Magnicidios en la historia nacional

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Lo sucedido en la noche de este jueves con la vicepresidente de la República ha merecido el repudio de la dirigencia política y de las fuerzas vivas del país, además de los ciudadanos que rechazan la violencia, y obliga a una seria reflexión para buscar los consensos necesarios en beneficio del país en el camino de la democracia.

También muy rápidamente nos hizo recordar los casos semejantes en nuestra historia. Ya hubo intentos de asesinato a presidentes como atentados que sufrieron en forma fallida en ejercicio del mandato Domingo Faustino Sarmiento, Julio A. Roca, Manuel Quintana, José Figueroa Alcorta, Victorino de la Plaza e Hipólito Yrigoyen, por no mencionar los más recientes contra Raúl Alfonsín.

Justo José de Urquiza había sido presidente de la Confederación Argentina entre el 5 de marzo de 1854 y el mismo día de 1860. Desde su residencia entrerriana en el Palacio San José, dirigió los destinos de su provincia natal por una década, desde 1842 a 1852, y después de la acción de Caseros, cuando quedó al frente del país menos el “Estado rebelde”, como llamó María Sáenz Quesada en su libro a la ciudad de Buenos Aires, volvió a su viejo cargo avalado por un largo conocimiento de la realidad social de su tiempo.

Decíamos que entre 1860 y 1864 estaba al frente del Ejecutivo provincial, y después de un período volvió a ser electo en el mandato de 1868 a 1872. En 1870 la visita del presidente Domingo F. Sarmiento a Concepción del Uruguay fue sin duda un acercamiento entre unitarios y federales, pero en los dos bandos hubo algunos resquemores por este acuerdo que unos pocos tomaron casi como una afrenta. La recepción al primer magistrado fue principesca: “Ahora me siento presidente” parece que fueron sus palabras. Bien afirma Beatriz Bosch que lejos estaba Urquiza de la catadura cerril que se le adjudicaba. “Gasta camisas de París y calzaba botines de Londres, o contrataba institutrices y jardineros europeos al servicio de la familia, agasajaba con refinada cortesía a visitas de alto coturno”, reporta. “Diplomáticos, gobernantes y magnates extranjeros; prelados, militares y políticos argentinos disfrutaron de su espléndida hospitalidad. Fiestas de tono versallesco, en el decir de un plenipotenciario francés, congregaban numerosa concurrencia en el día del santo patrono, el 19 de marzo”, acota.

Justamente fue la última gran fiesta en la casa, el 11 de abril de ese trágico 1870, en que una partida de alrededor de un centenar de hombres armados comandados por el coronel Robustiano Vera, hicieron ruidosa entrada en el palacio San José. Iban a apresar el gobernador a los gritos de “¡Abajo el tirano Urquiza! ¡Viva el general López Jordán!”. Un grupo de cinco individuos a las órdenes del coronel Simón Luengo, un cordobés protegido por el general y uno de los capataces de sus estancias, Nicomedes Coronel, pudo llegar a los aposentos privados. Urquiza, que estaba en la galería tomando mate vio las intenciones y gritó: “¡Son asesinos!”, y buscó un arma para defenderse. “¡No se mata así a un hombre en su casa, canallas!”, les gritó.

El coronel Carlos Anderson, testigo de los sucesos, dice que uno de la partida, un tal Álvarez, le tiró con un revólver y le dio al lado de la boca: sería una herida mortal. Coronel le asestó dos puñaladas y otras Luengo. La mujer de Urquiza, Dolores Costa, y su hija Dolores introdujeron el cuerpo en una pequeña habitación y lo recostaron en el lugar para preservarlo de una profanación. Ese mismo día eran asesinados sus hijos Justo Carmelo y Waldino Urquiza.

Este fue el caso de un magnicidio en la figura de un expresidente. Lúcida reflexión la de monseñor Ángel Rossi S.J., arzobispo de Córdoba, ante el episodio de este jueves, que “hace tiempo estamos viviendo una etapa de todos contra todos, nos pone en un escenario para revisar cómo seguimos adelante”. Esperemos encontrar ese camino.


[1] Historiador. Vicepresidente de la Academia Argentina de Artes y Ciencias de la Comunicación.

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