Bienvenidos al Carnaval del mundo

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El existencialismo como corriente filosófica creció exponencialmente en la Francia de la posguerra y, junto con ella, la necesidad progresiva de escaparse de la realidad mediante el aturdimiento. Empero no terminó allí. La juerga tragicómica y rupturista inundó a casi todo el mundo libre durante las décadas siguientes con la contracultura, las mitologías extraterrestres, las vanguardias “beat”, las drogas y las sectas “New Age” tratando de edulcorar el riesgo atómico, así como las sangrientas guerras y revoluciones tales como la de Madagascar, Cuba, Costa Rica, Palestina, Corea o Vietnam, entre otras.

La contradicción psicosocial no debería extrañarnos. Volviendo a la situación francesa de los años cuarenta, en ese entonces la mitad del territorio padecía la tensa calma de la ocupación nazi y la otra mitad estaba bajo el ala colaboracionista de Vichy. En París había una sensación discordante entre la vida cultural en los cafés y aquellas cuevas de baile y de jazz, donde la vida cotidiana aparentemente seguía su curso normal, pero, cualquiera y en cualquier momento, podía ser el próximo desaparecido. El 7 de diciembre de 1941 Adolf Hitler emitió el “Decreto de noche y niebla” reservado para los habitantes de los territorios conquistados. “Noche” y “niebla” significaba en la práctica tortura, deportación y ejecución para todos los sospechosos que se opusiera al régimen. 

Jean-Paul Sartre fue un testigo imprescindible. Escribió en “La república del silencio” que “El horror parecía estar afuera, en las cosas. Podíamos olvidarnos de él por un momento, apasionarnos con una lectura, una conversación, un negocio, pero siempre volvíamos a él y advertíamos que no nos había abandonado”. Era como pasear de la mano con una muerte ciclotímica. Tiempo después Albert Camus comparó esa experiencia violatoria con una peste.

Si hacemos un cotejo con este tiempo, no es casual que, durante la pandemia, especialmente en países donde los estados mostraron sus entrañas totalitarias, impusieran cuarentenas estrictas bajo amenazas punitivas. Controles de uniformados en los accesos, aplicaciones para circular, vigilancia y disciplina, miedo y más miedo. El “virus” de las medidas desproporcionadas -más allá de las razones que se esgrimieran- destruyó, entre otras cosas, la psiquis de muchas personas. Y esto no puede ser gratis.

En varios países se publicaron estadísticas de un aumento significativo en la tasa de suicidios. No por nada en aquel entonces Camus abrió su obra “El mito de Sísifo” para permitir la discusión sobre esa posibilidad ante la falta de propósito. En 1872 Fiódor Dostoievski, padeciente del régimen dictatorial zarista, en su novela “Los demonios” planteaba a través de su personaje Alekséi Kiríllov el problema del suicidio racional. Para el autor de “El extranjero” este espectro debe ser calificado como “algo superior”. Sin embargo, propone también que elegir no hacerlo es entregarse asimismo a la muerte, un final que ocurrirá de todas maneras en la tangente del tiempo inexorable. Según Martin Heidegger es por la razón de que el “Dasein” está arrojado en el horizonte de tiempo. Es decir, lo que no haga yo por mi voluntad lo hará de igual modo simplemente el paso del tiempo.

Todo esto se desprende de que la tristeza, la angustia y la desesperación de tener consciencia de lo inevitable del fallecimiento, amplió el espectro a un tipo de filosofía existencialista que esbozaba que, ya que no queda ninguna meta objetiva más que la sepultura, tal vez, justamente por ello, habría que encontrar otra salida provisoria, sea en la moral o en el arte.

Antes de la pandemia la muerte parecía que “había muerto”, en el sentido que en el mundo capitalista el deceso era ignorado, innombrado, inasumido. Después de la misma y ahora ante la amenaza de una extinción nuclear la muerte ha “resucitado” otra vez de la tumba de lo ignoto, para bien o para mal. Para revivir supersticiones, para usar máscaras de felicidad o para sentir el absurdo más baldío.  

El mundo por un lado desmaya por el temor y por el sufrimiento ante la nada y, por el otro, paradójicamente está entrando en el típico espíritu carnavalesco para aturdirse, para no pensar, para “opiarse” de una manera crasa: porque de otra forma solo parece esperarle la extinción o el hundimiento más absoluto en el sin sentido.

Es interesante pensar en la analogía del Carnaval. Una festividad pagana adoptada por la Iglesia en la temprana Edad Media que era conmemorada entre la alegría la Natividad del Señor, la fiesta de la abundancia de Reyes y la depresión del “pathos” de la crucifixión. Reflejaban los cambios bipolares de ánimo a partir del drama divino que acontecía entre estos ritos antiguos recuperados en el orbe medieval bajo el ropaje cristiano.

El nacimiento de Cristo fue fechado en el solsticio de invierno entre el 21 y 25 de diciembre. Allí el dios sol era entendido como aquel que nacía hacia el fulgor. Fecha que también se festejaba el origen del dios persa Mitra, entre otras deidades como Tammuz, Horus o Dioniso. A partir de allí había un aumento de la algarabía, o sea, un triunfo de la luz sobre la oscuridad invernal (invierno-infierno) hasta llegar al equinoccio de primavera donde la luminosidad dominaba definitivamente en el reverdecer de la vegetación: pero antes la deidad debía ser sacrificada. Ambos espectáculos fueron asimilados por la religión oficial. En medio de estas dos escenas, nacimiento y muerte, alegría y tristeza, estaba el convite del Carnaval.

Nadie sabe a ciencia cierta cuál es su verdadera procedencia. Puede que tenga que ver con la rotura de las prohibiciones de comer carne. Las opiniones más acertadas creen que era un ritual en honor a Carna, una númina romana que se adoraba para febrero donde se inmolaban cerdos y se los comían en medio de un ambiente desenfrenado. Esto terminaba con el entierro del dios del jolgorio y una angustia ritual que duraría cuarenta días de letanías hasta su resurrección cuando saldría nuevamente renovado del útero de la tierra (Se puede mencionar que en los mitos egipcios Osiris, el descuartizado, era llorado durante una cuaresma).

La angustia y la furia de la excitación son dos reacciones que se dan en la mente humana ante la lógica del reconocimiento de la finitud y la necesidad de la amnesia pasajera del óbito. Las pestes y las guerras recuerdan la insustancialidad de la vida, pero, a su vez, dan como reacción la necesidad de propiciar su prescripción. En Ucrania, por ejemplo, ante la posibilidad de un ataque con armas nucleares se ha llamado a la población a la participación de una orgia para disfrutar la vida “al máximo” antes del fin del mundo; en tanto en Alemania, grupos de extrema derecha planeaban dar un golpe de Estado quién sabe con qué consecuencias. Ovacionan a un Mundial de Futbol en el mismo Qatar donde se violan los derechos humanos. Todo es un variopinto “cajón de sastre”.

El surgimiento inevitable de un nuevo existencialismo  -según el filósofo Markus Gabriel-, ante la ineficacia de responder a las interrogaciones fundamentales por parte del cientificismo ultra naturalista coexiste con las masas perdidas y acuciadas en busca del hedonismo más extremo: son sin duda reacciones patológicas colectivas de una multitud contemporánea que intenta desquiciarse al no vislumbrar ningún desahogo posible. Mientras, en medio de crisis irreductibles, seguimos celebrando el Carnaval del mundo para tratar de olvidar que en algún momento transitaremos una “vía dolorosa” que no podremos obviar, aquella que nos conducirá directamente al inevitable Gólgota del siglo XXI.

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