Dios y política, de nuevo juntos

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Barack Obama buscó no caer en la polarización, como le ocurrió a otros presidentes que dividían aguas como George W. Bush y Bill Clinton, pero por los resultados se ve que lejos está de conseguirlo. La crisis con el reverendo que convoca a quemar el Corán muestra los límites precisos de su política en este tema. 

La convención en el Lincoln Memorial, el pasado sábado 28 de agosto, organizada por Glenn Beck y en conmemoración al 47º aniversario del discurso de Martin Luther King Jr “Yo tengo un sueño”, fue “vendida” como un asunto estrictamente religioso, sin rastro alguno de connotaciones políticas.

Manteniendo su mensaje espiritual, Beck omitió sus ataques habituales al presidente Barack Obama y a los demócratas, a quienes ha “acusado”, más de una vez, de socialistas, o algo peor, de socialistas disfrazados.

Pero en una entrevista grabada después del evento, y emitida al día siguiente en Fox News, Beck, un mormón, volvió al ataque, esta vez criticando las posiciones religiosas de Obama.

“Él es un tipo que entiende el mundo a través de la teología de la liberación, que es victimario y víctima”, asegurò Beck, tras lo cual agregó: “El pueblo no reconoce su versión del Cristianismo”.

El episodio es una evidencia más de que Obama, que hasta hace poco se creía iba a ser capaz de terminar con la polarización ideológica en los Estados Unidos, en cambio se ha envuelto en ella, al igual que sus dos predecesores, George W. Bush y Bill Clinton.

Los puntos de vista religiosos de Obama, reales o imaginarios, han venido siendo material de controversia desde hace ya bastante tiempo. Para citar el ejemplo más claro, la mayor crisis de su candidatura para presidente fue a partir de su relación cercana con el reverendo Jeremiah Wright, un adherente prominente de la teología de liberación, que algunas veces predica con un tono militante.

Las críticas llevaron a Obama a dar un discurso histórico en Filadelfia, que fue de inmediato bautizado como “el discurso de la carrera”, aunque en partes se parecía más a un sermón.

“Al final, entonces, lo que es necesario no es nada más y nada menos eso que todas las grandes religiones del mundo demandan, que hagamos a los demás lo que quisiéramos que ellos nos hicieran”, dijo Obama. “Seamos guardianes de nuestros hermanos, nos dicen las Escrituras. Seamos guardianes de nuestras hermanas. Encontremos eso en común que tenemos los unos con los otros, y que nuestra política refleje ese espíritu también.”

Pero esta postura ha confundido a gran parte del electorado. De acuerdo con los resultados de una encuesta que dio a conocer a mediados de agosto Pew Research Center, sólo un tercio de los entrevistados eran concientes de que Obama es un cristiano practicante, un porcentaje considerablemente menor que en 2009, cuando era mucho menos conocido. Y hoy, un porcentaje mayor que durante las elecciones presidenciales cree que el presidente de EE.UU. es musulmán.

Pero, ¿cuál es exactamente su tipo de cristianismo? Si no es difícil de reconocer, tampoco es fácil de definir, a juzgar por lo menos por los distintos debates sobre el tema.

Está, por ejemplo, el discurso titulado “Llamado a la Renovación”, que dio en Washington en 2006, en el cual instaba a los creyentes, cualquiera fuera su Fe, a cuestionarse la moralidad de “mil millones de dólares sacados de programas sociales para ir a un par de tipos que no lo necesitan y ni siquiera estaban pidiendo por él”.

Ahora bién, esto no es Teología de la Liberación, con la afirmación de que Dios favorece a los oprimidos, sino que se hace eco del Gospel Social, movimiento que un siglo atrás le pedía al Cristianismo que “agregue fuerza moral a las fuerzas sociales y económicas para lograr una organización de la sociedad más noble”, con iglesias activamente buscando reducir “la carga de la pobreza”, en palabras del líder del movimiento, Walter Rauschenbusch.

Pero aún así Obama es también un admirador de Reinhold Niebuhr, el teólogo que rechazó lo que él consideró el moralismo “naive” del Gospel Social. De Niebuhr, según Obama ha dicho, tomó el mensaje de que “hay una maldad muy grande en el mundo, penuria y dolor, y nosotros deberíamos ser modestos y humildes en nuestras creencias para poder eliminar esas cosas”.

La tensión entre estas dos ideas religiosas –una ligada al progresismo, la otra conciente de los límites del activismo global– refleja la tensión cada vez más grande en el liberalismo de Obama, ella misma dividida entre un entusiasmo por iniciativas políticas audaces y un entendimiento pragmático de que algunas cosas no pueden ser arregladas o cambiadas a través de la política.

No hay nada inusual en este balance. Es el mismo que muchos presidentes, republicanos o demócratas por igual, han tratado de mantener, ya sea reformadores de izquierda como Franklin D. Roosevelt o de derecha como Ronald Reagan.

Ellos, también, fueron figuras polarizantes. Pero todos sortearon a la oposición haciendo llamados amplios al público, exactamente aquello que Obama recientemente ha sido incapaz de hacer.

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