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¿Está bien el sistema peruano de “que pase el que sigue”? En Perú la Constitución habilita a que el Congreso, con 87 votos, “vaque” al presidente, es decir, deje vacante su cargo y elija a un sucesor. En Argentina ponen y sacan al actual presidente Alberto Fernández de las decisiones, pero no cambia nada.

Por Gabriel Conte

En Perú existe un verbo de aplicación exclusiva en su territorio: vacar. No debería serlo, pero la realidad le tuerce el brazo a la Real Academia de la lengua, con fuerza. Viene de “dejar vacante el cargo de Presidente de la República”. Es que la Constitución peruana posee una mixturación entre el presidencialismo y el parlamentarismo, de tal modo que con reunir 87 votos del pleno del cuerpo, “vacan” al presidente que sería un sinónimo de “bajar”. Y entonces, que pase quien sigue en la línea sucesoria.

Justo hoy empieza el conteo para la asunción del próximo presidente o presidenta de la Argentina. Falta mucho. O poco, según la ansiedad o el aguante. Si se lo piensa bien, a los que se alivian porque es la recta final de un mal gobierno, recién estrenaremos gestión en 2024.

Un día como hoy, pero el año que viene, Alberto Fernández -el delegado en el Sillón de Rivadavia que pusieron Cristina Kirchner y Sergio Massa– ya no será presidente. ¿Es mucho o poco tiempo? ¿Debe cumplir a rajatablas el período de cuatro años que establece la Constitución o se podría pensar en que es demasiado, ante la evidencia de que no supo, no pudo, no quiso, no lo dejaron gobernar?

El peronismo en 2001 “vacó” a Fernando de la Rúa con una manito de sectores del radicalismo que se la tenían jurada, por mil pequeñas razones. No recurrió a la Constitución e hizo juicio político: empujó a la calle y forzó el cambio. Se niegan a admitir aun hoy que fue un golpe de Estado, pero sí prefieren creer que un fallo judicial contra la Vicepresidenta sí lo es.

 La razón única del Partido Justicialista era, como siempre, pensar que el Estado y el ejercicio del poder es inherente a su existencia, y que De la Rúa era un usurpador. Por mucho menos de lo que se le critica a la ostentación del poder por parte del Frente de Todos, se lo empujó al precipicio.

En Perú eso que sucedió aquí en 2001 tiene un remedio institucional rápido y doloroso, pero menos traumático. Posiblemente, como lo han afirmado dirigentes de diversas fuerzas de aquel país, su utilización esté siendo abusada. Pero en lo práctico, resuelve el “problema”: si no se gobierna cuando se tiene la oportunidad de hacerlo, que no esté más en el gobierno. Y que pase quien siga en la lista.

Es bastante más complejo, en realidad y la estabilidad económica pasa por otro lado. En el diálogo que junto a Santiago Montiveros sostuvimos en el programa “Tormenta de Ideas” con el exministro de Economía de Pedro Castillo, Pedro Francke, explicó que tienen un Banco Central inependiente y fuerte, que no habilita la emisión monetaria, atrancado de buenas reservas en dólares y al que la política no le mete mano. Vale la pena repasar la realidad peruana en voz de Francke, en contraste con Argentina, antes de seguir hablando de los 364 días que nos quedan con este Gobierno:

– “El Perú tiene un par de fortalezas económicas en relación con Argentina y otros países de la región. Por un lado, tiene un défici fiscal y deuda pública muy bajo. Nosotros leemos de Argentina y siempre ve que están tratando de renegociar su deuda. En Perú ese ya no es un tema desde hace 25 años. Inclusive, un gobierno como el de Pedro Castillo tuvo financiamiento y emitió bonos en el mercado internacional por 4 mil millones de dólares pagando una tasa de interés de 2%. La deuda pública en Perú es muy baja y nuestro déficit ha sido bajo durante mucho tiempo”.

– “Nuestro Banco Central tiene muchas reservas internacionales. Para el Perú son 74 mil millones de dólares. Si el dólar se dispara, el Banco Central puede intervenir en el mercado con 5 mil, 10 mil, 20 mil millones de dólares y controlar el tipo de cambio. Nunca lo tiene fijo: lo deja jugando, pero el mercado sabe que si hay una cuestión abrupta, el Central lo puede regular, porque tiene una potencia grande para regular el tipo de cambio y ha tenido un comportamiento muy firme para controlar la inflación y tener una economía estable”.

– “Con todas las dificultades que pudo tener el gobierno de Pedro Castillo, se ha mantenido una autonomía y una figura del Banco Central que tiene un manejo conservador respecto de la deuda y el déficit, y esto es lo que genera bastante estabilidad a nivel macroeconómico. Incluso, el crecimiento económico fue del 13,6%, un crecimiento fuerte en la pospandemia, y se calcula un crecimiento para este año próximo de 3% o tal vez un poco menos, pero que en el comparativo de la región no está mal, ya que el mundo entero para por un momento de desaceleración. De alguna manera, puede haber mucho lío político, pero para los agentes económicos el ambiente económico se mantiene con estabilidad”.

Entonces, la “solución” no es solo que un mal presidente se vaya lo más pronto posible, sino que una organización institucional como el de la Argentina fallida, que facilita el descontrol y se banca el desmanejo político, cambie.

“Yo creo que encontró con una sorpresa que no supo cómo manejar. Siempre, la presidencia es algo que entusiasma demasiado, genera demasiada adrenalina y muy fácilmente a muchos políticos se le suben los humos a la cabeza, sobrevaloran sus capacidades”, la frase corresponde al exministro Francke y sobre Castillo. Pero se presta como interpretación para ejemplos argentinos.

Pasan las décadas -no solo los gobiernos- y todo sigue igual. Parece una condena: nadie tiene el poder o las ganas de cambiar lo sustancial, de modo de no repetir el círculo vicioso.

Pero hay algo más: es la sociedad la que avala o no la posibilidad de cambio, porque rigen plenamente las libertades para elegir y ser elegidos.

Entonces: mirar hacia los países de alrededor no implica solamente evitar caer en las autocracias de Cuba, Venezuela o Nicaragua, sino poder comparar sistemas y resultados. Tampoco sirve simplificar con que Boric en Chile o Lula en Brasil y Petro en Colombia son iguales a Díaz-Canel, Maduro o los Ortega – Murillo. Ni reírnos de Perú y su “italianización” del Poder Ejecutivo.

Los que se suman a esas oleadas quieren licuar sus responsabilidades en el amontonamiento, sin rendir cuentas del chasco, su fracaso en gobernar.

Por eso el cristinismo lleva al Justicialismo a ser parte de los partidos que comparten la filosofía del Partido Comunista Chino (antigay, antifeminista, antisindical, contrario a la Declaración Universal de los Derechos Humanos) y se mezclan con el Grupo de Puebla, que perdona los pecados cual Vaticano político latinoamericano.

Por eso se reniega de la meritocracia: no quieren, no pueden, no saben alcanzar el méritoEl objetivo final es manejarlo todo, no cambiar lo que está mal para que haya espacio de crecimiento y realización para todos, piense como se le ocurra pensar, creer o actuar, bases del país que con el que soñaron los que lo pusieron en la senda que marca la Constitución vigente.

Volviendo al caso del Perú, podemos percibir la impotencia de que aquí, ni fu ni fa, con una oposición que solo busca que le toque el turno, y hace poco por demostrarse capaz de replantearlo todo.

Aquí parece que ya “vacaron” al presidente, solo que no lo notificaron ni nadie se ha hecho cargo de construir una sucesión lógica y distinta, poderosa y de resultados efectivos.

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