En 2023 habrá que elegir algo más que gobernantes

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Por Gabriel Conte

Podrá pensarse que 2023 será un año electoral como cualquier otro pero no, tendrá características especiales. Habrá que elegir todos los estamentos de gobierno: presidente y vice, legisladores nacionales, gobernador y vice, legisladores provinciales, intendentes y concejales.

Será en forma escalonada, por lo que todo el año habrá clima de proselitismo.

Eso puede generar un sobreinterés en el tema político, fundamentalmente en aquellas personas a las que les interesa en manos de quién entregar la administración de la cosa pública. O bien, puede estimular un rechazo total, atento al abuso de los mensajes cazavotos que se cruzarán en medios de difusión que no admiten límites jurisdiccionales de un municipio, provincia o país.

Pensar por sí solos será un gran desafío. Ya sabemos que es gratis y que cada uno tiene un cerebro para usar en defensa propia, aunque pareciera ser que muchos prefieren entregarlo a la gestión de otros (la vagancia no es solo física).

Sin embargo, a pesar de estas verdades de Perogrullo que se dicen aquí una vez más, como en tantas otras ocasiones, habrá una situación extra y es que se pone en juego el manejo del poder central en Buenos Aires.

Como se sabe, no es lo mismo que continúe la actual línea de gobierno (ya sea con Alberto Fernández reelegido, Sergio Massa forzando una diferenciación con el gobierno que integra o Cristina Kirchner desmintiendo su anuncio de no ir en las listas.

Y en función de esa definición central, que involucra quiénes sancionarán o podrán bloquear qué leyes, pero además, qué nivel de dependencia o independencia tolerarán de la Justicia, es muy probable que haya un secuestrado central: la verdad.

Los dueños de muchas grandes empresas que critican en público al gobierno nacional, terminan apoyándolo por lo bajo. Y para conseguir sus propósitos, distribuyen fondos en los medios de comunicación y redes, de modo tal de condicionar qué se dice.

Ni hablar de aquellas compañías y personajes que le deben favores al Gobierno y no solo serán previsiblemente suaves, sino que lo más probable es que acallen totalmente a voces críticas, generando un clima justo como el que Massa quiere generar: dar idea de que lo malo “ya pasó” y que “por fin las cosas se encaminan”, cuando la realidad indica (y lo seguirá marcando) que el descontrol del Estado es total y que no hay quién dé pie con bola en el equipo actual de Gobierno, aunque mañana sobreactúen las diferencias y se posiciones como alternativas a sí mismos.

Por esto, no es cualquier cosa el Año Nuevo: empiezan 365 días en que los que ejerzan el rol ciudadano deberán estar a la defensiva todo el tiempo, poniendo por delante el descreimiento antes que el apoyo y repetición fácil de argumentos que se lanzarán como misiles y que -conociendo el impacto de la mentira “bien” disfrazada en redes de influencia masiva– serán difíciles de desviar a tiempo o de morigerar su impacto en las decisiones de la gente.

El 2023 se eligen gobernantes, pero antes que a ellos hay que saber cómo informarse, cómo combinar fuentes de información, cómo digerir las noticias y sobre todo, saber si estas son tales o simplemente operaciones interesadas.

Tiene razón el kirchnerismo cuando denuncia que hay “un poder fáctico” con más fuerza que el político y que parece controlarlo todo. Lo que no dicen es que la política -y ellos son parte de ese esquema- buscan congraciarse y conquistar la simpatía de esos verdaderos factores de poder, todo el tiempo, para nunca dejar de estar arriba, con la manija de todo, aunque solo sea para ostentar y no para gobernar por el bien común.

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