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La vieja costumbre del casamiento de apuro

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El “casamiento de apuro” era una costumbre que afortunadamente casi ha caído en desuso. Pero ese arcaísmo social se parece mucho, en esencia, a las estrategias que en los últimos días pusieron en marcha los gobiernos de la Ciudad de Buenos Aires y el Nacional para frenar las  escándalos de corrupción de que se los acusa.
“La nena le vino con un regalito y la casaron en tres semanas”, sentenciaba en la cola del almacén la matrona poseedora de la información precisa. La legitimación del hecho consumado era una forma aceptada de “lavar la honra” de la novia e intentar frenar los comentarios maliciosos, aunque todos sabían que aparecerían, inevitables y puntuales. Implicaba, en definitiva, aceptar una culpa que quedaba alojada en la conciencia, al menos por un tiempo.
Se parece mucho a esto la decisión de Mauricio Macri de reclamar, hace ya una semana, su propio juicio político por su participación en una operación de escuchas telefónicas ilegales que le imputa la Justicia. Es como buscar un baño de castidad, aunque la novia parezca un poquito embarazada y luego a nadie la cierren las cuentas del tiempo de gestación.
Es una apuesta arriesgada, porque se sabe que las personas son débiles ante las tentaciones, pero Macri pone fichas a que podrá mantener unida a una minoría estratégica que le permita trabar cualquier investigación parlamentaria que derive en una destitución. Es decir, busca lo contrario de lo que proclama y hace lo mismo que le achaca al gobierno nacional. “Que me investiguen pero si yo manejo los hilos”, parece ser su lema.
En la misma línea, el gobierno nacional anunció esta semana, a través del jefe de la bancada oficialista en Diputados, Agustín Rossi,  que el ministro de Planificación Federal, Julio De Vido, y el canciller, Héctor Timerman, “desean concurrir al Congreso” para dar detalles de la relación comercial con Venezuela,  y aventar las sospechas de la existencia de una embajada paralela por donde se manejaban negocios y dinero en blanco y negro…(Sigue)

El “casamiento de apuro” era una costumbre que afortunadamente casi ha caído en desuso. Pero ese arcaísmo social se parece mucho, en esencia, a las estrategias que en los últimos días pusieron en marcha los gobiernos de la Ciudad de Buenos Aires y el Nacional para frenar las escándalos de corrupción que enfrentan.

“La nena le vino con un regalito y la casaron en tres semanas”, sentenciaba en la cola del almacén la matrona poseedora de la información precisa. La legitimación del hecho consumado era una forma aceptada de “lavar la honra” de la novia e intentar frenar los comentarios maliciosos, aunque todos sabían que aparecerían, inevitables y puntuales. Implicaba, en definitiva, aceptar una culpa que quedaba alojada en la conciencia, al menos por un tiempo.

Se parece mucho a esto la decisión de Mauricio Macri de reclamar, hace ya una semana, su propio juicio político por su participación en una operación de escuchas telefónicas ilegales que le imputa la Justicia. Es como buscar un baño de castidad, aunque la novia parezca un poquito embarazada y luego a nadie la cierren las cuentas del tiempo de gestación.

Es una apuesta arriesgada porque se sabe que las personas son débiles ante las tentaciones, pero Macri pone fichas a que podrá mantener unida a una minoría estratégica que le permita trabar cualquier investigación parlamentaria que derive en una destitución. Es decir, busca lo contrario de lo que proclama y hace lo mismo que le achaca al gobierno nacional. “Que me investiguen, pero si yo manejo los hilos”, parece ser su lema.

En la misma línea, la Administración K anunció esta semana, a través del jefe de la bancada oficialista en Diputados, Agustín Rossi, que el ministro de Planificación Federal, Julio De Vido, y el canciller, Héctor Timerman, “desean concurrir al Congreso” para dar detalles de la relación comercial con Venezuela y así aventar las sospechas de la existencia de una embajada paralela por donde se manejaban negocios y dinero en blanco y en negro.

Esa denuncia fue esbozada con escasa solidez por el ex embajador argentino en Venezuela Eduardo Sadous y potenciada con saña por el diario Clarín, que en el marco de su “guerra santa” con el Gobierno hace tiempo que dejó de lado su manual de estilo.

Naturalmente el tema fue tomado como bandera por la oposición que convocó a Sadous y al ex defensor del Pueblo de la Nación, el ahora duhaldista Eduardo Mondino, poseedor de una denuncia anónima de coima, a declarar ante la Comisión de Relaciones Exteriores, tras lo cual comenzó a trabajar en un pedido de interpelación a los funcionarios que ahora, dicen, se quieren presentar por propia voluntad.

Una de las promotoras de la interpelación, la diputada y líder del GEN Margarita Stolbizer, dijo que el oficialismo “quiere hacer ‘la gran Macri’: cuando los quieren investigar piden su autojuicio”.

En definitiva, ambos gobiernos, el nacional y el porteño, buscan que no se los juzgue, y que si no hay más remedio, sea ante un tribunal afín, o favorable al menos, si no puede ser propio. Buscan casarse de blanco y ante el altar, aunque puedan estar un poquito embarazados. Pero no sería la primera vez que nacen sietemesinos, y deben saber que, hagan lo que hagan, las matronas siempre van a hablar.

 

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