Los mismos problemas, algunas certezas

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Pasan las semanas y nada cambió demasiado en términos políticos. Los problemas son los mismos que enfrentamos desde hace décadas, sin que ninguno de los gobiernos que se turnaron en el ejercicio del poder haya sido capaz de solucionarlos. En este orden todavía esperamos —impacientes— que alguno pueda, por fin, ponerle el cascabel al gato. Las fuerzas en pugna —salvo por la aparición, casi de la nada, de La Libertad Avanza— no dan muestras de rejuvenecimiento y, en lo que hace a las principales figuras subidas al escenario, reconocemos de memoria sus caras. Por lo tanto, es difícil —por no decir imposible— escribir un análisis novedoso. Estamos, al menos de momento, condenados a volver sobre aspectos de la realidad de sobra conocidos y a revisitar a actores sin demasiado encanto. La Argentina se repite a sí misma sin solución de continuidad. Cuanto sucede en la política criolla podría muy bien compararse con esos culebrones
televisivos en donde los amores y las riñas resultan copiados unos de otros y, a la vez, son interminables. Lo cual significa, a juicio de quien esto escribe, que si todo sigue igual hay cosas que están cantadas, aunque no se hallen escritas en ningún lado. Conviene, pues, como ejercicio analítico, pasar revista al tema.

Dado que carece del tiempo, la capacidad y la coherencia necesarios para poner en marcha un plan de estabilización de la economía, la única opción que tiene por delante esta administración es la de improvisar sobre la marcha con el solo propósito —razonable, dicho sea de paso— de evitar una catástrofe y llegar, aunque sea escorado, sin velas, el timón roto y el pasaje alborotado, a puerto más o menos seguro. El reciente elogio de Cristina Fernández, extendido al titular de la cartera de Hacienda, refleja menos las preferencias ideológicas de la vicepresidente que la necesidad, a como dé lugar, de ponerse a cubierto de la tempestad. En circunstancias distintas la viuda de Néstor Kirchner lo hubiese triturado al exintendente de Tigre, sin compasión. Si ahora no sólo lo acepta sino que se permite, a vista y paciencia de su clientela revolucionaria, tirarle flores, es porque le teme más a la cárcel o al destierro y muerte política, que al programa de ajuste que ha lanzado a correr Sergio Massa. Cargar en contra suyo, como en su momento lo hizo a expensas de Martín Guzmán, sería suicidarse anticipadamente. Cosa —claro está— que no se halla en sus planes. Tanto ella como su hijo se desquitan con el pobre Alberto Fernández, a quien Máximo, midiendo con cuidado el término que utilizaría, lo calificó de “aventurero”.

De lo anterior se sigue, necesariamente, que la disputa dentro del espacio populista no tiene retorno y va a escalar cada día con mayor fuerza. Si bien el presidente de la Nación no se anima a cruzar aceros verbales con la Señora, el cambio de agravios con su hijo —en el que también intervino el ministro de Seguridad, Aníbal Fernández— deja traslucir la dimensión de la pelea. Se encuentran a uno y otro costado del ring, en sus respectivos rincones, cruzados por una enemistad no muy distinta de la que los separa de Mauricio Macri. A tal punto se desprecian. Esta es la principal razón que les impide forjar una estrategia defensiva que les permitiría retirarse en orden a cuarteles de invierno, sin que la derrota por venir tenga las características de un desastre electoral de proporciones nunca vistas en la historia del peronismo. Se pueden hacer algunas pocas cosas en la cubierta del Titanic una vez embestido el iceberg, menos ventilar diferencias y enredarse en una pulseada cuando se está a punto de naufragar. Lo sorprendente del caso es que los dos integrantes de la fórmula ganadora en diciembre del año 2019 no se llaman a engaño respecto de las consecuencias que puede ocasionar su actitud y, sin embargo, en vez de pensar en una tregua siquiera pasajera, se atienen al libreto beligerante sin cambiarle un punto o una coma. La primera certeza es, pues, que la guerra seguirá su curso ascendente en el Frente de Todos.

La segunda certeza es que los parches que Sergio Massa ha implementado con el objeto de ganar tiempo y tirar la pelota para adelante —que por ahora le han dado resultados auspiciosos, si se compara su performance con la de sus antecesores— ya no cumplen su cometido con la misma eficacia que en los últimos meses. La venta de reservas del Banco Central para atemperar la suba del dólar vuelve a ser cosa de todos los días, con la particularidad de que el fenómeno se desata en los meses en que, sin posibilidad de endeudarse en los mercados internacionales y sin divisas provenientes de la exportación, el fantasma de un estrangulamiento cambiario comienza a recortarse en el horizonte una vez más. Ello unido a una inflación que amenaza espiralizarse. No es un secreto que este año llegará a su fin con un nivel de 100%. El problema es que no hay razones para convalidar el pensamiento del equipo económico acerca de un descenso
en el verano. El convencimiento de Massa y de sus muchachos suena a expresión de deseo, nada más. La razón es sencilla y radica en el hecho de que, a diferencia de lo que sucedió con el ingreso de dólares del sector primario durante septiembre por efecto del valor que le fijó el gobierno, con el alza del costo de la vida no hay magia ni malabarismos al alcance de la mano. Entre noviembre y marzo estará en juego la suerte del Plan Llegar orquestado por Massa y hasta aquí tolerado por Cristina Fernández. El ingenio del ministro se pondrá en los próximos 150 días a prueba. Aunque la carrera contra la inflación está perdida de antemano, deberá sacar de la galera nuevos conejos que le eviten el trago amargo de una devaluación.

La tercera certeza se encuentra vinculada al plano internacional. Como han tenido lugar, en los dos países más importantes para la Argentina desde el punto de vista diplomático, unas elecciones cruciales —de carácter legislativo en Estados Unidos, y presidenciales además de legislativas en la hermana república del Brasil— no han faltado quienes, dentro y fuera del gobierno, han reflexionado sobre los eventuales efectos que unos y otros comicios tendrán en estas tierras. Hacerlo implica perder el tiempo. No porque lo que aconteció en el país limítrofe y en la primera potencia del mundo carezca de importancia. Por supuesto que la victoria de Lula y la de los republicanos son fundamentales en numerosos aspectos. Pero imaginar que ello podría significar un beneficio o una contrariedad para la Argentina es no entender hasta qué punto somos
insignificantes en el concierto internacional. Salvo que alguien se deje llevar por las declaraciones de los embajadores, que en términos generales repiten vaguedades harto conocidas, lo cierto es que las simpatías que despierta Lula en el Frente de Todos y en el gobierno, y las antipatías que suscitan los partidarios de Donald Trump en la Casa Rosada y el Palacio San Martin resultan datos poco trascendentes. La relación con aquellos países seguirá siendo exactamente la misma.

Hay una cuarta certeza que se consolida conforme se acerca el momento de votar y el gobierno no acierta con el remedio para atemperar la dimensión de la crisis social y económica que nos aqueja. El kirchnerismo abandonará Balcarce 50 en diciembre del año que viene sin la más mínima probabilidad de recuperar los votos que perdió en el camino recorrido desde que dio comienzo la gestión de Alberto Fernández. Sería una empresa destinada al fracaso la búsqueda de una sola razón con base en la cual imaginar una remontada del oficialismo. A escasos diez meses de las PASO —que cada día lucen más firmes— y a doce de substanciarse las generales; peleados entre sí sus principales dirigentes; sin capacidad para ponerle coto a la inflación y mejorar las condiciones de vida de la gente; enjuiciada la jefa de la tribu en varias causas por corrupción, y con la mayoría de los gobernadores peronistas decididos a desdoblar los comicios para desligarse de una
derrota que consideran segura, la suerte del Frente de Todos está echada. La única duda es la dimensión de la derrota, que —de continuar por la senda que lleva— podría ser inédita.

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