Lecturas. Nueve lecciones de Agota Kristof, que transformó el exilio en lenguaje

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Por Valeria Sol Groisman

Agota Kristof (Hungría, 1935; Suiza, 2011) es una de esas pocas escritoras que escriben sobre el dolor, pero da gusto leerlas. Su materia prima es aquello que se desgarra, la lágrima que se derrama entre su vida y la de sus personajes, y, sin embargo, de nuevo, ¿quién podría dejar de leerla? ¿Quién querría abandonar por la mitad alguno de sus libros? Es drama que conmueve y que atrae.

Kristof escribió unos cuantos volúmenes: ni muchos ni pocos. El más conocido quizás sea “Claus y Lucas”, una novela que cuenta la historia de dos hermanos o la historia de un hombre que se imagina cómo hubiese sido su vida con un hermano. O la historia del desdoblamiento de una persona. Todo eso puede ser “Claus y Lucas”, y más también.  En “Ayer”, escrita en 1995, la autora rememora su vida a través de la elaboración de un alter ego, es una novela a medio camino de la autoficción. Pero hay un tercer texto, entre algunos más, que resulta una joya para descifrar a Kristof, para entender desde dónde escribe, por qué, para qué.

Resulta que Kristof emigró, y en lugar de escribir en su lengua materna lo hizo con la adquirida. Partió de la ignorancia acerca de un lenguaje por conocer, y así, desde ese no-sé, creó su obra. En “La analfabeta” relata ese proceso y lo disecciona. ¿Cómo es escribir en la lengua de otros? ¿Determina el idioma la manera en que se escribe?  ¿Qué significa traducir?

Basado en ese libro, lo que sigue es un decálogo, que se queda en 9 consejos sobre la escritura y sus vaivenes: 

Primero: El lenguaje es en sí mismo una forma de migración (Kristof llega a esta conclusión luego de leer a Fabio Morábito en “Idioma materno”). Los escritores se hacen escritores a partir de la “traición” que implica dejar la lengua materna para adoptar la propia, que es una lengua sin lágrimas. “(…) solo dejando de llorar se puede escribir”, sospecha Morábito. Kristof adhiere.

Segundo: Leer es como una “enfermedad”. Nadie toma la decisión de leer. En los lectores, la lectura se impone. Es algo que no se puede evitar. 

Tercero: Los que no leen creen que los que leemos somos perezosos (dicen: “Lee en vez de…”). Creen que leemos para no hacer nada, para escapar de las obligaciones diarias, del trabajo, del esfuerzo, de lo útil. Por eso, leer puede generar culpa. “Incluso ahora, por la mañana, cuando la casa se vacía y todos mis vecinos se van a trabajar, tengo un poco de cargo de conciencia por instalarme en la mesa de la cocina a leer los diarios durante horas en vez de… fregar los platos del día anterior, ir de compras, lavar y planchar la ropa, hacer mermeladas o pasteles… Y, ¡sobre todo!, en vez de escribir”, reconoce Kristof.

Cuarto: Las ganas de escribir vienen cuando el “hilo de plata” de la infancia se rompe y uno necesita recordar, vivir del pasado, para sobrevivir. La escritura es una “solución”.

Quinto: Es en la lengua materna que aprendemos a poner las cosas y los hechos en palabras. Después habremos de renombrarlas con otras lenguas. ¿Serán entonces –en esas otras lenguas—las mismas cosas, los mismos hechos?

Sexto: En Kristof, la lengua adquirida “asesina” a la lengua materna. Es una lengua “enemiga” y a la vez esa lengua que le permite leer y escribir. 

Séptimo: Cuando muere Iósif Stalin, en el internado en el que vive Kristof “la tristeza es obligatoria”. Y a pesar de la tristeza impostada, se escribe. La escritura no se suspende por duelo.

Octavo: Escribir no es incompatible con trabajar (incluso la más mecánica de las tareas puede resultar inspiradora): “Para escribir poemas, la fábrica está muy bien. El trabajo es monótono, se puede pensar en otras cosas y las máquinas tienen un ritmo regular que ayuda a contar los versos. En mi cajón, tengo una hoja de papel y un lápiz. Cuando el poema toma forma, lo anoto. Por la noche, lo paso a limpio en una libreta”.

Noveno: A escribir se aprende escribiendo. “En primer lugar, hay que escribir, naturalmente. Luego, hay que seguir escribiendo. Incluso cuando no le interese a nadie, incluso cuando tenemos la impresión de que nunca interesará a nadie. Incluso cuando los manuscritos se acumulan en los cajones y los olvidamos para escribir otros”. Para Kristof, “uno se hace escritor escribiendo con paciencia y obstinación, sin perder nunca la fe en lo que se escribe”.

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