“Algo en nosotros fue destruido”

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“El mundo es lo que es, es decir, poca cosa”. Así abrió uno de los tantos editoriales el periodista y escritor Albert Camus mientras transcurría la angustiosa década de los cuarenta. Había sido testigo de la ascensión y de la posterior caída del régimen nazi y, como si eso hubiese sido poco, los Estados Unidos acababa de detonar las bombas atómicas sobre Japón cegando la vida de aproximadamente 250.000 seres humanos en
pocos minutos.

Casi ochenta años después, me inquieta abrir una nota y poder citar las mismas palabras, precisamente porque siguen siendo apropiadas. Podía haber utilizado otras, es cierto, pero no encontré una línea que mejor expresara la resignación de transitar esta época de zozobra y desorientación que nos tocó en suerte.

Desde aquel entonces el mundo indudablemente ha cambiado en muchos sentidos, en algunos casos -y pecando de optimismo- para bien, especialmente en el aspecto tecnológico, pero también, se podría bien afirmar sin riesgo a equivocarse, que en sentido moral, social y político lo que aparece es un marcado deterioro.

Ante esta perspectiva asistimos pues a circunstancias que se reiteran como si fuesen burlas del destino, pero que en cada repetición forman un espiral que, lejos de ser acontecimientos progresivos, son sucesos ignotos regresivos que se manifiestan en simulaciones que reaparecen ahora con máscaras tragicómicas. Los episodios se suceden en caída. Hoy diríamos, quizás pensando en la literatura o en el cine, que las segundas partes no suelen ser buenas.

“La historia se repite dos veces”, afirmaría con elocuencia George W. Hegel. El maestro de Jena fue contemporáneo a Napoleón Bonaparte en quien, comparándolo con Julio César, creyó ver en él la nueva materialización del espíritu objetivo de la historia. Expresa que “si arrojamos una mirada sobre estos individuos históricos, vemos que han tenido la fortuna de ser los apoderados y los abogados de un fin, que constituye una fase en la marcha progresiva del espíritu universal (…). Han sabido satisfacerse y realizar su
fin: el universal (…). Cuando llegan a alcanzarlo, no pasan al tranquilo goce, no son dichosos. Lo que son ha sido su obra”. Y luego agrega: “Aquellos grandes hombres parecen seguir solo su pasión, solo su albedrío; pero lo que quieren es lo universal. Este es su ‘pathos’. La pasión ha sido justamente la energía de su yo. Sin ella no hubiesen podido hacer absolutamente nada”.

Sin embargo Karl Marx, años después, fue muy perspicaz al notar el rápido deslustre del mundo. Los ideales gigantescos se estaban licuando. Una cosa fue comparar a Napoleón con César, todavía había faros que alcanzar, y otra muy distinta era lo que estaba presenciando en su tiempo. Luego de observar una paupérrima proyección de aquel gran conquistador francés en su triste descendiente, Marx modificó aquella
famosa frase, casi actualizando a Hegel, que aparece en “El 18 brumario de Luis Bonaparte” que “la historia ocurre dos veces: la primera como una gran tragedia, la segunda como una miserable farsa”.

Se refiere sin duda a la agonía de las épocas. Al envilecimiento de la calidad de los caudillos. Es menester señalar que esta degeneración, a todas luces, se debe a la decadencia de la historia, a su ancianidad y, finalmente, a su evidente deceso. Es que algo ha sido destruido en las entrañas de los pueblos. La misma pareciera que ha muerto y que solo queda su pueril fantasma. Es por eso que Hegel interpretó que en su tiempo se llegó al final de la misma, y Marx se auto percibió como aquel que podía intentar reanimarla.

La teoría marxista fue llevada a la praxis a través de la quijotada de sujetos sociopáticos que vieron en ella la satisfacción de su sed de poder totalitario produciendo verdaderas dictaduras “sobre el proletariado” que, por su alejamiento de la realidad, vale decir, de la naturaleza hedonista del hombre solo se dirigió a su fracaso. Acudimos entonces al fin de todo acontecimiento que contribuya a ese espíritu de la historia ya que esta está
sepultada en el cementerio del olvido. Los ensayos progresistas del siglo XXI, cuyos primeros experimentos aparecieron en América Latina, solo fueron farsas de tales ideologías que conquistaron el corazón de muchos románticos.

Vemos claramente que no pocos de esos predicadores de la “izquierda” hacen un simulacro de revolución en las calles, mientras sus lideres hacen ajustes neoliberales. Es que para seguir manteniendo su comedia deben embrutecer a la población cooptando consignas de progreso que envuelven la destrucción de los valores ilustrados como la educación, la igualdad y la libertad de opinión.

El mundo “es lo que es”, lo que equivale a decir que cada vez está peor. Todo parece una inmensa pantomima. No quedan próceres que sean atraídos por la pasión de la grandeza a través de ese fin universal. No es novedad. Las patrañas se repiten en sucesos sin ninguna trascendencia que a pocos les interesa. Recurriendo nuevamente al intemporal Camus quien escribió con marcada actualidad que “lo que más impresiona en el mundo en que vivimos es, primeramente y general, que la mayoría de los hombres (…) están privados de porvenir”.

Pensemos esto, la crisis del comunismo y la hegemonía occidental tampoco trajo el tan ansiado “Estado de bienestar”. Después del desmoronamiento del bloque soviético se auguraba una etapa de bonanza. El liberalismo tardío prometía una era repleta de paz y prosperidad. Pero lejos de solucionar los problemas de fondo los desplazó debajo de la alfombra. Pronto el resurgimiento del terrorismo islámico, aquellos que montaran una estética cruel por YouTube quisieron levantar un califato al estilo Medieval. La quiebra
de Lehman Brothers puso en tela de juicio las políticas económicas de la democracia capitalista. El malestar se apoderó de la sociedad indignándola aún más.

Por otra parte, la ascensión del gigante chino que simula un comunismo próspero lleno de fisuras se coronó con la aparición de un virus que incitó a aplicar un estado de control y vigilancia cuasi totalitario incluso en países democráticos. Superada sucintamente la pandemia por el olvido social en este instante la atención está puesta en el desencanto financiero y en los picos inflacionarios llevando al planeta a las puertas de
una recesión imprevisible. La guerra en Ucrania colocó más incertidumbre ante un aprieto energético sin precedentes, además de una nueva guerra en Europa que todavía nadie sabe bien si llegará a ser mundial (aunque algunos opinen que ya lo es), y bajo una amenaza de una extinción medioambiental cuando no nuclear: todo indica que la gran tragedia ya ha sucedido y estamos transitando precisamente ahora una miserable farsa que, lejos de ser inocua, está profiriendo serias amenazas de destrucción.

Cuando el futuro llega no hay nada que esperar. Ya no queda sujeto. No queda sustento moral. La pregunta sobre qué es el hombre carece de respuesta y es precisamente aquí cuando comprendemos que estamos en graves problemas globales. Estos surgen, más allá de lo antedicho, porque hay una herida interna, ya que “algo en nosotros fue destruido”, y lo sabemos, y lo que es aún peor, sin ninguna perspectiva de reconstrucción.

El autor es ensayista, filósofo y teólogo

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