La fiesta de Reyes en el Montevideo de 1827

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El sabio francés Alcides D’Orbigny viajó a nuestro continente entre 1826 y 1833, y de regreso tardó trece años en publicar sus minuciosos apuntes sobre aquel viaje, que como señaló Bonifacio P. del Carril son uno de los trabajos “más ambiciosos e importantes jamás publicados sobre cualquier región de la tierra” abarcando etnografía, historia, geografía, geología, arqueología y botánica, “campos de conocimiento que abordó con una capacidad de observación realmente extraordinaria”.

Bien sabemos del culto de lo afro en Uruguay, el recuerdo en cada Carnaval de las famosas “llamadas” al son de tambores y tamboriles, del que participaban muchos gustosos de conservar esa tradición como el conocido artista plástico Carlos Páez Vilaró. A ello debemos sumar las no pocas representaciones que nos dejara el pintor Pedro Figari.

La lectura del libro de D’Orbigny nos brinda numerosos detalles de las distintas actividades, pero sin duda la celebración de San Baltasar el día de la Epifanía merecía especial significación entre la gente de color. Así lo relató el autor galo: “El 6 de enero, día de Reyes, unas raras ceremonias atrajeron mi atención. Todos los negros nacidos en la costa de África se congregan por tribus, cada una de las cuáles elige un rey y una reina. Ataviadas de la manera más original, con las ropas más brillantes que pudieron encontrar, y precedidas por todos los súbditos de las tribus respectivas, estas majestades concurren primero a misa, luego pasean por la ciudad y congregadas por último en la plazoleta del mercado, ejecutan, cada cual a su modo, una danza característica de su país. Allí he visto sucederse rápidamente bailes guerreros, simulacros de faenas agrarias y las figuras más lascivas”.

Y añade que allí “más de setecientos negros parecían haber recobrado por un momento su nacionalidad, en el seno de una patria imaginaria, cuyo solo recuerdo, al lanzarlos en medio de aquellas bulliciosas saturnales de otro mundo, les hacía olvidar de placer, los dolores y privaciones, de largos años de esclavitud. Dichosa indiferencia por la desgracia que constituye la base de su carácter y que, lejos de absolver a sus verdugos, agrava aún más sus errores a los ojos de la humanidad, al mostrar que fácil les sería suavizar, sin comprometer sus intereses, los males de sus pacientes víctimas”.

Tal vez jamás se encuentre mejor oportunidad de observar el notable contraste de las costumbres y esos propios de cada tribu africana, y todavía, más singularmente, el de los rasgos y color pues según las observaciones que efectuara aquel día, no existen menos variantes entre las razas de África que entre las del Nuevo Mundo, en lo concerniente a los distintos grados de intensidad del tinte y la mezcla más o menos fuerte del amarillo con el matiz fundamental”.

Valioso testimonio, de esas celebraciones perdidas y olvidadas de la gente de color.

Pedro Figari.

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