Una aventura repetida un siglo y medio después

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Aquellos viajes en barco cruzando el océano no dejan de impresionarnos. Esa galleta dura de la que hablan los viajeros hasta mediados del siglo XIX, enmohecida y tantas veces orinada por las ratas, o la terrible sed por falta de agua que suelen rescatar algunos testimonios nos pueden dar una idea del temple de esos hombres y mujeres que llegaron a estas tierras. De más está decir el encuentro con una realidad totalmente distinta y un escenario donde atravesar unas cuantas leguas era un peligro y cruzar el río Salado, la posibilidad de encontrarse con la muerte.

De esos inmigrantes rescatamos a los irlandeses, que sin ninguna duda son los que más tomaron nuestras costumbres y se acriollaron. Y no faltan detalles al respecto: William Mac Cann, que visitó nuestro país en 1845, llegó “a la casa de Mr. Murray, un irlandés que vivía en la costa del río Salado. Las orillas del río, se hallan densamente pobladas por súbditos británicos, principalmente irlandeses, que se dedican a la cría de ovejas. En su mayoría son propietarios de las majadas, unas las tienen en sociedad, otros como únicos dueños. Cuando uno de ellos llega al país, pobre e ignorando la lengua, las costumbres y el modo especial de trabajar en el campo, trata de emplearse en casa de algún compatriota, Si es sobrio y laborioso, pronto ahorra dinero y en lugar de seguir como simple cuidador de ovejas, las compra por si propia cuenta y se asocia con otros connacionales para adquirir una majada”. A ello agrega la habilidad para la esquila, y también como zanjeadores. “No hay trabajo tan lucrativo como ese y que aquellos hombres ganaban, según sus propios cálculos, como diez o doce chelines por día”. Parece que igual se mostraban quejosos, y además de comida en abundancia podían ahorrar esa suma por día. Agrega Mac Cann que ganaban “jornales tan altos porque muy pocos trabajadores de su condición llegan tan lejos, hacia el sur, y porque los criollos no toman jamás una pala en sus manos. Se explica así que esos hombres, fuertes y laboriosos puedan ganar lo que pidan”.

El doctor Eduardo Coghlan publicó las “Andanzas de un irlandés en el campo porteño (1845 – 1864)” (debiéramos decir bonaerense, mejor), pero narra la historia de John Brabazon, y su relato sobre la vida en el campo y en la ciudad tiene no poco mérito. Prueba de ello son algunos dibujos, daguerrotipos o fotos (como las que ilustran esta nota) que debieron llegar a Irlanda y aumentar el interés por venir a poblar estas tierras.

Así Carmen Casey y su marido Justin Harman, que fue embajador de Irlanda en Buenos Aires entre 2014 y 2017, decidieron a instancias de ella recorrer el camino de sus ancestros irlandeses, en este caso por los partidos de Lobos, Navarro, Chivilcoy y Suipacha. Los acompañaron en la travesía Beatriz Arbizu, María Julia Burgos, Martín Casey, Juan José, Parnel y Victoria Garrahan, John Kelly, María Rita Ruiz y Javier Gil, además de José Luis Serradilla Ramos, llegado de España y un reconocido profesional en materia de caballos.

De todos los lugares que visitaron se destaca la estancia “La Rica”, donde el arquitecto Jorge Baya Casal, destacado cultor de las tradiciones y descendiente del fundador del establecimiento por los López Saubidet, hizo una interesante descripción, además de actuar como amable anfitrión junto a otros miembros de la familia.

Carmen Casey nos comentaba la experiencia, en la que desde el dueño del campo hasta el croto que encontraron en el camino fueron amables, y mencionó las atenciones de Ricardo Garrahan y María Laura Schipani, de Irene Keegan y Micky Fitzsimons.

Y, volvemos a la historia: no hicieron más que ver cierta tradición que aún subsiste en algunos lugares. Para eso como solemos decir, “defecto de historiador”, me remito a las fuentes y retorno a Mac Cann, que dice: “Muy de mañana ya estábamos todos en plena actividad preparándonos para reanudar el viaje. El hospitalario dueño de casa había obligado nuestra gratitud con sus bondades y, siendo unos extraños para él, nos había tratado como a personas de su familia. Por espacio de varias millas hicimos camino a través de un campo de pastizales duros y nos detuvimos en una pulpería para comprar pan a fin de tomar algún bocado. La pulpería era propiedad de una familia vasca; encontramos allí un carnicero de Buenos Aires que andaba comprando ovejas gordas; ofrecía un chelín y nueve peniques por cada una, pero el propietario no quería venderlas a menos de dos chelines por cabeza”. Esta suma nos indica el valor del sueldo de un zanjeador, que ganaba ¡¡¡6 ovejas por día!!!

Seguro esta aventura, que denominaron “El Trébol y El Ombú”, tendrá otros capítulos  que en su momento daremos a conocer porque esto fue sin duda aventura e historia, con la emoción de reencontrarse con sus ancestros.


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