La voluntad popular es (con frecuencia) impopular

Fecha:

Compartir

Por Eduardo Agustín Gil

Existe en nuestros días una idea, instalada trabajosamente, que sostiene que todo lo que es mayoría es bueno, es superador y, sobre todo, es cierto: eso no es necesariamente así puesto que los que deciden en las democracias -el pueblo- son víctimas de múltiples factores de penetración mediática, directa e indirecta, sobre la cual trabajan arduamente, entre otros, agencias de publicidad y expertos comunicadores cuyos fines últimos son, cuanto menos, interesados.

Por supuesto que estamos generalizando y seguramente habrá, como siempre sucede, bienintencionados y probos. Pero para entender mejor de lo que estamos hablando pongamos un ejemplo. Vayamos a la historia y en particular a un tema que es muy caro a los argentinos y analicémoslo sin velos sentimentales.

Hemos aprendido y repetido desde siempre que la Primera Junta de Gobierno de 1810 se basó en un deseo popular, pero veamos cómo fue en realidad en boca de sus protagonistas.

Entonces la ciudad de Buenos Aires tenía aproximadamente 50.000 habitantes, de los cuales unos 3.000 eran considerados vecinos con la posibilidad de participar en los cabildos abiertos, espacio que permitía escuchar a los pobladores (autorizados) en los problemas de la ciudad. Para el Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810 se invitó al 1,2% de los pobladores, lo cual ya fue una primera manipulación. Este dato lo proporciona Isidoro Ruiz Moreno en su libro de las “Actas del Cabildo”. Fueron convocados 600 vecinos de los cuales asistieron 451 votando solo 215. De estos, 157 lo hicieron por sacar al virrey. Enrique Corbellini, al leer estas cifras, sostuvo que explicaban “el resultado dudoso de una votación que posiblemente habría sido muy favorable al virrey si hubieran asistido los 200 vecinos faltantes”.

Por otra parte, el historiador Roberto Marfany apunta que no puede existir “ninguna duda” de que “esa imposición de la junta salió de los cuarteles, prohijada por los jefes y oficiales de los batallones urbanos, cuyas firmas, en la mayoría de las hojas agrupadas por unidad, llenaron casi todas sus páginas, rubricando así, de manera terminante cual era el pueblo de la Revolución”.

Los jefes militares llevaron al Cabildo el petitorio de una nueva Junta, entonces los capitulares pidieron que se congregara el pueblo en la plaza para corroborar el apoyo al pedido. Pasado un buen rato, Julián Leiva salió con otros al balcón y preguntó dónde estaba el pueblo. La versión de su ausencia fue ratificada por Manuel Alejandro Pueyrredon, quien manifestó que esa tarde “ni un alma se veía en la calle”, y lo mismo dice en sus “Memorias curiosas” Juan Manuel Beruti: “A la plaza no asistió más pueblo que los convocados”.

Baltasar Hidalgo de Cisneros, el virrey en cuestión, dice que los vecinos estaban ocultos en sus casas por temor a las amenazas de los oficiales y soldados. Esto coincide con Marfany puesto que un grupo de unas 600 personas, jóvenes en su mayoría, acaudillados por Domingo French y Antonio Beruti, se congregaron desde muy temprano en un sector cercano al Cabildo para intimidar a los que concurrieran, algo que confirma Manuel Belgrano cuando dice que “una porción de hombres estaban preparados para que a una señal de un pañuelo blanco atacaran a quienes quisieran violentarnos”, y se hacían llamar “legión infernal”. Manuel Moreno los llama “batallón patriótico”. Cisneros dice que ese grupo negaba el paso a los vecinos honrados y lo franqueaban a los confabulados.

La expresión “el pueblo quiere saber de qué se trata” es una versión falaz y engañosa. Gustavo Martínez Zuviría dice que la revolución “no la hizo el pueblo, la hicieron los comandantes de los cuerpos militares con un grupo de eclesiásticos y civiles que venían conspirando secretamente. Si alguna vez el pueblo se ha mostrado apático ha sido el de Buenos Aires en los días de mayo”

Existe, sabemos, cierta facilidad para crear mitos a lo largo de la historia, endiosando a personajes o episodios como una gesta épica seguramente con el fin de fortalecer determinada sensación, en general de identidad grupal. También sucede que a veces no se tolera un análisis cierto y se desmoronan. En muchos casos, como consecuencia de esos mitos, se han creado sentimientos de xenofobia y chauvinismo que utilizan con eficacia los líderes políticos para imfluir en las multitudes y dominarlas: léase “voluntad popular”. Vicente Massot llama a esto “la politización de la historia”, y nuestros amigos en una charla de café dicen que “se inventaron un relato”.

En el tema que nos ocupa vemos que esa fidelidad a Fernando VII es una máscara, como definen muchos historiadores. De esta manera no parecía tan drástico el golpe. Es evidente que detrás del comportamiento de muchos patriotas estaba Gran Bretaña. Sirva como ejemplo el famoso “Plan de Operaciones” (para muchos de la pluma de Mariano Moreno) donde queda expuesta la crueldad, la misma de Juan José Castelli o Belgrano sometiendo a aquellos que no aceptaban a la Junta.

En las invasiones británicas de 1806/7 muchos murieron por defender a España de los ingleses y tres años después deciden separarse de la Metrópoli. ¿Qué pasó en tan poco tiempo? ¿Qué papel jugaron las logias masónicas? ¿Por qué en los albores de la primera junta una flota inglesa estaba anclada en el puerto? ¿Por qué fusilan a Santiago de Liniers, defensor de la figura de Fernando VII? Siendo el Cabildo una institución municipal cuya jurisdicción era Buenos Aires, este no tenía legitimidad para crear una Junta para todo el territorio. No es difícil entonces imaginar lo que pensaba el interior, que no entendía lo sucedido, por lo cual la Junta organizó un Ejército con el fin de quebrar esa pasión popular que no le era afín: ¡vaya paradoja!

Otra pregunta que nos surge es, ¿cuál es el significado de patria en este contexto? Podríamos contestarnos que se trata de un territorio en común, sin embargo, pasados unos pocos años fue dividido en diversas “patrias”, algo que nos resulta por lo menos confuso o contradictorio y que nos hace pensar que el proyecto de los primigenios patriotas era otro y no lo conocemos, aunque lo intuimos.

Si la fidelidad al monarca, tan pronunciada por todos los protagonistas, hubiera sido una máscara, eso los descalificaría moralmente puesto que sería una estafa a esa voluntad popular tan mentada.

Después de 1810 los negocios con Gran Bretaña crecieron en forma exponencial. Es conocida la relación de Juan Larrea con comerciantes ingleses. Buenos Aires se enriqueció y, en cambio, el interior se perjudicó porque sus productos no podían competir con los ingleses que entraban libres de impuestos.

Verdaderamente la historia es escenario de las conductas humanas y nada es nuevo bajo el sol. Muchos escribieron una historia falsa, otros tantos la sostuvieron y divulgaron y unos pocos se detienen a pensar sobre lo oculto, y convengamos: cualquier parecido con la realidad actual no es fantasía.

* El autor es profesor de Historia, investigador, Licenciado y Magister

Compartir

Últimas noticias

Suscribite a Gaceta

Relacionadas
Ver Más

Lecturas. “La reconquista autoritaria” y la amenaza de la derecha global en América Latina

El sociólogo Ariel Goldstein analiza la influencia y conformación de las alianzas ultraconservadoras.

Lecturas. Reinaldo Laddaga y su cartografía de la pandemia

En “Atlas del eclipse”, el escritor argentino Reinaldo Laddaga, radicado en Nueva York, se propone revelar las mutaciones que provocó la crisis sanitaria.

Muerto hace nueve siglos, reconstruyen el rostro de San Isidro Labrador

Un equipo de científicos determinó además la edad, fecha aproximada de muerte, características físicas y ascendencia del prominente miembro del santoral católico.

El ron cubano y la “baguette” francesa, Patrimonio Cultural de la Humanidad

La inscripción en el listado supone un llamado a los gobiernos respectivos a cuidar y mantener viva esa herencia ancestral.