Diosito mío, te cumplimos

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Por Daniel Bosque

Primero hay que saber sufrir, es el primer mandato bíblico argentino. Listo diosito mío, ayer te cumplimos. De premio, por lo menos para los porteños y conurbaneños, el Creador nos ha mandado una lluvia. 

Cualquier chaparrón se llama diluvio en tiempos de la Triple Niña seca que está arruinando a Sudamérica. Me recuerda a Cuyo: cuando apenas truena las viejas hacen sopaipillas (tortas fritas espolvoreadas con azúcar) y se festeja aunque sea el olor a tierra mojada que llega de los cerros.

Congratulations, Good luck, me escriben amigos periodistas y futboleros desde la fría Europa. Inclusive queridos holandeses, que casi tocaron el cielo este viernes, confiesan su simpatía por estos jugadores e hinchas de Argentina que en la pantalla lloran a mares sus alegrías. Todos postean al Leo Messi recio haciéndole el Topo Gigio a Van Gaal. Adhiero a que da placer verle hocicar al técnico tulipán su catecismo de fútbol xenófobo.

Por poco le sale la jugada, pero no todo en la vida es llegar temprano al trabajo: el viejo coach ha sido un gran perseguidor de sudamericanos. Te quiero a tí pero no a tu juego, le dijo a Juan Roman Riquelme en el Barcelona hace muchísimo, cuando aquí desgobernaba Fernando de la Rúa. Vendetta sudaca cumplida.

¿Al Leo lo cambiaron París y sus 30 y tantos? ¿O no sufrir más, por primera vez en un Mundial, la sombra del Diego? Sigmund Bosque te la deja picando, no hay nada más lindo tras un triunfo que esta terapia casera entre mates y bizcochitos de grasa. Hubo fortuna y en los penaltis,  las manos y el dominio psi de los arqueros sobre el shoteador son las claves, además del azar. Por eso la verde amarelha se vuelve a casa, a pesar del ballet y el terrible gol de Neymar. Un alivio, desde La Quiaca hasta Usuhaia: si perdés en las semis que no te amasije el jogo bonito del Big Brother.

Quedan dos batallas en sólo una semana. Atención cardiólogos y políticos, los primeros no dan abasto y hacen su agosto con estos partidos que son infiernos para el alma. Los segundos siguen con su cosecha enero -diciembre. Qué lindo es cuando la gente está en otra cosa y deja de putearnos.

Seamos semifinalistas, que lo demás no importa nada, hubiera dicho José de San Martín, todavía impresionado como estará por los moros que echaron de Qatar a nuestra Madre Patria.

Argentina es el gran animador de la Copa, por lejos. A esta altura, sabés que si prendés la tele te devuelve emociones, zozobras y hasta ahora regocijos. Seas del país que seas y así quieras ver a la albiceleste en el podio o hundiéndose  en el infierno. 

No es la Francia, un coro que te asfixia y que tiene a Mbappé con más potencia que el mítico negro de whatsapp. Ni Inglaterra, que te machaca a puro ritmo y efectividad a prueba de Brexit y sin la finada reina que por ahí era mufa. Portugal juega bonito, es una máquina de golear y tiene encima el morbo del affaire Ronaldo. Marruecos es nuestra cenicienta, los débiles siempre dan ternura, incluso estos magrebíes cuyo players nacieron en su mayoría en el mundo rico, como hijos de emigrantes.

De nuevo, y siempre, aparece la guita (money, cash, in english). “Me llama la atención cuantos argentinos en Doha. ¿No es que están ustedes en la lona?”, me dice y pregunta Ron, desde Amsterdam. “No todos ni todas, donde hay pobres hay ricos, y viceversa”, le digo evocando la ley física de los dos bolsillos, antes de enfilar para la carnicería. Déme por favor dos tiras de asado, cuatro choris, dos morci y una provoleta. Nada más que eso, es sólo para bajar la ansiedad y que no se caiga el colesterol. Chimichurri tengo en casa, gracias.

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