Los lecheritos en el Buenos Aires de 1818

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Emeric Essex Vidal, que visitó Buenos Aires hacia 1820, dejó la aguatinta coloreada de los repartidores de leche que ilustra esta nota. De los viajeros nos quedan no pocos testimonios de la vida cotidiana de aquella ciudad y sus personajes, ni qué decir de la campaña y las pampas.

Decía Vidal que “casi podría decirse que los lecheritos nacen de a caballo, tal es la temprana edad en que comienzan a trabajar en este oficio”. Acotaba que “aprenden tan temprano su oficio que parece que hubieran nacido sobre el caballo. Galopan, trepados como monos sobre los tarros de leche, y después que han vendido su mercancía se dedican a correr carreras o a jugarse las monedas que acaban de ganar”. La mayor parte eran niños de menos de diez años, “tan chicos que para montar en sus caballos tenían que utilizar un largo estribo adaptado con ese solo fin”. Lo hacían “acomodándose entre los tarros de leche y en esa incómoda postura galopaban furiosamente. Cuando se encontraban en las afueras de la ciudad, solían disputar carreras entre ellos; y luego, al regreso, después de haber vendido toda la leche, se los veía comúnmente jugando en grupos a la taba o a las monedas, que acababan de ganar. No obstante la abundancia de ganado y buenos forrajes, era casi imposible conseguir leche pura en Buenos Aires y no era nada extraordinario ver a los lecheritos rellenando su tarros en el río, para completar su contenido, una vez que habían vendido parte de él por lo que resulta aquí tan difícil como en Londres conseguir leche que no sea adulterada”.

A este comentario debemos agregar que los viajeros se quedaron sorprendidos de algunos vendedores ambulantes. Por ejemplo, los hermanos Robertson y Head no dejan de hacer referencias sobre ellos.

Aguatinta de Emeric Essex Vidal (1820).

Hay uno de estos viajeros que pretendemos rescatar y es prácticamente desconocido. Se trata del capitán norteamericano George Fracker, natural de Boston, que llegó a Buenos Aires a fines de 1816. Sería luego segundo oficial de un barco que naufragó en las costas uruguayos y fue el único sobreviviente. Fracker escribió unas memorias muy interesantes publicadas en 1826 en su ciudad natal, y no demasiado divulgadas entre nosotros, un tema recurrente que en su momento con gran idoneidad hizo el reconocido librero y conocedor de estas obras Alberto Casares y hace poco conversamos con el Horacio S. Garcete.

Afortunadamente, en la Revista Histórica del Museo Histórico del Uruguay de 1968, las páginas de Fracker fueron reproducidas por don Juan A. Pivel Devoto, pero lógicamente no han alcanzado la divulgación que se pretende por ser ediciones para especialistas.

Según nuestro visitante, la leche era “traída y ofrecida a gritos por la ciudad por chicos del campo, entre los siete y los catorce años, que van a caballo y tienen un canto peculiar con el que anuncian su llegada, pregón que nunca pude interpretar. La leche es transportada en jarras de barro, colocadas dentro de cestos de cuero, a cada lado del caballo, conteniendo tres jarras cada uno”.

Volveremos en algún momento con Fracker porque dejó coloridas estampas de nuestra ciudad y sus alredores.


El autor es historiador. Vicepresidente de la Academia Argentina de Artes y Ciencias de la Comunicación

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