Solo “otra moral” puede salvarnos

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En 1944, después de la liberación de París de la ocupación nazi, tuvo lugar “la depuración”. La violencia ambiental y física comenzaron a hacer estragos dentro de una atmosfera tensa. La “caza de bujas” había iniciado en el mismo corazón de una nación partida.

Los sospechosos de haber sido colaboracionistas y funcionales a la Francia de Vichy fueron escrachados, golpeados públicamente, humillados y, en ocasiones, ejecutados. A varios de ellos se les dibujaron esvásticas en sus rostros. No pocas mujeres fueron rapadas y arrojadas al escarnio acusadas de haber tenido algún vínculo amoroso con los alemanes. Todo esto fomentó la discriminación y el odio. Francia se encontraba ante un hoyo abismal. Eran “ellos o nosotros”, pues no estaban considerando lo que en verdad podía realmente sanarlos: la posibilidad de abrirse a “ellos junto a nosotros”.

Albert Camus desde sus editoriales en “Combat” proponía de manera incansable que se requería una nueva decencia para reconstruir a aquella República rota, a aquella sociedad de la grieta que, en ese momento crítico, estaba a flor de piel. A pesar de todo, de alguna manera había que terminar con la reyerta: ese era el valor de la vida, era un ajeno posicionamiento que comprometiera un nuevo contrato social de unidad donde se pensara la política a través de otra moral, que en vez de buscar destruir al enemigo se lo integrara.

La moral, del latín “mores”, asimismo la ética, del griego “ethos”, envuelven un significado similar: ambas quieren decir “comportamiento”. Sin embargo, mientras la primera considera la conducta subjetiva de un grupo en situación, la segunda es su abordaje filosófico con pretensiones objetivas.

Más allá de estas disquisiciones epistemológicas la intención aquí es otra. El problema que tenemos en nuestro presente no es la falta de moral, el problema es, en realidad, el “tipo” de moral a la que se recurre como justificación.

Consideremos esto. Moral es la “proceder del grupo” o las acciones pensadas desde dentro. Es el descargo ideológico del acto para lo que se considera el bien. Lo correcto en ese momento. Lo adecuado para las circunstancias presentes y, por supuesto, para los intereses de los implicados.

Por ejemplo, hay una moral cristiana. Para la Inquisición era apropiado torturar y perseguir a los apóstatas. Era un servicio a Dios y un medio para liberar a los impíos del fuego del infierno. Moral era la argumentación que esgrimieron los bolcheviques para producir cerca de veinte millones de muertes; la misma que expusieron los maoístas para cegar la vida de sesenta y cinco millones de personas. Era la coartada nazi para exterminar a todo aquello que era considerado una amenaza para su proyecto diabólico de edificar a un hombre superior. Pero también fue lo que arguyeron los aliados para apoderarse del “oro negro” de Oriente en nombre de la democracia; o la de no pocos musulmanes o monjes budistas al detonar sus bombas asesinas. Moral es la exculpación interior de un credo acerca de lo que está bien o lo que está mal dentro de la propia cosmovisión de los actores y según sus fines últimos. Por lo tanto, en la defensa de la virtud se practica la cobardía.

Empero la ética consiste en una mirada objetiva, fenomenológica, es la reflexión que nos dice que el crimen, el suicidio, la xenofobia o la matanza por ideologías políticas y religiosas están mal. Están mal humanamente hablando porque dañan. Porque no contribuyen a ninguna realización. No producen la felicidad. La ética, por tanto, es la enunciación universal de una oposición declarada de aquello que lastima al ser humano, a sus fundamentos ontológicos, además de sus derechos vitales que deben colocarse por encima de cualquier búsqueda particular.

La política ostenta una moral de suyo, un descargo y un alegato defensivo para hacer lo éticamente incorrecto a través de lo decorosamente justificado. Puede montar una simulación de la realidad cuya ilusión se vea como lo probo. La ética, aquella perspectiva que hoy se necesita, es una reflexión humanitaria de valor sobre lo que verdaderamente hiere al hombre en sí sobre todas las cosas.

El no comportarse con empatía a las propuestas del otro, a su manera diversa de ver el mundo implica comprender que estamos como sociedad a punto de perder algo fundamental: el respeto. Que antes de ser un sujeto de un bando somos hermanos unidos, más allá de una nacionalidad, en la humanidad misma, en la vida, en el espíritu. Conlleva la tolerancia y, en palabras de Camus, “la lucha permanente contra toda injusticia y contra toda mentira”. Donde revolución no es rebelión.

La revolución precisa, en ocasiones, de la “zombificación” necesaria de las masas, de la entrega incondicional al partido, del uso religioso de la figura del líder. Rebelión, en cambio, es un hecho individual de posicionarnos para pensar por nosotros mismos, es decir ¡no!, evitando la tentación de ser pensados por los otros que, consciente o inconscientemente, nos construyen como funcionales a los intereses del egoísmo. La rebelión interior es el primer motor para constituir una clara integridad. Eso es, en parte, lo que los vientos de la época requieren.

Camus no fue escuchado. Y si él no lo fue ¿qué puedo esperar yo? Las condiciones mundiales y nacionales no están en su mejor momento. No hay historia, no hay sujeto claro, ni mucho menos espacio para una meditación filosófica. Tengo escaso optimismo. No obstante, hago mía la cavilación del autor de “El extranjero” cuando escribió que “esa no es razón para no seguir intentando y denunciando”. Solo puede rescatarnos la decencia, la cortesía, la educación, el amor, la flexibilidad paciente, la inclusión y un estar en un espacio mental donde el otro esté primero. Sé que es un “cliché”, una frase bonita, y esto es lo peor: que dependamos de idealidades utópicas en una sociedad caída donde lo bueno suele ser asumido como debilidad y estupidez.

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