La casa de los Esnaola

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Aquí el autor desempolva un personaje poco visitado de la historia argentina, aunque muy importante en la de la música.

El 13 de mayo de 2019 publicamos una nota titulada “Pianos en la calle Florida (y en San Miguel del Monte), donde hacíamos referencia al presbítero Juan Antonio Picasarri y a su sobrino, el pequeño Juan Pedro Esnaola, que de corta edad junto con sus padres lo había acompañado en su destierro en San Miguel del Monte por ser realista. En esa Guardia del Monte seguramente Juan Pedro aprendió unas magistrales lecciones de piano, que más tarde siguió en la Ciudad.

Cuando regresaron a Buenos Aires se alojaron, como relatamos, en la casa de la calle 25 de mayo 31, de la vieja numeración, según Carlos Vega, mientras Manuel Bilbao afirma que era el número 77 de esa calle hacia Bartolomé Mitre. La feliz circunstancia de haber encontrado una antigua foto de la residencia de los Picasarri y después Esnaola, que ilustra esta nota, nos permite además dar algunos detalles de la propiedad.

El origen fueron tres lotes que el deán de la catedral José Ignacio de Picasarri adquirió separadamente, el primero al notario del Cabildo don Pedro Martínez de Velasco el 1º de diciembre de 1779; el otro el 8 de julio de 1785 a don Pedro Asmentín; y el tercero a doña María Mercedes de Zárate el 16 de octubre de 1788. Picasarri falleció en Buenos Aires el 15 de diciembre de 1806 y la propiedad pasó a sus sobrinos, el presbítero Juan Antonio y su hermana Josefa Teresa. Ésta casó en noviembre del año siguiente en la cercana iglesia de la Merced con el vasco José Joaquín Esnaola, matrimonio del que nacieron Juan Pedro, en 1808; María Dorotea, en 1810; José Evaristo, bautizado en Monte en 1812, que no es citado seguramente por haber muerto de corta edad; y Mariano Luis, en 1815.

Juan Pedro tuvo fama, y cierta además, de ser un niño prodigio ya que a los 14 años había compuesto unas piezas para piano. En 1860 hizo unos arreglos a la música de Blas Parera del Himno Nacional Argentino.

María Dorotea casó con José María Gallardo y fueron los abuelos de Ángel Gallardo, quien en sus Memorias recordó el fallecimiento de su tío abuelo Juan Pedro Esnaola que “en la madrugada del 8 de julio [de 1878], cuando regresó papá que lo había velado toda la noche y me dio la fúnebre noticia. Era la primera vez que la muerte nos arrancaba un miembro de la familia”. Con sus escasos 10 años Gallardo así lo veía: “Era tan severo y tan seco que yo no le tenía mucho cariño, seguramente menor que el que él me profesaba a mí, pues me dedica una frase muy cariñosa en su testamento al dejarme una casa “para que recuerde el nombre de su tío abuelo, al que llamaba abuelo”.

Gallardo pinta algunas ocurrencias de Esnaola y sus formas: “Era un hombre muy serio y muy adusto que trataba a todo el mundo de Ud, pronunciando mucho la ‘d’ final. Trataba a la gente con severidad y tenía un afán de exactitud y de precisión. A un inquilino que vino a hablarle de una casa de la calle Potosí, le contestó: ‘No hay calle de ese nombre’. Acababan de cambiarle el nombre por el de Adolfo Alsina, donde vivía el famoso caudillo que dio motivo a una cuarteta que decía: En la calle Potosí / entre Salta y la de Lima / hoy llora una guitarra / porque ha muerto Adolfo Alsina”.

Volviendo a Esnaola, a un interlocutor que se apoyaba en el marco de la puerta le dijo: “Deje la puerta, no se va a caer”. Y quizás lo más gracioso es lo que cuenta Gallardo, claro que siendo niño no le pareció bien: “Cuando nos iba a visitar me cargaba en sus rodillas, lo que era para mi sumamente aburrido. Cansado de mirar la cadena del reloj y un sello de oro con una piedra verde con puntitos rojos, ensayaba abandonar las rodillas. ‘Ya está Ud. cansado de la visita de su abuelo’, me decía, y yo me quedaba helado. Un día me anunció: ‘Aquí te traigo un regalo’, y me dio un envoltorio. Cuando yo me imaginaba alguna caja de soldados, resultó que era un retrato de don Juan Pedro, con marco. De la decepción me puse a llorar y me costó una penitencia. Otra vez pasó algo análogo con otro regalo que resultó ser una docena de naranjas”.

Justamente siendo canciller del presidente Marcelo T. de Alvear el doctor Ángel Gallardo, se trató el tema del Himno Nacional, cosa que recuerda éste en sus Memorias al evocar a su tío.

La antigua foto que encontramos de esa casa demolida a comienzos del siglo pasado, donde estaba la mercería “Al divino botón”, nombre por demás bien puesto como publicidad, nos permitieron buscar algo más de ese muchacho que en la Guardia del Monte había empezado sus lecciones de piano, y encontramos estas olvidadas páginas de su sobrino nieto.

* Historiador. Vicepresidente de la Academia Argentina de Artes y Ciencias de la Comunicación

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