¿Quién ha dicho que Vladímir Putin está aislado?

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El autor reseña las relaciones públicas y no tanto del Kremlin con países que se distanciaron de las masivas sanciones de EEUU y la UE. Las razones, más allá del petróleo.

Los europeos han pasado de la incredulidad a la indignación tras el zarpazo ruso en Ucrania. Sin embargo, este no es repudiado con la misma intensidad en otros continentes, donde observan la guerra desde la barrera, a la espera del certificado de defunción del orden unipolar de los últimos treinta años.

Aunque cuatro de cada cinco miembros de la Asamblea General de la ONU votaron a favor de una resolución de condena a Rusia, estos representaban menos de la mitad de la población mundial por la abstención de gigantes como India y China. Incluso entre los países que votaron a favor, el camino de sanciones marcado por Washington y Bruselas ha cosechado pocas adhesiones más allá del club euroatlántico.

EEUU ha pedido a países como India que dejen de comprar petróleo ruso. Pero la pública Indian Oil Corporation acaba de hacer justamente eso, para frenar la inflación. Tres millones de barriles con un descuento estimado del 25%. La condición aceptada por Moscú es que el pago no se efectúe hasta que el cargamento bordee la costa.

La prensa india también denunció que Estados Unidos exige a los demás sacrificios que ellos no hacen puesto que siguen importando uranio ruso para sus centrales. India no ha olvidado que, bajo presión de Donald Trump, cortó sus importaciones de crudo iraní en menoscabo de sus intereses y dejando un hueco que China llenó de inmediato. Mientras que ahora, EEUU no ha perdido ni un minuto en intentar reparar sus relaciones con Teherán o Caracas, para aumentar el flujo de petróleo.

A ello hay que añadir que India debe proteger su arsenal –aún hoy compra un 60% de su armamento a Rusia– y blinda las nuevas adquisiciones con fórmulas de pago en rupias y rublos. Narendra Modi, por lo demás, fue en diciembre el primer dirigente extranjero visitado por Vladímir Putin tras dos años de pandemia.

El camino inverso, al Kremlin, fue recorrido el mes pasado por el presidente argentino Alberto Fernández, que animó a Putin a utilizar su país “como puerta en América Latina”. Dos semanas más tarde, era el brasileño Jair Bolsonaro quien estrechaba la mano de Putin. Ni uno ni otro piensan tomar medidas contra Rusia.

Pero una visita al Kremlin en fechas tan intempestivas podría resultar venenosa. El primero en caer fulminado podría ser Imran Jan, recibido a las pocas horas de la invasión. El primer ministro pakistaní se enfrenta este viernes a una moción de censura, que estuvo precedida por una carta de veinte embajadores instándole a condenar la invasión rusa.

No hay que olvidar que India y Pakistán coinciden con Rusia y China en la Organización de Cooperación de Shanghai. Brasil, India, China y Sudáfrica forman los Brics, junto a Rusia, y todos ellos se han desmarcado del acorralamiento a Moscú, absteniéndose en una votación de condena en la Unesco. La diplomacia brasileña trabaja –junto a Indonesia– en evitar lo que extraoficialmente considera una tentativa de secuestro de la agenda del G-20, así como de la OIT, la FAO y otros organismos de la ONU.

Mientras, en África, Rusia reconstruye y amplía sus relaciones de la época soviética hasta el punto de que la televisión que acaba de ser vetada en Mali no es RT sino France24.

En cualquier caso, el gran aliado en las sombras es China. Putin acudió a la inauguración de los Juegos de Pekín y esperó a que terminaran para lanzarse al ataque. El baño de realidad salpica a Taiwán, iluminando los límites de una intervención estadounidense contra un rival nuclear. Desde Estados Unidos se busca la mediación de Pekín, pero Xi Jinping ya ha dicho que deberá quitarle el cascabel al tigre quien se lo haya puesto.

Volviendo a América Latina, el presidente Andrés Manuel López Obrador ha reiterado que piensa seguir relacionándose con los dos beligerantes, “porque México es pacifista” y “a diferencia de otros, no mandamos armas a nadie”.

En el Mediterráneo Oriental, Turquía e Israel critican la invasión y llaman a respetar la integridad de Ucrania, pero cuidándose de tomar ninguna medida contra Rusia. Dicen querer estar en condiciones de mediar.

Turquía, en cualquier caso, vendió antes de las hostilidades drones que han resultado de gran utilidad a Ucrania, como antes a Azerbaiyán. Por otro lado, su lectura estricta de la Convención de Montreux ha cerrado el acceso al mar Negro a cualquier buque de guerra –incluidos los de la OTAN– desescalando la situación y evitando salpicaduras. El equilibrismo de Erdogan ha conseguido elogios de ambos bandos y, en la práctica, le ha sacado del ostracismo dentro de la OTAN. De rebote, un Erdogan en horas bajas ve aumentadas sus posibilidades de reelección, dentro de un año, por la tendencia turca a confiar en un líder fuerte en tiempos revueltos.

Estos días se han sucedido en Turquía los primeros ministros de Grecia, Alemania y Polonia, como se han sucedido las llamadas entre Erdogan, Putin y Biden. Turquía, acosada por la inflación, está obligada a manejar con sumo cuidado la presente crisis.

Rusos y ucranianos son sus primeros proveedores de trigo y aceite para cocinar, además de dos de los mejores clientes de su sector turístico. Asimismo, Rusia está construyendo la primera central nuclear de Turquía, país que también depende del gas ruso.

Erdogan, además, no puede dar un paso en falso que empuje a Rusia a la ofensiva en la provincia siria de Idlib. Dos millones más de refugiados sirios podrían ser letales en las elecciones del 2023.

Así que ni Turquía ni Israel se apuntan a las sanciones ni a la censura, mientras que su espacio aéreo sigue abierto a los aviones rusos, como lo está su mercado inmobiliario, en Antalya o Tel Aviv.

Egipto también nada y guarda la ropa. Tras sobreponerse a su primavera árabe –o Maidán particular– la renovada tutela militar reactivó las compras de material bélico ruso. Sin olvidar la dependencia egipcia y de toda África del trigo ruso –y de Ucrania– y la trinchera común en la guerra de Libia.

Estos días, cuando Joe Biden llama a los príncipes herederos de Arabia Saudí o Abu Dabi, no se ponen al teléfono y tampoco quieren recibir a su secretario de Estado, Antony Blinken. Mohamed bin Zayed, además, recibió el viernes en Emiratos al presidente sirio Bashar el Asad, protegido de Rusia que llevaba once años sin pisar un país árabe. Una rehabilitación que es un agravio para Washington pero mucho más manejable que lo que sucedería en caso de que Riad llevara adelante su idea bajo estudio de vender petróleo en yuanes y no solo en dólares. Finalmente, el ministro de Exteriores emiratí se reúne este mismo lunes en Moscú con su par ruso.

No es que el Movimiento de Países No Alineados haya salido de su letargo, para lo cual debería dotarse de una causa más noble. Pero la imagen de una Rusia acorralada y sin aliados tampoco se corresponde a la realidad en tres de los cinco continentes.

* Corresponsal de El País en Estambul

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