1749: Los músicos y la fiesta de San Ignacio en Córdoba

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Por Roberto L. Elissalde *

Tenía 30 años el padre Florian Paucke, de la Compañía de Jesús, cuando llegó a Buenos Aires el primer día de 1749. Y después de estar un tiempo en la ciudad, siguió al interior, pasó por Córdoba y Santiago del Estero, y trabajó entre los indios mocovíes durante largos años. Dejó numerosos manuscritos y dibujos que fueron editados en tres tomos entre 1942 y 1944 por la Universidad de Tucumán gracias al mecenazgo de Ricardo W. Staud.

Su interés por la música lo llevó a enseñar ese arte y comentó lo que sucedió a su llegada a Córdoba, aproximadamente en marzo o abril en 1749, adonde iba con un grupo a completar sus estudios eclesiásticos cuando le ofrecieron que organizara la música de la iglesia de la Compañía de Jesús “y ejercitara en ella a los moros negros de los cuáles había muchísimos en el Colegio para la servidumbre”. Tuve una veintena “como aprendices de diversos instrumentos, los que servían ya en la iglesia, pero sin el conocimiento de notas algunas; pocos de los cantores sabían leer; yo no supe todo esto desde un principio hasta que por la propia experiencia noté que ellos cantaban y tocaban todo de memoria, aunque tenían en las manos y ante sus ojos escritos musicales”, relató el sacerdote.

La banda de esclavos de los padres jesuitas de Córdoba había amenizado en 1683 la fiesta que doña María Gutiérrez ofreció como despedida de sus familiares y amigos, antes de tomar los hábitos en el convento de las monjas carmelitas. Según el padre Grennon, en los gastos realizados para ese convite se anotaron dos pesos que les dio “a los negros que tocaron la caja y dos clarines y a los músicos de la Compañía”. Esa misma banda se utilizó en 1724 para recibir al obispo Juan de Sarrocolea y Olea, electo para esa sede cordobesa, que tardó dos años en llegar pues recorrió su diócesis en visita pastoral y confirmó en esa recorrida a más de 23.000 indios, uno de ellos, según el padre Lozano, de 118 años.

Altar mayor de San Ignacio de Loyola.

Los músicos que formaron los jesuitas en sus distintas casas merecieron los elogios de su tiempo. En febrero de 1620 llegaron para misionar unos religiosos de la compañía y bajaron a recibirlos 14 músicos y cantores dirigidos por un indio formado por el padre Vasseo. El gobernador Diego de Góngora y el obispo fray Pedro de Carranza no sabían qué admirar más, “si a aquel simpatiquísimo misionero, o a aquellos salvajes de ayer, transformados en adolescentes de finos modales y de extraordinaria habilidad musical”.

En 1680 esos músicos fueron a animar las tropas que combatieron para recuperar la Colonia del Sacramento, y una década más tarde recordaba el padre Sepp que fue recibido por “sesenta músicos que habían bajado de las reducciones, con toda clase de cornetas, pífanos y chirimías americanas, con el objeto de recibirnos…cantaron con grande compostura y a compás, dirigiéndolos uno con una banderita, lo que era muy gracioso a la vista”.

Prosigue su narración el padre Paucke: “Aún quedaban cuatro meses hasta la fiesta del Santo Pedre Ignacio, en cuyo día el obispo debía pontificar en nuestra iglesia. Yo fui requerido por el jefe del Colegio de componer una nueva misa musical con las correspondientes vísperas y ejercitar en ellas a los negros. El tiempo me pareció demasiado corto para componer todo eso de nuevo; más corto aún para ejercitar en ellos a los negros para que pudieran presentarse honrosamente, pero por los pedidos de todos fui animado a ello”.

Entrada de la Iglesia

A pesar del ánimo, nuestro pobre cura observó que era imposible “meterles algo en los sesos en tan corto tiempo”, por lo que perdió toda esperanza ya que en cuanto habló con el primero no sabía qué responderle. Tuvo miedo de un papelón y quiso desistir, pero le rogaron que usase todo su ingenio de tal modo que compuso las vísperas y la misa, “ambas bastante armoniosas y largas”, que ensayó durante una semana y encontró “en los morenos una gran habilidad, de modo que creí no perder mi trabajo en ellos”. Había un chico “que tocaba el arpa, no sabía leer ni escribir y menos conocía las cifras musicales, pero al poco tiempo tocaba el bajo solo por el oído y con la otra mano el acompañamiento de tan linda manera que no erraba ni una nota ni pausa”. Lo mismo ocurrió con los demás, ya que el único que apenas conocía algo y poco de música era el organista. “Su habilidad les ayudó tanto que un mes antes de la fiesta habían aprendido todo y pudieron aparecer en el coro público”.

De las dos a las tres de la tarde y de la seis a las ocho, todos los días ejercitaban con nuestro padre. “Realicé en la iglesia algunos ensayos donde aparecieron los más del colegio y escucharon todos con el mayor placer. Esto me congratuló mucho con los españoles y ellos me demostraron todo afecto y amabilidad”.

Finalmente fue un éxito ese 31 de julio de 1749, en el día de San Ignacio, cuando el obispo celebró personalmente las vísperas, “y al día siguiente la misa mayor, tras lo cual cruzó la iglesia exclamando en alta voz hacia el coro: ‘Vivan los ángeles que hoy he oído’, y les dio la bendición por repetidas veces. Había al mismo tiempo una gran concurrencia de la ciudad para oír la nueva música europea”. Al leer esta frase del obispo, dicha hace 223 años en el día de San Ignacio de Loyola, y cuando celebramos el 400° aniversario de su canonización, vino a mi mente aquella frase del poema del venezolano Andrés Eloy Blanco: “Píntame angelitos negros / Que también se van al cielo / Todos los negritos buenos / Pintor si pintas con amor / Por qué desprecias su color / Si sabes que en el cielo / También los quiere Dios”.

Historiador. Vicepresidente de la Academia Argentina de Artes y Ciencias de la Comunicación

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