Reportaje a Izara Batres: “Poesía y filosofía nacen del mismo asombro ante la realidad”

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Por Valeria Sol Groisman

Izara Batres (Madrid, 1982) es doctora en Literatura, profesora de Literatura Española e
Hispanoamericana, y de Escritura Creativa, y escritora. Pero por encima de todo eso, se
impone la poeta. La suya es una poesía que busca recuperar la esencia (el hueso) de las
vanguardias estéticas. Integrante del movimiento crónópico (inspirado en Julio Cortázar y sus
libro Historias de cronopios y famas), Batres defiende la escritura como una imagen que
“irrumpe”, con la fuerza del arrebato, pero “con total sentido”.

Batres escribió los poemarios Avenidas del tiempo (2009), El fuego hacia la luz (2011), Tríptico
(2017) y Sin red (2019); del libro de relatos Confesiones al psicoanalista (2012); del ensayo Cortázar y París: Último round (2014); y de la novela ENC o El sueño del pez luciérnaga (2014). Acaba de presentar El fin del mundo del fin (Valparaíso Ediciones).

Además de haber sido traducida al italiano, inglés, griego y rumano, durante su carrera Batres ha recibido numerosas distinciones. XXXVI Premio Mundial de Poesía Femando Rielo (2016), Primer Premio Europeo de Poesía Clemente Rebora (2019), Premio Internazionale D’Eccelenza “Citta Del Galateo-Antonio De Ferraris” (2021), Premio a la Creatividad en el Certamen Naji Naaman Literarv Prizes (Certamen Internacional del Líbano 2021), Premio de la Editorial Siruela (Certamen de Ensavo «El mundo de Sofía, 2004), Premio
del periódico «El País» (Certamen de Relatos de EP3 «Talentos», 2007) y Premio del New Spanish Books (2016). Ha escrito textos periodísticos para diversos medios y se ha desempeñado, también, como guionista de teatro y cine. Junto con el artista Antonio Camaro fundó el colectivo artístico Numen, cuyo objetivo es recuperar la capacidad del lenguaje/la poesía de llegar al fondo de las cosas.

VG: Desde la portada de tu nuevo libro Fin del mundo del fin interpelás al lector de Cortázar (el título es el título de un relato suyo, una especie de homenaje, supongo) y al sumergirme en tus versos hay ráfagas suyas aquí y allá. ¿Por qué Cortázar? ¿Por qué este relato y no otro?

IB: Cortázar ha sido un gran referente en mi vida, me enamoré de lo que escribía cuando leí La
vuelta al día en ochenta mundos y desde entonces me he sentido siempre profundamente
identificada, hasta el punto de realizar mi tesis doctoral sobre Cortázar. El título “Fin del mundo
del fin” en realidad me impactó independientemente del relato, es decir, el título en sí tenía
tanta fuerza y podía tener tantas lecturas que me apasionó y cuando escribí el poemario lo
recordé y se me ocurrió que sería ideal para reflejar esa necesidad de acabar con el mundo del
fin, de romper el laberinto del tiempo, romper con todo lo o hueco o lo podrido, renacer. No
tiene que ver con el contenido del relato, aunque se pueden buscar vinculaciones, y sí es un
pequeño homenaje.

VG: Vuelvo al título Fin del mundo del fin y no puedo evitar reflexionar acerca del vocablo “fin”, tan polisémico que caben desde la pandemia hasta un agujero negro (donde el fin no se llega a ver), el apocalipsis, la muerte, la infidelidad o un amor roto. ¿De qué habla Izara Batres cuando habla del “fin”?

IB: De todo eso que mencionas y del fin del ser humano tal como lo concebíamos, del fin del
“poder ser”, en favor del ciudadano privado de derechos, reducido a esclavo funcional, a
rumiante, a temeroso perpetrador de lo mecánico, a consumidor-productor que renuncia a su
derecho a vivir para tener que verse obligado a sobrevivir. Del fin de la profundidad en favor del
beneficio rápido y material, o de la búsqueda de sentido, en favor del interés. Del amor reducido a un atracón biológico, de la poesía prosaica pegada a lo concreto, despojada de contenido, de imágenes, de sentido.

VG: Dividís el libro en cuatro partes, como los cuatro elementos esenciales o las cuatro estaciones, pero en tu caso hablás de las estaciones del ser, pensando ese cuarteto como un proceso donde la persona se desarma y vuelve a armarse o se parte en mil pedazos y renace. Me gustaría que me cuentes de dónde viene esta idea.

IB: En el libro hay un diálogo con la esencia y con el absoluto, pretende ser un temblor de cimientos, un viaje alquímico que nos lleva, desde el fin de los tiempos -con alusiones a la actualidad-, a su recomposición y necesaria reinvención permutante, reveladora y convulsiva, recorriendo diferentes estaciones del ser. Se divide en las fases de fragmentación (exploración del abismo) incendio (donde nace un grito necesario, una rebelión) transfiguración y pasaje (en alusión a la iluminación y la esperanza), en el anhelo último de trascender el tiempo y el espacio, salir del laberinto (que tiene reminiscencias de lo espaciotemporal, pero también de lo social) y encontrar al fin la puerta. En este sentido sí, hay un partirse en mil pedazos y renacer.

VG: ¿Qué espacio ocupa la filosofía en la poesía?

IB: Para mí, filosofía y mística son una base importante para la poesía, creo que están presentes en todos mis poemarios. Poesía y filosofía nacen del mismo asombro ante la realidad, de las mismas preguntas, pero dan respuestas diferentes y hacen recorridos distintos, únicos y convergentes.

VG: Las nuevas tecnologías han propiciado una suerte de renovación de la poesía. ¿Cómo ves ese fenómeno?

IB: Depende de a qué llamemos renovación… hay que ser cuidadosos. La poesía a través de las imágenes y las metáforas pretende trasladarnos el corazón de las cosas, no se limita a describirlas (no es plana, no nos dice lo que ya sabemos, sino que nos propone un reto), quiere que las vivamos, que, como camaleones espirituales, penetremos en la esencia, por eso utiliza recursos diferentes a los de la prosa, quiere alcanzar lo inasible, lo inefable. No es farragosa, no es artificial, no es simplona. El lenguaje, a menudo se queda pequeño para lo atemporal. Por eso es necesario comprender el poder del plano simbólico, de las correspondencias invisibles que conocían muy bien los surrealistas y obviamente los simbolistas (Baudelaire tiene un poema llamado “Correspondencias”). No se puede alcanzar lo inefable desde una escritura
apegada a lo lineal, a lo concreto y a lo literal. Entonces, si por renovación entendemos cargarse esa esencia de la poesía, vamos por mal camino. Hay que abrir el intersticio. La poesía va más lejos que nosotros, tenemos que alcanzarla, no pretender empequeñecerla y hacerla simple. Es sencilla y a la vez es profundamente compleja, como el mismo acto de comer. Y eso hay que respetarlo. En nuestros días eso se vulnera, no se educa en la poesía, en su verdadera esencia, por eso no llega. Se trata de que la gente pueda comprenderla, valorarla y sobre todo sentirla. En La lámpara maravillosa, Valle-Inclán lo definía muy bien. Y
Cortázar, en su ensayo “Para una poética”, lo explica todo. Son libros que no me canso de recomendar.

VG: Hace algún tiempo entrevisté al poeta Juan Andrés García Román y decía que “quizás algún no día no haya poesía”. ¿Te imaginás un mundo sin poesía? ¿Cómo sería? IB: Al paso que vamos, y precisamente por eso que te contaba, creo que un día se entenderá por poesía decir “hoy hace sol”, y cualquier cosa por el estilo. Eso es lo que tratamos de evitar en el movimiento cronópico (en el que articulamos rutas de juego y creación), que la poesía no muera, que la gente sepa lo que es poesía y aprenda a disfrutarla. Es lo que nos hace humanos. El día que se extinga habrá terminado toda esperanza para el ser y seremos
definitivamente hormigas tejiendo el hormigón.

VG: Las vanguardias poéticas son tu campo de estudio como académica. ¿Dónde encontramos hoy a la vanguardia? 

IB: Las vanguardias de principios del XX tienen una enorme influencia en todas las disciplinas artísticas, y, específicamente, el surrealismo es muy importante para la literatura, y es esencial para comprender hasta dónde puede llegar la poesía. Tuvo una fuerza irrefrenable en el periodo de entreguerras, y también en los sesenta, cuando renació con fuerza (visible, por ejemplo, en muchos de los autores de Boom), y su aportación a la creación poética es realmente valiosa. Los poetas surrealistas alcanzaron elevadísimas cotas en la escritura de imágenes y metáforas y en la persecución de la brecha en el continuo (hay múltiples ejemplos, desde Enrique Molina, Aldo Pellegrini, André Breton, Aimé Cesare, Alice Rahon, Moro, Bedouin…hasta las fases surrealistas de Lorca, Neruda, Aleixandre, etc.), y los poetas de influencia surrealista y simbolista como Pizarnik, Orozco, Andrade, etc., constituyen también una muestra bellísima de eso. Hoy día, se está difuminando todo aquello que es complejo y profundo, en favor de una papilla uniforme de usar y tirar, que además se utiliza muchas veces para legitimar textos que pretenden ser poéticos, pero no lo son. Ocurre en todas las artes. Hay mucho disfraz forzado, mucha nueva denominación para el vacío. Por eso, hay que saber distinguir las renovaciones que pueden ser valiosas, como las que hicieron muchos poetas
vanguardistas imprescindibles, de las que no ayudan a ir más al fondo ni a mejorar la calidad de la poesía, sino a camuflar y a descafeinar. Lo que hay en las redes actualmente hay que saber cribarlo. Frente a esto, sin embargo, son muchos los poetas que persisten en recordarnos lo que la vanguardia del surrealismo, bien entendida, hizo por nosotros, ahí están Julio Monteverde, o Antonino Nieto Rodríguez, Emilia Conejo, Leticia Vera, Esther Peñas… Y la mayoría son poetas jóvenes.

VG: La poesía, ¿es algo que se escribe a conciencia, con una rutina establecida o está más cerca de un rapto lúdico, un arrebato, impulso creativo?

IB: Desde mi experiencia, es un impulso, pero con total sentido, no es un arrebato superficial, sino algo que nace de una esfera más honda. La parte de la intuición pura colabora con la racional, pero primero hay que dejar volar a la primera y con toda la fuerza posible, de hecho, es algo que irrumpe, o al menos así me sucede a mí, hay que dejarse llevar por la imaginación para poder transfigurar porque, si no, no ocurre nada. El trance poético abre la brecha en el continuo, es un incendio y a la vez un bálsamo, y después está la labor de revisión. A veces un poema sale redondo, otras veces viene a trozos, somos canales y podemos combinar de forma armónica la parte de creación libre más radical, con la de la arquitectura, por así decirlo. Es
importante ser exigente a la hora de crear, no permitirse cualquier cosa. Así, en mi opinión, es
como se va evolucionando.

VG: ¿Estás trabajando en algo nuevo?

IB: En varias cosas. Me propusieron un espectáculo de poesía, música y teatro con los poemas de Fin del mundo del fin, me encantó y estamos con ello, con Raquel Bernardino, Manuel Raa y José Luis Merlín. Sigo con el movimiento cronópico (junto con Elisabetta Bagli, Antonino Nieto y Brunhilde Román). Escribo un nuevo poemario que me está llevando hacia un “diálogo” insospechado. También estoy con una novela a dos manos, junto con Benito Pérez. Estoy en otros proyectos, como Numen (que cofundé, junto con Antonio Camaró) y Autores en busca de autor (colaboración con Antonio Barnés). El tiempo debería ser elástico. Ya lo decían los surrealistas.

Qué está leyendo Batres:

1. Cuaderno de poesía social Nº 69, de Aimé Cesare

2. La disimetría, de Roger Caillois

3. Releyendo El túnel, de Sabato

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