“Corrupistán”, un país devastado por la guerra y sin líderes

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Para The New York Times, Afganistán es un agujero de corrupción. Tiempos difíciles para el Gobierno sostenido por Washington.

El gobierno del presidente afgano Hamid Karzai puede estar inundado de corrupción, actos ilícitos y sobornos, pero si se camina por los pasillos de los ministerios es muy fácil encontrar un hombre honesto, asegura en su crónica un enviado de The New York Times.

“Uno de ellos es Fazel Ahmad Faqiryar, quien el mes pasado tomó un camino políticamente peligroso al tratar de enjuiciar a miembros de alto rango del gobierno de Karzai. Hace dos semanas, Faqiryar fue despedido de su puesto como abogado general debido a la orden, al parecer, del propio Karzai”, apunta el artículo.

“La ley en este país es sólo para el pobre,” dirá luego Faqiryar al corresponsal de NYT, para quien la expulsión de este funcinario ilustró no sólo la impunidad que atraviesa al gobierno del presidente Karzai y al resto del Estado afgano. También se convirtió en una pregunta fundamental para los líderes americanos y europeos que han financiado al pro-occidental gobierno afgano desde que asumió en 2001. ¿Es más peligrosa la corrupción en el gobierno que el Talibán?

Desde entonces, una de las incuestionables premisas de las políticas americanas y de la OTAN ha sido que los afganos no ven la corrupción pública en el sentido “occidental”.

La CIA ha llevado aún más lejos ese argumento poniendo en su nómina a alguno de los integrantes más discutibles del gobierno de Karzai. La explicación: “No es posible encontrar a la Madre Teresa en Afganistán”, contestan.

“Lo que es aceptable para los afganos difiere de lo que es aceptable para usted, para mí o para nuestra gente”, dice un funcionario estadounidense bajo la  condición de mantenerse en el anonimato. “Ellos tienen sus propias expectativas y son ligeramente diferentes de las que nosotros les tratamos de imponer”, añadió.

La premisa del funcionario -que los afganos son más tolerantes a la corrupción que la gente en Occidente- parece haberse cumplido. Afganistán es ahora mundialmente reconocida como uno de los Estados más débiles y peligrosos: de 180 países, Transparency International lo posiciona, en términos de corrupción, en el lugar 179, apenas mejor que Somalía.

Pero, la lógica de esta fuente -que los afganos están a favor de tolerar cierto nivel de sobornos y robo- ha resultado completamente errónea. Ahora parece claro que la corrupción pública es rotundamente despreciada por el afgano promedio y que constituye el único gran factor que los lleva a las armas y a adherir al Talibán.

Los cleptócratas son pocos en términos numéricos y la mayoría de los afganos saben quiénes son y que el país estaría mejor si se les diese un fin violento, algo que se escucha mucho en Afganistán. Ahora bién, ¿por qué no deshacerse de ellos y ya?

Hajji Mahmud, un líder tribal de un pueblo al este de Kandahar, es un ejemplo entre los afganos. A principios de este año, Mahmud le compró unas tierras a una inmobiliaria local e invirtió varios miles de dólares para construir algunos locales.

Pocos meses después, funcionarios del Gobierno se hicieron presentes en el lugar y arrasaron con los negocios de Mahmud y reclamaron las tierras. Resultó que el agente al que le había pagado, se había guardado la plata y no había registrado la compra.

Contando la historia, Mahmud sacude su cabeza. “No mucha gente apoya a los talibanes, porque ellos no tienen realmente un programa”, asegura. “Pero créanme, si lo tuvieran, mucha gente lo haría.”

No es que los americanos y sus socios de la OTAN no sepan cuáles son los afganos corruptos. Los funcionarios estadounidenses y los equipos anticorrupción tienen esquemas intrincados que designan a los sindicatos criminales que vinculan a los negocios sucios con la élite política. Inclusive tienen nombre esos esquemas: “Redes de Actores Malignos” (“Malign Actor Networks”, o abreviado “MAN”).

Mirando algunos de estos diagramas -con sus líneas conectando a políticos con traficantes de drogas e insurgentes- es fácil concluir que este país no estáen manos ni del gobierno, ni de la OTAN, ni de los talibanes, sino por el MAN.

La dificultad, según alegan los comandantes de las Fuerzas Armadas de EE.UU., es que sacando a los políticos afganos más importantes se podría abrir un vacío de poder. Y eso podría crear una mayor inestabilidad, de la cual los talibanes podrían sacar ventaja.

Los funcionarios de Washington tienen todo el derecho de preocuparse por la estabilidad, pero el problema con este argumento es que, cada vez más, hay menos y menos estabilidad que resguardar. Y, si afganos como Mahmud y Hakimi son creíbles, es la corrupción misma la raíz principal de la inestabilidad.

En cuanto a Faqiryar, se ha convertido, a sus 72 años, en un ícono nacional. Un editorial reciente en el periódico Kabul Weekly instó a Faqiryar a seguir con su lucha contra el “Estado gángster” en el que este país se ha convertido. El editorial tomó un tono más conmovedor que enojado, como si el tiempo se estuviera acabando.

“Somos una nación,” dice el artículo de fondo, “con una necesidad desesperada de más héroes” como Faqiryar.

http://www.nytimes.com/2010/09/05/weekinreview/05filkins.html?pagewanted=1&hpw

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