“Amarte no fue un error”

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Por Juan Javier Negri *

La historia del libro que presentamos comenzó en 2009 cuando la editorial francesa Bartillat nos contactó para solicitar los permisos necesarios para publicar en su país, en coedición con la Editorial Sur, la correspondencia entre Victoria Ocampo y el novelista francés Pierre Drieu la Rochelle. El libro, que logró reunir casi todas las cartas que ambos intercambiaron en francés a partir de 1929 (no todas: varias de Victoria perecieron en el incendio de un guardamuebles en París) apareció con el título “Lettres d’un amour défunt” (“Cartas de un amor muerto”) con una interesante introducción del profesor Julien Hervier, traductor de Nietzsche y Heidegger.

El libro resultó un éxito pues al año siguiente de su publicación, en 2010, recibió el Prix Sevigné, que se otorga en Francia al mejor libro de cartas inéditas publicado en ese país. Por esas cosas que ama el azar, el premio para el año 2022 fue anunciado precisamente hoy en París. Victoria es, hasta ahora, la única protagonista argentina del Prix Sevigné. En 2020, los discípulos argentinos de Witold Gombrowicz estuvieron entre los cuatro libros finalistas pero el premio fue para la correspondencia entre Louise de Vilmorin y Jean Hugo, amigo de Victoria y nieto de Víctor.

“Lettres d’un amour” défunt enseguida apareció en Italia con el título “Amarti non è stato un errore”.

Cuando nos llegaron los ejemplares correspondientes descubrimos la riqueza de su contenido. Nosotros teníamos en nuestro archivo las cartas de Drieu pero no las de Victoria. Y allí estaba ella, otra vez, en cuerpo y alma, con una intensidad mayor que con cualquiera de sus otros interlocutores. Estas no eran las disquisiciones literarias con José Ortega y Gasset, ni la sublimación poética con RabindranathTagore o los esfuerzos metafísicos con Thomas Merton, ni las exquisiteces musicales con FranÇois Ansermet, las discusiones enfurecidas con Hermann Keyserling o la brillante espiritualidad con Jacques Maritain. No: aquí estaba Victoria viviseccionando su amor, analizando su pasión, reflejándose una y otra vez en la imagen que de sí misma le daba su amado. Así decidimos traducir la edición francesa. Después de todo, era la que contenía las cartas en el idioma en que habían sido escritas. De la edición italiana tomamos sólo el título, que nos pareció que resumía, en pocas palabras, el epílogo de esa relación contradictoria y violenta que unió a Victoria con Drieu.

Pero la tarea resultó más compleja de lo esperado; mucho más. En efecto, varias de las cartas habían sido traducidas ya por Victoria, para incorporarlas a su autobiografía. Y algunas de ellas habían sido traducidas dos veces… y en ocasiones las traducciones eran diferentes entre sí. Más aún: al comparar los textos incluidos en la edición original francesa con lo poco publicado por Victoria acerca de un amor que fue convirtiéndose en un imposible, comenzaron a aparecer los indicios de que esa relación, más allá de ser evidencia de una atracción física indetenible, estuvo basada en la enorme generosidad de Victoria hacia su amigo. No sólo lo mantuvo económicamente; no sólo lo trajo a la Argentina a su costa; no sólo organizó las conferencias de Drieu en 1930 en lugares entonces exóticos para un novelista francés y director de la “Nouvelle Revue Française” como podían ser Tucumán y Santiago del Estero…

No. Más allá del amor físico que existió entre ambos (o quizás en razón de ese mismo amor) Victoria, al traducir las cartas de Drieu al castellano, lo hizo disimulando todo el rechazo que sus alardes de machismo militante y su admiración por la violencia física producían en su alma. Así fue como los ataques de hígado de Drieu, consecuencia de sus excesos de alcohol, fueron convertidos por Victoria en crisis de fe (aprovechando que foi puede querer decir tanto una cosa como la otra) y las referencias explícitas a la genitalidad fueron delicadamente eliminadas.

Claro que nada de esto nuestros amigos franceses lo sabían. Así es como “Lettres d’un amour défunt” y “Amarte no fue un error” comenzaron a ser libros distintos. A nosotros, lectores de lengua castellana, nos llega una Victoria Ocampo más humana, capaz de ruborizarse ante las groserías, sensible al bochorno en el que su amante podía regocijarse, cada vez más fuerte en sus convicciones políticas equivocadas.

Luego agregamos a nuestra versión castellana documentos que en Francia no eran conocidos; el testamento de Drieu, por ejemplo, que él hizo llegar a Victoria por interpósitas personas después de su trágico suicidio en 1944, los comentarios que los amigos franceses de Victoria hicieron ante la muerte del novelista o el “Relato Secreto”, un texto autobiográfico de Drieu que Jean Paulhan entregó a Victoria en 1946 y que ella publicó en Sur en 1950 en magnífica traducción de Julio Cortázar.

También agregamos a este libro lo que Victoria escribió sobre Drieu y publicó en Sur en 1949. Allí ella intenta explicar algo de lo inexplicable de esa relación magnética que mantuvo con él. Y como sucede con los imanes, así como los polos opuestos se atrajeron, también, cuando los polos idénticos se acercaron en un juego peligroso, terminó produciéndose un rechazo acompañado de dolor. Por eso pide (o. mejor dicho, ruega) Victoria a sus lectores, con aquella generosidad a la que hicimos referencia antes, y cito, “concédanle al hombre cuyos problemas vitales e íntimos voy a confiarles, su simpatía, aunque sea por un momento. Con la inteligencia sola no se entienden a fondo estos dramas”. Fin de la cita. Ella sabe que será necesario recurrir a la simpatía, porque Drieu, en sus últimos días, se envolvió en una bandera inaceptable. Y agrega (y vuelvo a citar): “si nada hay más confortante y dulce que esta comunión con el amigo, no hay quizás experiencia más cruel y rica que la de encontrarse, de pronto, en el amigo que estimamos con ideas que no estimamos. Digo que esta experiencia es rica, porque nos enseña a dominar nuestras indignaciones, nuestras impaciencias, nuestras cóleras; en suma, todas las reacciones violentas que nacen de mutuas divergencias, mutuos desconocimientos, mutuas irritaciones. Y además nos enseña, también, el respeto del adversario”. Fin de la cita. Cuatro años después de publicar esto, en 1953, la falta de respeto por el adversario llevó a Victoria a la cárcel.

Es por todo esto que “Amarte no fue un error” terminó siendo sustancialmente distinto del libro francés que le dio origen. Podemos decir con orgullo que da al lector una visión mucho más amplia y puntos de vista más sólidos para analizar un drama humano profundo y una relación sentimental casi inexplicable.

En efecto, el intercambio de cartas entre Victoria y Drieu muestra progresivamente cómo la vinculación física, a medida que deja lugar a una relación más intelectual, más fundada en el amor compartido por las letras y por las aventuras del espíritu, se va tiñendo de un ingrediente cada vez más cáustico, de un antagonismo cada vez menos velado y más evidente. El deslumbramiento inicial (en la atmósfera idílica de viajes en pareja por Normandía y Bretaña o excursiones a la Berlín de entreguerras) se disuelve en una agria tirantez: Victoria comienza a sospechar (y luego, dolorosamente, a convencerse) de que en las ideas políticas de Drieu (que este no esconde, por otra parte), reside una vertiente peligrosa, se anida un animal maligno y desconocido, se perfila un sesgo de intolerancia que habrá de terminar en rechazo. Éstas no son especulaciones de crítico literario: en el testamento de Drieu (que, como dije, está ausente de la versión inicial francesa de este libro), él confiesa, en 1944, que la razón de su suicidio es haber llegado a la conclusión de que Hitler y el nazismo perderán la guerra y cito: “la Europa con la que sueño no existirá jamás”.

Drieu, por su parte, a lo largo de esa relación pasa de ser un veterano de la Primera Guerra Mundial, herido y condecorado por el heroísmo en el campo de batalla a convertirse en un opositor acérrimo a todo aquello que para él (“para él”, recalco) huela a decadencia y a debilidad. Pasa así a aferrarse a ideales de violencia, de fuerza bruta, como únicas herramientas susceptibles de conmover el alma de sus conciudadanos franceses. Se abraza así al régimen del Mariscal Pétain; se destaca como colaboracionista y amigo del invasor alemán. Pero nunca, nunca —la verdad debe ser dicha— traiciona a quienes consideraba sus amigos. Mantuvo, en esas horas últimas, la dignidad de quien antepone la lealtad a cualquier otra consideración.

La historia del amor entre Victoria y Drieu no podía terminar de otra manera que como terminó: él era quien, en 1937, le había explicado a Victoria que “puesto que no soy comunista, puesto que soy anticomunista, soy fascista. Políticamente creo que sólo se puede ser fascista o comunista; lo demás está pulverizado (democracia, radicalismo, liberalismo, catolicismo, conservadorismo moderado, etc.)”.

Ella era la misma mujer que en 1931 fundaría una revista para proclamar los beneficios de la libertad intelectual y de una cultura sin fronteras; la que en 1936 alinearía esa revista con los valores de la tolerancia religiosa, (lo que por supuesto motivó el enojo de Drieu); la que consideraba que, por encima de toda otra especulación política, militar, religiosa, racial, o hasta geográfica, el valor del ser humano residía, solo y precisamente, en su condición de tal.

Quisiera terminar con una referencia a las personas a las que este libro está dedicado. Inés de Luynes de Murat, de cuya sencillez, bonhomía y calidad humana fue testigo el consejo de administración de la Fundación Sur durante el plazo, ¡alas!, demasiado breve, en el que ocupó su sitial; Monseñor Eugenio Guasta, sacerdote católico y modelo ejemplar de cultura y tolerancia, amigo y confidente de Victoria y Alberto Rodríguez Galán, paradigma de hombre probo y cabal cuyo consejo alentó durante largos años a nuestra Fundación.

Y con una nota íntima y personal, que la magnanimidad de ustedes sabrá perdonar, agrego que he dedicado este libro a Mercedes, mi hija menor, que acompañó mis largas horas de traducción con su ánimo y su sonrisa que borraron cualquier dificultad.   


* Palabras del Presidente de la Fundación Victoria Ocampo en el Templo de la calle Libertad el 13 de diciembre de 2022

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