a la vez como un desahogo y dar la sensación de que dotaba de recursos de poder inéditos, hacía que las personas se sintieran más protagonistas de su propia vida. Era como si un nuevo derecho (esperado desde largo tiempo atrás, casi desde los inicios de la era democrática moderna) hubiera sido puesto a disposición de todos y correspondiera a cada cual recurrir a él a su antojo. La libertad de expresión encontraba ahí una forma casi consumada y esto llegaba al punto de que la plataforma se hiciera pasar por un servicio público. Con la pequeña diferencia de que había sido elaborada por una empresa que había sabido poner a punto hábiles procedimientos destinados a alentar a los usuarios a valerse de ese «derecho» según el propio capricho y sin límites. 

De la misma manera que Facebook había implementado poco a poco toda una serie de técnicas basadas en el halago, Twitter había sabido valerse de ese resorte pero había tenido la precaución de desmarcarse de su hermano mayor. La constitución de una red relacional ya no se derivaba de pedidos dirigidos o recibidos –a la espera de una aceptación eventual–, sino de un proceso diferente que se relacionaba con una lógica bastante sutil: el follow. Cualquiera podía «seguir» a una persona sin necesitar una validación de su parte. La operación se veía señalada de inmediato en la página de aquel que era objeto de la atención, y su cuenta sumaba el crédito de un nuevo follower. El término, en su significación misma, daba pruebas de una forma de subordinación simbólica ante algún miembro de parte de individuos generalmente desconocidos para aquel «seguido»; ellos, pese a eso, querían estar regularmente al tanto de sus palabras y reflexiones. 

Otro uso, introducido algunos años más tarde, fue el retuit. Permitía, con un simple clic, republicar posteos en la propia página, ofreciendo «viralidad» a una intervención considerada como más impactante que otras y haciendo sentir a su autor la sensación de una distinción que, con seguridad, se iba a querer saborear nuevamente a la menor ocasión. Dado que un retuit tenía el valor de una casi contrasignatura (el formato podía a veces desalentar hasta a los más entusiastas por el grado de implicación que suponía), se decidió más tarde –siguiendo el modelo de Facebook– duplicar el principio del like. Pero a diferencia de su casi gemelo, este no cumple la misma función de asentimiento pleno sino de un asentimiento de segundo grado, porque no está en el nivel de un retuit sino de una adhesión expresada con cierta distancia, aun si sabe proveer su dosis de satisfacción a su beneficiario.

Sin embargo, la sofisticación del dispositivo hace que la gratificación no sea solo para quien se descubre «seguido», sino también para quien decide seguir un perfil. Es el caso cuando se trata de figuras más o menos célebres y más todavía las consideradas como «intocables» –como un jefe de Estado, un ícono del cine o de la música, un Premio Nobel–; esto ofrece la ilusión de una súbita proximidad con esas eminencias que habría sido impensable en la vida común y corriente. Lo que se siente entonces es la alegre y súbita impresión de acceder a un rango superior. Como el desafío económico consiste en alimentar esa trampa (que es el atractivo de la frecuentación asidua de la plataforma), no solo se ofrece dar una prueba de la propia fidelidad a personalidades varias, cuyas cuentas se pueden consultar permanentemente, sino que también se las puede mencionar «etiquetándolas», en una maniobra que supone que ellos estarán al tanto. Esta posibilidad hace franquear un umbral y desplaza a quien lo hace desde el estatuto de miembro pasivo y fiel hasta el estatuto de individuo activo que puede sostener una relación de iguales –incluso igualitaria– respecto de ellos. Rápidamente, este mecanismo se vuelve capaz de estimular las ganas tanto de subir la apuesta como de retirarse. Ahora bien, esta configuración se relaciona en los hechos con una ficción, la de poder dirigirse de modo directo a los ilustres inscriptos –en la cima de los cuales estarían Rihanna, Bill Gates, Barack Obama, Kim Kardashian, entre tantos otros cuyas cuentas se elevan a varias decenas de millones de abonados–. Pero estos no solo delegan en gran parte la gestión de su cuenta, sino que también son objeto de tal cantidad de menciones y comentarios, que es imposible que tengan conocimiento de ellos en su totalidad, o incluso en su parcialidad. Sin embargo, los usuarios insisten en alimentarse de este espejismo valiéndose en general de la arroba, que se convirtió en moneda corriente en la plataforma. Dado que es muy raro que una interpelación sea seguida por una respuesta, al menos habremos sentido la satisfacción de decirnos que nuestros propios followers –en general pocos– fueron testigos de esos intentos de crear complicidad con las stars, más todavía si llevamos adelante actos de valentía que suponen manifestar disconformidad u oposición respecto de un responsable político, por ejemplo. Aunque bastante inútiles, estos gestos dan a sus autores la convicción embriagadora de sentirse plenamente implicados en los asuntos del mundo. Sin embargo, nos equivocaríamos si creyéramos que son solo las personas llamadas «comunes» las que se dejan electrizar de esta manera por la irresistible emoción de imaginarse viviendo por encima de su condición. También les ocurre a personajes «célebres», que asisten encantados a la confirmación de su brillo, que se manifiesta, entre otras cosas, en la afluencia incesante de followers. El uso de este instrumento les permite prescindir de los medios en muchas circunstancias –cuando hasta entonces habían estado sometidos a su ley para mantener su estatuto–, y verse de ahora en más «libres» de dirigirse, casi sin filtro, a sus groupies o a la Tierra entera. Las oleadas de retuits y de likes dan fe de un prestigio que de algún modo no le deben a nadie, ya que no depende de los azares de los hechos del día o de los caprichos de instancias intermediarias, sino solo de ellos mismos y de un buen uso de su vitrina planetaria personal. La sensación de su importancia se cultiva así indefinidamente, a veces al punto de marearlos. Cada posteo –y la amplitud de su eco– conforta la excepcionalidad de su autor, siguiendo un patrón que encarna con exceso, y de modo caricaturesco, Donald Trump. Y entonces, «la gente que está abajo», que asiste a esos altos vuelos, quiere formar parte también y se pone a comentar, retuitear, likear, exaltada por encontrarse «ahí donde las cosas pasan» y por formar parte de las grandes ligas, incluso cuando no sea más que desde la extrema periferia. Lo que implica este universo que tanto nos hechiza es que todos, en las diversas escalas de la sociedad, se representan a sí mismos como moviéndose en esferas superiores, lo que genera una dinámica colectiva de representación inflada de cada personalidad. 

Esta máquina de embriagar está igualmente sostenida por la interfaz que obliga a postear fórmulas concisas, que favorece un régimen del lenguaje que privilegia de facto la aserción en detrimento de una argumentación que siempre demanda un despliegue. Es una coerción que excita todavía más la voluntad de producir sistemáticamente impacto, frases látigo, punchlines destinados tanto a impactar al resto de los espíritus como a provocar que uno se desmarque de la media. En ese sentido, Twitter participa de este aire de época –al mismo tiempo que es el primero en contribuir a él– en el cual los seres humanos buscan afirmarse no tanto en vistas a defender pacientemente un punto de vista o a intentar convencer a sus interlocutores, sino para imponer su propia percepción de las cosas. Es como si la perspectiva de anudar lazos constructivos por medio del diálogo de ahora en más se hubiera abolido y solo contara la necesidad irreprimible de hacerse escuchar y de expresar el propio exceso de afección. Todo ese agenciamiento alienta la impresión de una primacía de uno mismo que se mantiene tanto más cuanto que cada posteo parece llegar desde ninguna parte, surgir ex nihilo –en oposición al intercambio en sociedad que siempre se deriva de la respuesta, del entrelazamiento con otras palabras–, alimentando así el postulado implícito de encarnar una forma de verdad.

El agenciamiento gráfico juega todavía más a favor de esta ilusión. Todo posteo parece pasible de ser republicado, de likes, de comentarios, dando origen a una economía del verbo que produce una glosa continua alrededor de la propia persona, a imagen y semejanza de esas páginas del Talmud cuyo texto divino, ubicado en el centro, está rodeado de una floración de exégesis escritas por los más enormes sabios en el transcurso del tiempo. En ese entorno concebido ingeniosamente, era casi natural que la firma, en un segundo momento, introdujera una innovación de envergadura: el hashtag. El procedimiento suponía que, mediante el uso del signo numeral adosado a un nombre o un término, cualquier persona estaría a la altura de reunir a las masas –lanzando una orden o un motivo de movilización– en beneficio de una causa, dando a quienes se aventuraran a ello la sensación de encarnar una conciencia universal o a un «Che» Guevara en su pleno poder. Desde ese momento, se entendió fácilmente que, dentro de este medio en el cual millones de individuos sienten la fiebre de gozar de una visibilidad pública, en el cual pueden afirmar sin pausa sus puntos de vista, mencionar a quienes les parezca bien o sublevar muchedumbres, se desarrollarán inevitablemente, como dentro de un caldo de cultivo altamente favorable, los enfrentamientos, el uso de la diatriba, el insulto, la cancelación del otro, hasta llegar a fenómenos de linchamientos populares. 

La plataforma colaboró con el privilegio absoluto que se le asigna a la palabra. Vivimos el momento de la inflación de los discursos, sea formulados en la web, en los estudios de radio o en los canales de televisión que transmiten durante 24 horas, que desde inicios de los años 2000 multiplicaron los debates en formatos concebidos para estimular intercambios turbulentos. Asistimos a diluvios ininterrumpidos del verbo que tienen un valor catártico frente a las angustias de la época –que la industria de la expresividad sabe capitalizar a maravilla–. Si bien Twitter participa de eso en gran parte, no es el único vector. Al menos sus fundadores no se equivocaron al elegir su nombre, que en inglés significa «gorjear». Eso es precisamente lo que produce esa «red social»: no sonoridades campestres emitidas por personas y semejantes a suaves cantos de pájaros, sino un aluvión de logorrea cada vez más soliviantada que tiene lugar a escala del planeta entero. Ahora bien, por su profusión y su omnipresencia, ese ruido nos vuelve cada día más sordos y nos da a todos la sensación de que, si uno existe, es antes que nada por proferir perpetuamente sus propias opiniones. 

Se produce entonces un desfasaje –en una escala que con toda probabilidad nunca conoció equivalente en la Historia– entre la palabra y la ficción. La pasión por la expresividad ocupa ahora una posición no solo preponderante sino que tiene también por efecto relegar a un segundo plano todo deber de implicación en los asuntos comunes. Twitter acompañó el movimiento de renovación de la politización de la sociedad en el transcurso de los años 2010, pero adoptó principalmente la forma de la enunciación sin que haya habido intentos concretos, de modo correspondiente y en paralelo, de desarrollar algo con los mismos niveles de implicación. Lo que se derivó de ello fue una asimetría creciente entre, por un lado, el gasto de la propia energía a fin de manifestar los propios puntos de vista por medio del lenguaje, y, por otra parte, la voluntad de modificar, en función de esa expresión, las cosas en el terreno de la vida cotidiana. Hoy la amplitud de este hiato es tal que altera la naturaleza misma de la condición política, la cual, según Aristóteles, proviene de un equilibrio justo entre uno y otra, conforme a un imperativo doble que recordaba Hannah Arendt: «De todas las actividades necesarias y presentes en las comunidades humanas, solo dos se consideraron políticas y aptas para constituir lo que Aristóteles llamó bios politikos, es decir, la acción (praxis) y el discurso (lexis2. Dentro de esta ecuación, la praxis se menciona como la primera cronológicamente –pero también moralmente– y llama recién después, en un segundo momento, al comentario, la evaluación individual y colectiva de los logros realizados, que están destinados a alimentar e iniciar de nuevo la acción. Se pone entonces en marcha una dinámica constituida por dos términos indisociables –el gesto y la palabra– en vistas a una posible mejora de las situaciones concertada e ininterrumpida, una mejora de la cual cada ciudadano está obligado a formar parte; desde hace tiempo, el verbo prolifera ad nauseam según un proceso que no deja de autoalimentarse y desarrollarse como si se despegara de la Tierra, y que tiene como característica principal desatender siempre el concurso tangible que aporta a la cosa pública.

Más que el deber de la contribución política, en teoría conferido a todos, que exige pronunciarse públicamente y esforzarse por aportar la propia piedra a la vida de la Ciudad, ahora prevalece una buena conciencia generalizada. Buena conciencia significa la expresión de las propias opiniones que se satisface solo con su formulación, sin preocuparse por darle cuerpo en lo real. El caso más emblemático es el de los desajustes climáticos, a propósito de los cuales vemos a mucha gente desolada que profiere palabras bienintencionadas en medio de protestas continuas, sin que esas manifestaciones despierten ningún aluvión de iniciativas individuales y colectivas a la altura de las oleadas de palabras que se derraman, y más todavía de los desafíos vigentes. La práctica infatigable de la declamación da la sensación de dar muestras de integridad moral, de estar «del lado correcto» al mismo tiempo que se permanece –al menos para una amplia mayoría– en el margen de las cosas, en una posición supuestamente involucrada pero in fine bastante improductiva. 

La idea de semejante ágora es una quimera en la medida en que toda asamblea requiere de procedimientos formales que permitan a sus miembros expresarse, defender posiciones y argumentar según una distribución equitativa. Esta configuración implica de facto una estimación mutua de la calidad de las intervenciones y proposiciones, de lo que puede derivarse luego, eventualmente, que algunas se adopten en función de su pertinencia, dado que «la pluralidad humana, básica condición tanto de la acción como del discurso, tiene el doble carácter de igualdad y distinción»3. Mientras que, al revés, la ausencia de estructuración, en virtud de que se alienta la libre expresividad y una «horizontalidad» supuestamente igualitaria –que se remonta a la utopía de los foros de intercambio que aparecieron a fines de los años 80–, no desemboca sino en lazos improductivos y de fachada que no tienen ningún valor práctico. Este defecto conduce inevitablemente a un relativismo generalizado del discurso; los usuarios no buscan sino hacer prevalecer su opinión, con frecuencia despreciando las demás o algunos valores fundamentales compartidos, sobre los cuales descansa sin embargo la constitución de todo cuerpo político viable. 

El gran error colectivo consistió en creer siempre pertinente la famosa aserción de Antonio Gramsci según la cual conviene primero «quedarse con la batalla de las ideas»4, a fin de estar a la altura, en un segundo momento, de darle una traducción concreta. Ese periodo ha pasado. Se derivaba de la forma política moderna, que consistía, para algunos –los responsables políticos e intelectuales–, en teorizar y elaborar un proyecto llamado después a ser difundido ante las masas para quedarse con su adhesión, en un proceso capaz, in fine, de llevar a la conquista del poder, sea a través de las urnas, sea por la sublevación popular. Y entonces, una vez en los comandos, el camino estaría libre para la implementación de las resoluciones anteriormente adelantadas. Este esquema provenía de una configuración que disponía, de un lado, a los gobernantes –los actores del Ejecutivo y del Legislativo– y, del otro, a los ciudadanos, que se tenían que plegar a las medidas y a las leyes. Continuamos creyendo que este esquema prevalece. Pero en el periodo tan turbulento que representan los inicios de los años 2020 –cuando el consenso se logra en la consideración de los excesos del liberalismo, la generalización de la precariedad, el agravamiento de la desigualdades, el retroceso de los servicios públicos, el desastre ambiental debido a la búsqueda frenética e ininterrumpida del crecimiento–, los seres humanos, invadidos por la angustia, el abatimiento, la ira, pretenden expresarse, hacer valer los propios puntos de vista, generalmente con tal vigor que llegan hasta a querer, consciente o inconscientemente, imponerlos a fin de que resulten de eso las acciones correspondientes. Cada uno está resuelto a comprometerse en la batalla de su propia opinión dentro de un paisaje atomizado por donde se lo vea, y que hace que se derrumbe el principio de una batalla de las ideas llevada adelante alrededor de algunas grandes causas diferenciadas, para hacer aparecer una profusión incesante de batallas de ideas, o más exactamente, de querellas de microideas que proliferan en todas partes y están llamadas a no conocer nunca un final.

De ahí esa marea perpetua –pero totalmente inútil– de palabras. Porque todo ese derroche está basado en dos errores de envergadura. Primero, el de suponer que el lenguaje reviste un alcance sistemáticamente performativo y que, en la medida en que no se dejen de martillear palabras, la insistencia va a tener alguna eficacia, mientras que las modalidades vigentes no funcionan sino como catarsis. Luego, el de seguir pensando que hay que remitirse antes que nada a las instituciones para esperar ver un día cómo se modifican las cosas; la gran mayoría de las críticas y reproches están formuladas ante los responsables políticos. La gran paradoja es que continuamos moviéndonos conforme a esquemas conceptuales que datan del siglo xx, valiéndonos de técnicas propias del siglo xxi basadas en la puesta en red de las terminales y las subjetividades. 

Pero no calculamos la escala del poder de estas multiplicidades que pueden, caso por caso, ponerse de acuerdo con la finalidad de actuar. Nos quedamos en el uso comunicacional sin entender que estos dispositivos dan testimonio, en negativo, de un nuevo ethos que convoca a poner en práctica, de modo colectivo y plural, todo tipo de emprendimientos destinados a modificar virtuosamente nuestras condiciones generales y particulares de existencia. Es entonces cuando constatamos que no nos enfrentamos para nada con una entidad consagrada a establecer vínculos sino con una mecánica en continua ebullición, que atrae hacia sí a una infinidad de mónadas humanas que solo aspiran a apaciguar sus afectos y a capturar la atención de los otros. De modo exactamente opuesto de lo que nos imaginamos, esta dinámica deshace a cada uno de nosotros como seres actuantes para hacer aparecer a una miríada de individuos agotándose mientras gritan en la pura pérdida, como encerrados en jaulas de vidrio que prohíben toda escucha, todo intercambio fecundo y toda alianza posiblemente fructífera. Cuando vemos que la plataforma se lleva la adhesión de cientos de millones de personas –determinando masivamente, al mismo tiempo, el espíritu general de la época–, es difícil imaginarse, bajo contornos aparentemente saludables, que haya un mayor triunfo de la suficiencia humana o un mayor extravío político y civilizatorio.

Nota: este artículo es un fragmento del libro “La era del individuo tirano. El fin de un mundo común”(Caja Negra, Buenos Aires, 2022). Traducción: Margarita Martínez.

1.G. Perec: El secuestro, Anagrama, Barcelona, 1997. En la versión en castellano, la vocal desaparecida es la «a» [n. de la t.]

2.H. Arendt: La condición humana, Paidós, Barcelona, 2003, p. 39.

3.Ibíd., p. 200.

4.A. Gramsci: Cartas desde la cárcel, Losada, Buenos Aires, 2015.

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