Pedro Arata, un libro que oficia de justo homenaje

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Se cumplió el pasado 5 de noviembre el centenario del fallecimiento del doctor Pedro Narciso Arata, que había nacido en Buenos Aires el 29 de octubre de 1849 en el hogar de Nicolás Arata, natural de Génova, y de la porteña Elena Estévez, según el registro de la parroquia de Monserrat donde lo bautizaron el 5 de diciembre con el padrinazgo de Lorenzo Arata y Josefa Castro, aunque en dicho documento es llamada Narciso Pedro. A corta edad fue llevado a Italia y regresó a nuestra ciudad en 1863, donde completó su formación en el Colegio San José de los padres bayoneses.

Ingresó al departamento de Aplicación de la Universidad porteña llevado por su vocación por la química. Allí tuvo como profesor y fue el discípulo predilecto del doctor Tomás Perón, padre de Juan Domingo. En 1868 y 1869 obtuvo una medalla y fue distinguido por unanimidad en el examen final. Tal era su talento que dictaba clase a sus compañeros, los que al finalizar le regalaron un tratado de obras de química de Jean Baptiste Dumas firmado entre otros por Luis Güemes, Roque Sáenz Peña y José María Ramos Mejía. Continuó estudiando Medicina a la vez que ejercía como profesor en la Facultad de Ciencias Exactas. En 1872 fue uno de los fundadores de la Sociedad Científica Argentina y del Club Industrial, origen de la actual Unión Industrial Argentina.

Mientras estudiaba además se desempeñaba como director de la primera oficina de Inspección de Alimentos, de efímera duración, pero quedó como químico consulto, lo que le permitió posteriormente especializarse en Europa. En 1879 se graduó con una tesis de carácter químico y comenzó a dictar la materia en la Facultad de Ciencias Médicas. Fue un avanzado en estos temas: a instancias suyas se creó la Oficina Química Municipal de Buenos Aires, que dirigió y organizó; ocupó la presidencia del Consejo Nacional de Higiene y la Dirección de Patentes, fue Director General de Agricultura en tiempos de la segunda presidencia de Julio A. Roca, y estuvo a cargo del Instituto de Agronomía y Veterinaria de la Nación, la posterior Facultad incorporada a la Universidad porteña. Presidente del Consejo Nacional de Educación, autor de libros y ensayos, su biblioteca fue donada a la Facultad de Agronomía y a iniciativa de Ramón J. Cárcano un busto le rinde homenaje en sus jardines.

Había casado con Catalina Carlevarino en la iglesia de Balvanera el 14 de noviembre de 1874, siendo padrino de la ceremonia el reconocido médico Rafael Herrera Vegas y la madre de la novia. Curiosamente el acta matrimonial dice ser Arata, hijo de Emilia Unzué, emparentada con la tradicional familia y no de la señora Estévez, que aparece en la del bautismo.

Seguramente a esta altura los lectores se preguntarán cuál es el libro que se ha publicado dedicado a Pedro N. Arata. No es una obra dedicada a su figura pero si a uno de los temas en los incursionó a lo largo de su vida, seguramente por placer: la fotografía. El volumen al que nos referimos se titular “Retratos del Plata. Historias del daguerrotipo 1839–1889) de Carlos Gabriel Vertanessian, editado por la Fundación CEPPA, en octubre del año que acaba de terminar, casi al cumplirse el centenario de la muerte de Arata.

Pero dejemos que nos lo narre el autor, con el título “Una feliz casualidad que no fue tal”.

“Este es, ciertamente, un relato inusual de los comienzos de la fotografía. Tiene lugar en el Río de la Plata, más precisamente en Buenos Aires, en el poco sugestivo año 1892. Si bien su protagonista no figura en la genealogía reconocida del invento, su importancia no puede ser soslayada, muy a pesar de la modestia con la que él mismo la presenta: “Una feliz casualidad ha llegado a poner en mis manos los documentos originales que constituyen los primeros datos históricos sobre el descubrimiento de la fotografía”.

“El que narra es Pedro Narciso Arata, conspicuo integrante de la Generación del 80; farmacéutico, médico, científico, químico, bibliófilo, educador y fotógrafo aficionado. Con sus variados intereses y extensa red de afinidades alrededor del mundo, Arata se convirtió en historiador de la ciencia y en ávido coleccionista de todo papel que tuviera alguna relación con ella. Su doble interés por la historia y la fotografía se refleja en el coleccionismo de retratos de sus colegas, a quienes solicitaba sus fotografías a cambio de la propia. Arata llegó a acumular una importante galería de personalidades científicas, incluida una pequeña fotografía del formato denominado carte de visite (tarjeta de visita) de uno de uno de los inventores de la fotografía que más interesa aquí: Louis-Jacques-Mandé Daguerre”.

“Como historiador de la ciencia, fotógrafo y coleccionista, Arata vio la urgencia de aprovechar una oportunidad que se le presentó para adquirir –no sin dificultades novelescas y a un elevado costo– una serie de documentos, incluido el acuerdo preliminar y el definitivo entre Daguerre y su socio, Joseph Nicéphore Niépce. Se trata nada menos que de los escritos originales que pertenecieron a Daguerre y que sentaron las bases de su mutua colaboración; aquellos que posibilitaron el desarrollo del invento y son considerados los documentos fundacionales de la fotografía mundial. Entre los papeles se encontraba también el acuerdo suscripto por Daguerre con Isidore, el hijo de Niépce, tras la abrupta desaparición de su padre”.

“Si bien Arata sugiere que los documentos llegaron a sus manos por “feliz casualidad”, en realidad estuvo lejos de ser el caso. En 1891 tomó conocimiento por su librero de Hamburgo que salía a la venta un ejemplar –único por sus características– de las Obras completas del famoso científico y político francés François Arago, editadas en París en 1854-1862. La obra traía insertos y encuadernados los cinco manuscritos originales que pertenecieron a Daguerre, entre otros muchos documentos del archivo del astrónomo francés. Ante esta posibilidad única, “desesperado”, Arata no dudó en solicitar su compra “a toda costa”.

El valor de esos documentos motivó que con la colaboración de su viejo amigo Francisco P. Moreno, con quien había sido de los fundadores de la Sociedad Científica Argentina, en ese momento director del Museo de Ciencias Naturales de La Plata, publicara en facsímil en 1892 en castellano y francés la obra “Documentos Históricos sobre los orígenes de la fotografía”.

Digamos de paso que esos documentos originales permanecieron inhallables hasta 2010, en que Roberto Ferrari y Diego Megan, lograron encontrarlos con no menor mérito y que hoy se conservan en nuestro país, ganándole así la posibilidad a los coleccionistas europeos.

La magnífica edición de la obra de Vertanessian -además de un homenaje a Arata, cuyo nombre no fue ni mencionado el año pasado, rescata a ese argentino de la generación del 80 y viene a ocupar un espacio en la bibliografía sobre el tema, como otras suyas con indudable mérito, que merecerá el interés de los lectores.

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