El “caso Sakineh”: la cara de la otra justicia

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Las condenas a muerte de una iraní y de una estadounidense, ambas acusadas de estar involucradas en los crímenes de sus maridos, reflejan las diferencias culturales entre Occidente y el mundo musulmán.

En Irán condenaron a Sakineh Ashtiani, una mujer de 43 años y madre de dos hijos adolescentes, a morir lapidada acusada de adulterio. Por ese motivo, recibió además 99 latigazos. Más tarde, otro tribunal la volvió a juzgar, la acusó de estar involucrada en el asesinato de su marido y resolvió que muriera en la horca, por tratarse de un delito más grave. El caso movilizó a medio mundo y fomentó las críticas contra el régimen iraní, enfrentado además a la comunidad internacional por el avance de su programa nuclear. Pero en Estados Unidos ejecutaron a una mujer con una disminución mental acusada de ordenar los crímenes de su marido y de su hijastro, y su condena a muerte no se transformó en un fenómeno mundial. ¿Cuánto influye la imagen y el poder del país que ejecuta la sentencia? ¿Se puede repudiar sólo la lapidación por ser un método cruel y arcaico o la condena debe ser a la pena de muerte, cualquiera sea su forma?

Por Jorgelina Perez

La condena a morir lapidada impuesta por el régimen iraní a Sakineh Ashtiani, acusada en principio por adulterio y luego por complicidad en el homicidio de su marido, volvió a poner la atención internacional sobre un castigo medieval y cruel que todavía se aplica en algunos países musulmanes.

Luego de recibir cientos de miles de pedidos de clemencia de todo el mundo, desde ONG hasta El Vaticano, cadenas de mails y denuncias de varias organizaciones de defensa de los derechos humanos, la justicia iraní la volvió a juzgar y cambió la condena: esta vez la acusó de haber participado en el asesinato de su esposo y, como se trata de un delito más grave, resolvió que en vez de morir lapidada, Sakineh morirá ahorcada.

Del otro lado del mundo, en Virginia (Estados Unidos) Teresa Lewis, de 41 años, fue ejecutada en la silla eléctrica a fines de septiembre pasado, acusada de ordenar en 2002 los asesinatos de su marido y de su hijastro.

El Tribunal Supremo estadounidense desechó la apelación para que se le conmutara la sentencia por la de cadena perpetua, después de que el gobernador de Virginia, Robert McDonnell, rechazara también un pedido de indulgencia, pese a haber recibido unos 4.000 reclamos.

A pesar de que los abogados insistieron hasta último momento en que el coeficiente intelectual de 72 que tenía Lewis rozaba el límite legal del retraso mental, el caso no generó la misma conmoción mundial, protestas y movilizaciones que la condena de la iraní.

Sakineh, al borde de la muerte.

La posibilidad de una ejecución inminente de la iraní comenzó a cobrar fuerza la semana pasada. El Comité Internacional contra la Lapidación advirtió que el régimen de los ayatolás había autorizado a la prisión de Tabriz, donde está detenida Ashtani, para que lleve a cabo la ejecución, aunque sin precisar si sería mediante lapidación o en la horca.

Inmediatamente comenzaron a sucederse marchas y reclamos en distintos lugares del mundo y frente a las embajadas de Irán en las principales capitales.

A pesar de que la condena contra Asthiani fue hace cuatro años, su caso saltó a los medios de todo el mundo hace un par de meses, cuando su primer abogado –que luego debió pedir asilo político en Noruega- denunció que hubo innumerables irregularidades durante el proceso contra su cliente en los tribunales islámicos. La iraní está encarcelada desde 2006, cuando fue condenada a diez años de cárcel y a recibir 99 latigazos por mantener relaciones ilícitas con dos hombres, uno de ellos el supuesto autor del asesinato de su marido, ocurrido en 2005.

Pero en 2007, cuando comenzó el juicio por la muerte del esposo de Sakineh, la justicia iraní determinó que la relación extramatrimonial de la mujer había ocurrido mientras su esposo aún vivía. Por eso fue condenada a morir por lapidación, bajo el alegato de “adulterio”, y también se le acusó de complicidad en el homicidio de su esposo.

A mediados de este año, la revelación de su inminente ejecución desencadenó una ola de indignación y condena en todo el mundo, que obligó al gobierno de Irán a anunciar que la condena a muerte por lapidación quedaba suspendida, y que el caso sería examinado nuevamente.

Sin embargo, el fiscal general de Irán anunció que Ashtiani había sido condenada a muerte por el segundo de los dos delitos (complicidad en el crimen de su marido) y castigada por ello a morir en la horca.

La presión internacional que se generó desde entonces contra el régimen de Mahmud Ahmadineyad, con pedidos de clemencia, marchas y movilizaciones en todo el mundo, forzó a Teherán a una sucesión de declaraciones oficiales confusas y contradictorias.

Incluso el propio Ahmadineyad aseguró ante las Naciones Unidas que no era cierta la condena a la lapidación y varios de sus ministros afirmaron que ni siquiera se aplica ese método en su país. Pero obviamente, mentían.

Con la llegada de la Revolución Islámica al poder en 1979, Irán adoptó la horca (en caso de asesinato) y la lapidación (cuando hubiera adulterio) como pena de muerte. Desde 2002 había una moratoria en la práctica de las condenas por lapidación, pero el triunfo de Ahmadineyad en 2005 llevó de regreso la aplicación de una modalidad contemplada en un código penal medieval.

Dos culturas, distintos valores. La reacción ante los casos de Sakineh Ashtani en Irán y de Teresa Lewis en Estados Unidos reflejan las grandes diferencias culturales entre Occidente y el mundo musulmán. Occidente se levanta ante la condena a muerte de una mujer adúltera, porque tiene otras valoraciones sobre la fidelidad, el adulterio, las relaciones sexuales y el derecho de la mujer a su cuerpo, que las que tiene el mundo musulmán. Pero muchas veces no tienen la misma reacción ante una persona condenada por homicidio en un país occidental ni contra la pena de muerte en sí misma.

“El tema central evidentemente es la pena de muerte y la discusión tiene que ser en torno a ello”, afirma a Gaceta Mercantil Khatchik Der Ghougassian, doctor en Relaciones Internacionales por la Universidad de Miami y docente de la Universidad de San Andrés.

Der Ghougassian, experto en Medio Oriente, recalca que “la lapidación es una forma que, por supuesto, choca. Por su primitivismo y por la violencia. Y lo que choca es que es una decisión oficial”. “Pero supongamos que la lapidación se reemplazara por la horca, ¿llamaría la atención?”, se pregunta. Además, advierte que hay una diferencia cultural entre Occidente y el mundo musulmán porque “muchas veces se considera que la lapidación de una mujer por adulterio es vinculante al Islam, como si el Islam permitiese eso”.

“En primer lugar, hay una lucha dentro de Irán entre sectores importantes referida al tema del respeto a los derechos humanos (http://www.iranhr.net/), lo cual no necesariamente se transforman en una sublevación contra el régimen. Ahora, la forma correcta de apoyar la lucha de estos sectores no es la estigmatización de Irán y menos una forma de ver las cosas que puede fomentar una islamofobia en Occidente y tener un impacto inverso, en el sentido de que se radicalice aún más en defensa propia”, explica.

Lapidaciones en Medio Oriente. La condena de lapidación por adulterio está prevista en algunos países, como Irán, Pakistán, Somalia, Afganistán, Arabia Saudita, Sudán, Yemen y los Emiratos Árabes, y en doce Estados del norte -de mayoría musulmana- de los 36 que conforman Nigeria. En Indonesia, se limita a una provincia con cierta autonomía, Aceh, situada en el extremo norte de la isla de Sumatra. La opción de lapidación se introdujo allí en 2009.

Según la organización Amnistía Internacional, Irán es el país con mayor cantidad de ejecuciones confirmadas: desde 2006, al menos seis personas fueron lapidadas (cinco hombres y una mujer) y hay siete mujeres y tres hombres a la espera de que se ejecute la sentencia.

El Código Penal iraní establece cómo deben ser enterrados los condenados a muerte y hasta el tamaño de las piedras que deben utilizarse, detalles que, según los defensores de derechos humanos, confirman la voluntad de infligir más sufrimiento a la víctima y garantizar una muerte lenta (Ver recuadro).

Der Ghougassian aclara que la condena a la lapidación es “una interpretación del Islam, no es el Islam en sí”. “Depende de la lectura que uno hace del Corán. Eso pasa con todos los textos sagrados”, señala.

“Hay otras voces que intentan otro camino para la interpretación y puesta en práctica de la ley coránica (http:// freesakineh.org/es). Y muchas veces estas voces están desc o n s i d e radas, son de s o ída s . Los intelectuales que propone n una versión mucho más secular del Islam están fundamentalmente en Europa y algo en Estados Unidos. O sea, no tienen peso político. Porque en los países musulmanes predominan las voces mucho más fundamentalistas. Fundamentalista en el sentido de cómo toman la letra del Corán”, señala.

La lapidación es un método de ejecución contemplado en varias escrituras sagradas, que busca que la muerte genere al condenado el mayor dolor posible y la agonía sea más lenta y humillante, debido a que un ser humano es capaz de soportar muchos golpes sin perder el conocimiento en forma instantánea.

Por eso el propio código penal iraní especifica hasta el tamaño que deben tener las piedras, que no deben ser ni demasiado grandes como para provocar la muerte en forma rápida, ni tan pequeñas que no provoquen suficiente dolor (Ver recuadro “Cómo se ejecuta la sentencia”).

Los países musulmanes que se rigen por la Sharia prescriben la lapidación para los casos de adulterio y homosexualidad, a pesar que ese modo de ejecución viola los artículos 6 (derecho a la vida) y 7 (prohibición de la tortura y los tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes) del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos.

Discrepancias iraníes. El caso de Sakimeh puso de manifiesto las discrepancias internas que existen en el seno del régimen iraní. Un día después de que la fiscalía anunciase que la mujer finalmente sería ahorcada y no lapidada, el vocero del Ministerio de Asuntos Exteriores de Irán, Ramín Mehmanparast, negó que la sentencia estuviera firme y el proceso hubiera concluido. Sin embargo, el fiscal general del Estado y vocero del Poder Judicial, Gholam Husein Mohseni Ejeí, dio a entender que la sentencia ya había sido dictada y que la soga sustituiría a las piedras el día de la ejecución. Una diferencia que los expertos atribuyen a deficiencias de coordinación en la esfera del poder del régimen de Mahmud Ahmadineyad.

El abogado de Sanikeh, Mohammad Mostafaei, sacó a la luz pública la condena y huyó de Irán en julio para refugiarse en Noruega. “Creo hay razones políticas para que el régimen iraní trate de manipular el caso de Sakineh. Intentará desviar la atención internacional sobre la violaciónes de los derechos humanos en Irán. Mientras todas las miradas se centran en un caso como este, el mundo se olvida de los arrestos de periodistas y opositores, así como de los prisioneros políticos. Esa es la actual política del régimen”, denunció.

Campañas internacionales. En tanto, Amnistía Internacional lanzó una movilización en todo el mundo en contra de la lapidación, en el marco de la campaña contra la pena de muerte. La organización considera que la ejecución por lapidación “agrava la brutalidad de la pena de muerte, ya que es un método concebido específicamente para aumentar el sufrimiento de la víctima”. “Para evitar nuevos casos, es necesario que las autoridades iraníes promulguen de inmediato una ley que prohíba inequívocamente la lapidación como pena judicial”, sostiene. (http:// www.es.amnesty.org/temas/pena-de-muerte/lapidaciones-en-iran/).

La organización recordó que el 11 de agosto pasado, la televisión pública iraní mostró una supuesta “confesión” de Sakineh en la que parece implicarse en el asesinato de su marido. “Las autoridades iraníes han utilizado reiteradamente ‘confesiones’ televisadas como esta para inculpar a personas detenidas. Todo parece indicar que las autoridades iraníes están tratando de desviar la presión internacional y las críticas que están recibiendo, y por ello presentan a Sakineh como una criminal peligrosa que merece ser ejecutada”, advierte Amnistía Internacional.

Aunque es difícil obtener cifras reales debido a que los juicios se llevan a cabo a puertas cerradas, la ONG sostiene que el año pasado fueron ejecutadas 388 personas. Y mientras Sakineh espera en el corredor de la muerte el día de su sentencia, al menos ocho mujeres y un hombre también podrían ser lapidados en cualquier momento.

“La muerte por lapidación es siempre cruel e inhumana y es especialmente repugnante en los casos en que los jueces confían sus decisiones en sus corazonadas, en lugar de las pruebas para culpar a un acusado. Irán debe poner fin a ésta y todas las ejecuciones”, señaló Nadya Khalife, investigadora de Human Right Watch (HRW) para los derechos de las mujeres en Oriente Medio.

En tanto, la Campaña Global contra el Asesinato y la Lapidación de Mujeres (http://www.stop-killing.org/), una asociación que agrupa a organizaciones de defensa de los derechos de la mujer de media docena de países de África y Asia, advierte que la lapidación es un asunto “muy debatido entre los ulemas (estudiantes legales del Islam y la Sharia) y no hay consenso entre la comunidad musulmana sobre la validez de esa práctica como ley islámica”.

En algunos países incluso, se toma Justicia por mano propia con la intención de salvar el “honor” familiar. Si el Estado no castiga la “inconducta” sexual de una mujer, lo hacen sus propios familiares varones. Un caso paradigmático que generó conmoción y rechazo en todo el mundo fue el de la adolescente kurda Kurdistan Aziz, de 16 años, quien murió lapidada por su propia familia por haberse negado a un matrimonio acordado por su padre y haber huido con su novio.

También se producen lapidaciones en regiones que escapan al control del Estado central, como sucedió a mediados de agosto pasado en la provincia de Kunduz, al norte de Afganistán, donde una pareja fue apedreada por decreto de una asamblea talibán.

Khatchick Der Ghougassian insiste en que “la postura ética fundamentalmente pasa en torno a la consideración de la pena de muerte”.

“La condena a muerte de una mujer en Estados Unidos seguramente tuvo voces críticas pero no se transformó en un fenómeno internacional. Eso tiene que ver con la lucha por el poder. Y lamentablemente, el aspecto más preocupante es que una noticia así surge cada vez que hay una lapidación en Irán, no en Arabia Saudita, aliado de Estados Unidos. En ese caso no aparece en las noticias. Sin embargo, hay informes internacionales que sí las denuncian”, agrega.

Para el experto en seguridad internacional “lo importante no es cómo se ejecute la pena de muerte ni por qué delito se tiene que dar. El debate debe apuntar a si se da o no se da”.

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