¿Y si el capitalismo de plataformas amenaza la libertad?

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Por Lea-Riccarda Prix

Esta pregunta tiene al menos dos dimensiones: ¿qué entendemos por trabajo y qué caracteriza realmente al trabajo? La primera es la dimensión conceptual, mientras que la segunda es la empírica. Así las cosas, una primera respuesta a la pregunta inicial podría ser que lo que entendemos hoy por trabajo difiere de aquello que realmente constituye buena parte del trabajo. Para entender esto, vale la pena echar un vistazo a la historia.

En sociedades del trabajo abiertas y democráticas, el concepto de trabajo debe ser vinculado a la idea de libertad. En la historia, esta conexión se relaciona inmediatamente con el surgimiento de la sociedad del trabajo moderna. Durante siglos, el trabajo fue la expresión de la necesidad natural y de la falta de libertad. Solo podía ser libre quien no trabajaba. Pero esta vieja idea cambió con las revoluciones científicas y civiles de los siglos XVI y XVII. Se inició entonces un proceso a través del cual el concepto de trabajo fue vinculado paulatinamente a la idea de libertad. Surgió el paradigma moderno del trabajo, en el que este era considerado fuente de libertad tanto para el individuo como para la sociedad.

Por el lado del individuo, dos ideales en particular se volvieron esenciales para este paradigma moderno del trabajo: el «ideal de esfuerzo» y el «ideal de autorrealización». El ideal de esfuerzo se basa en la pretensión de que no sea el origen social lo que determine la posición económica y social del individuo en la sociedad, sino el esfuerzo de cada individuo en su trabajo. Una pretensión generada durante la revolución burguesa impulsó la transición de una sociedad feudal a una burguesa en el siglo XVIII y sigue siendo hasta hoy una de las bases esenciales de legitimidad de las sociedades del trabajo libres.

El ideal de autorrealización se basa en la suposición de que el trabajo es una fuente esencial de expresión del propio ser. Según este ideal, el trabajo no es «meramente» un instrumento para ganar dinero con el fin de lograr la independencia económica, sino que en el trabajo reviste centralidad la cuestión de la propia identidad: en él se expresa quién se es o quién se quisiera ser.

Del lado de la sociedad, los siguientes dos ideales, en particular, se convirtieron en fundamentos del paradigma del trabajo moderno: el trabajo como fuente de liberación del ser humano de los dictados de la necesidad natural y el trabajo como fuente de prosperidad social. Ambos ideales fueron establecidos por las revoluciones científica e industrial de los siglos XVI, XVII y XVIII. Puede decirse que el primer ideal es el ideal técnico del trabajo, y el segundo, el ideal económico del trabajo.

Según el ideal técnico, la combinación de trabajo y tecnología, o el trabajo como medio que impulsa desarrollos técnicos, es crucial para liberar a los humanos de las necesidades naturales que los definen como seres físicos y parte del entorno natural. Este ideal se basa en una idea de libertad según la cual la libertad del ser humano se expresa esencialmente en su independencia y su dominio de la naturaleza. Según el ideal económico, el trabajo es un factor de producción económica y la fuente real de creación de valor económico. Esta economización del trabajo fue decisiva para que la finalidad general del trabajo pasara de la «mera» subsistencia al aumento de la prosperidad general.

Estos cuatro ideales de trabajo impulsaron el surgimiento de la sociedad del trabajo y establecieron su base normativa de legitimidad: la sociedad del trabajo permite a cada individuo, a través de la actividad laboral que eligió, la justa participación en la prosperidad de la sociedad, que es generada por el trabajo. Pero si echamos un vistazo al estado real del mundo laboral actual, saltan rápidamente a la vista muchas cosas que plantean dudas justificadas sobre la validez de estos cuatro ideales de libertad en el trabajo.

Mientras que durante las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial el ideal de esfuerzo experimentó un apogeo en las naciones industrializadas occidentales, hoy en día la perspectiva de experimentar un ascenso social y económico a través de la actividad laboral individual se ha desvanecido en un futuro distante para la mayoría de los trabajadores. La movilidad ascendente de las décadas de posguerra, que el sociólogo Ulrich Beck describió en 1986 con la expresión «efecto ascensor», se ha convertido hoy en una movilidad descendente, que el sociólogo Oliver Nachtwey resume en la imagen de la «escalera mecánica en descenso».

Ascendente y descendente

La «sociedad de movilidad ascendente» de las décadas de posguerra se caracterizaba, como también lo hace la actual «sociedad de movilidad descendente», por un PIB creciente con una simultánea desigualdad social. Mientras que en la «sociedad de movilidad ascendente» todos recibían una porción del pastel que crecía y subían juntos en el «ascensor», hoy en día, en la «sociedad de movilidad descendente», solo unos pocos se benefician del pastel que crece y cada vez más personas toman la «escalera mecánica en descenso».

Hay múltiples razones para la precarización de las condiciones laborales en las que se refleja este proceso: desde los recortes de impuestos y la falta de inversión en las instituciones públicas, pasando por el desmantelamiento de los sistemas de seguridad social, hasta la expansión de las estructuras de subcontratación y el aumento del empleo temporal y los falsos trabajadores autónomos en el sector privado. Por supuesto, todavía es posible experimentar algún ascenso social y económico a través del esfuerzo individual. Sin embargo, cada vez más estudios sobre la situación actual del mundo del trabajo indican que la posibilidad de un trabajo remunerado no es la regla, sino la excepción en la realidad laboral de la mayoría de los trabajadores y trabajadoras, incluso en las naciones industrializadas de Occidente.

Llama la atención en especial lo siguiente: las condiciones laborales son particularmente problemáticas en los sectores que fueron etiquetados como «relevantes para el sistema» durante la pandemia del coronavirus. Si cuando se le pregunta a alguien qué entiende exactamente por «trabajo» da la respuesta plausible de que es una actividad particularmente relevante o importante para la sociedad, entonces se hace evidente una contradicción en el mundo laboral actual en este punto. Esta contradicción con respecto al ideal de esfuerzo también se refleja en relación con el ideal de autorrealización: al mismo tiempo, la visión de que el propio trabajo es una expresión de la identidad personal no está muy extendida en los sectores laborales que cobraron visibilidad durante la pandemia de coronavirus como particularmente relevantes para el sistema. No se trata tanto de quién se es o quién se quisiera ser en el trabajo, sino de hacer algo por los demás a través del propio trabajo.

En los sectores laborales «menos» relevantes para el sistema, como los sectores creativo, artístico y cultural, en los que el ideal de autorrealización juega un papel importante, la visión de que el trabajo es una expresión de la identidad y la pasión personal suelen ser razones para aceptar condiciones laborales precarias. Posiblemente no se gane mucho dinero ni se tenga un empleo asegurado, pero a pesar de eso se «ama» lo que se hace.

También pueden surgir dudas justificadas con respecto a la validez del ideal técnico y económico del trabajo: nunca antes en la historia han sido tan evidentes como hoy la dependencia de la humanidad de los recursos naturales y la estrecha imbricación de la vida humana con el entorno natural. Los efectos problemáticos de la agudización de la crisis climática son difíciles de negar incluso para los más escépticos, y un virus paralizó al mundo entero en unos pocos meses.

Al mismo tiempo, la humanidad ha llegado a una era tecnológica en la que la influencia de la tecnología en la vida y el trabajo humanos ha adquirido dimensiones históricas. Hoy resulta inimaginable vivir y trabajar sin usar tecnología alguna. Por muy revolucionarios que hayan sido los logros técnicos del siglo pasado y por mucho que hayan facilitado y posibilitado el trabajo y la vida cotidiana de las personas, todavía no las han liberado de su dependencia de su entorno natural. Más bien, la forma en que las personas viven y trabajan ha aumentado aún más la influencia de la naturaleza sobre las personas.

Además, el trabajo y la vida actuales están cada vez más determinados por la llamada «economía de plataformas», que genera valor económico no tanto con trabajo humano sino con datos. El historiador de la economía Aaron Benanav llega incluso a sostener la tesis de que puede hablarse del trabajo humano como un factor extremadamente importante para crear valor económico solo en referencia a un periodo muy específico del capitalismo industrial. La transición de una sociedad industrial a una de servicios ya había debilitado esa importancia; ahora, en el capitalismo de datos del siglo XXI, se está volviendo directamente obsoleta.

Independientemente de si se está de acuerdo con esta tesis o no, se puede decir que la economía de plataformas está haciendo en la actualidad que un número cada vez menor de grandes jugadores globales domine el mundo de los negocios y expulse del mercado a las empresas más pequeñas. Por otro lado, se puede observar que las condiciones laborales son particularmente precarias en las industrias que ofrecen servicios a través de una plataforma. Aun cuando el público, la política y las leyes están tomando cada vez más conciencia de estos efectos problemáticos de la economía de plataformas, combatirlos de manera efectiva es muy difícil precisamente porque la influencia política y legal de las instituciones nacionales en la red global de la economía de plataformas sigue siendo limitada.

Un mundo del trabajo (no) libre

¿Qué conclusión se saca de esto? La respuesta pesimista sería: el trabajo no se relaciona tanto con la libertad como nos gustaría. Sin embargo, esta respuesta no facilita precisamente la solución de los problemas actuales del mundo laboral. Por lo tanto, si se desea seguir asociando el trabajo a la idea de libertad –y las sociedades del trabajo deben hacer esto si quieren existir como sociedades libres–, es necesario cuestionar nuestra noción de libertad en relación con el estado real del mundo del trabajo contemporáneo.

No se trata de satanizar por completo los cuatro ideales de libertad del trabajo: el ideal de que no es el origen social sino el propio trabajo lo que determina la posición social y económica del individuo en la sociedad y el de que la persona también debe lograr la autoafirmación en su trabajo —es decir, la pretensión de que cada persona sea la autora de su propia vida— son indudablemente atractivos. La suposición de que el progreso tecnológico ha ayudado y está ayudando a liberar a las personas del esfuerzo físico y también a promover la igualdad también es correcta en muchos aspectos. Y, por supuesto, es indiscutible que el trabajo humano impulsa la prosperidad económica.

El problema de estos ideales es que cada uno contiene una idea unilateral de libertad, que al mismo tiempo se basa en la subestimación de sus condiciones necesarias. Primero: el esfuerzo se expresa no solo como capacidad individual, sino también como capacidad de compartir un mundo entre individuos; segundo: la autorrealización requiere no solamente la autoafirmación individual, sino también la creación de un mundo en el que haya lugar para la autorrealización y la diversidad individual; tercero: la emancipación del ser humano no solo exige liberarse de la naturaleza, sino también preservar una naturaleza en la que el ser humano pueda ser libre; cuarto: la prosperidad de la sociedad requiere no solo crear valor económico, sino también (re)producir un mundo social en el que la creación de valor económico se distribuya de manera equitativa.

Todo esto exige nada menos que un cambio de paradigma que implica que las actuales sociedades del trabajo reconozcan que el mundo laboral actual es un mundo que conecta a las personas a través de fronteras geográficas y generaciones, y cuya condición influye significativamente en que el mundo sea o no un mundo libre. El cambio de época en el que se encuentran hoy las sociedades del trabajo democráticas y libres implica, entonces, no solo la defensa de lo que ya existe, sino también que estas sociedades cuestionen su propia noción de libertad para poder existir como sociedades libres.

La autora es asistente de investigación del Centro de Humanidades y Cambio Social del Instituto de Filosofía de la Universidad Humboldt de Berlín. Su investigación se centra en las áreas de filosofía social, filosofía de la economía y filosofía del trabajo.

Fuente: Neue Gesellschaft; traducción: Carlos Díaz Rocca

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