Breve crónica de la impostura: el “trotskismo” de Cristina y la “guerra” contra la inflación

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En el peronismo siempre hay retorno, se puede volver de casi todo. Eso piensan muchos dentro del partido del poder en Argentina, y aunque ha sido así hasta ahora la pregunta que deberá responder el tiempo que se avecina es si la regla volverá a cumplirse o si estamos asistiendo a lo que los cientistas políticos, los sociólogos, llaman un momento de clivaje.

El acuerdo con el Fondo Monetario Internacional fue percibido por la vicepresidenta Cristina Kirchner como la piedra de toque de su despedida de la alianza con Alberto Fernández y Sergio Massa que la devolvió al poder, condición que para ella era necesaria pero, está visto, no fue suficiente para resolver los problemas judiciales que la atenazan porque comprometió a su hija Florencia. “Una bala que entre y después pueden entrarle todas”, afirman quienes conocen los trámites judiciales que a involucran, más allá de algunos triunfos parciales conseguidos al calor del regreso del kirchnerismo al poder.

Todas las acciones de la presidenta del Senado deben verse a la luz de este estado de necesidad: su extrema debilidad la llevó, en 2019, a tragarse dos sapos en uno con el acuerdo que ideó con Alberto Fernández y Sergio Massa. Entonces volvieron los tres de las peores diatribas, después de acusarse de las más terribles felonías. Y aquí están. Una envuelta en una bandera roja, casi en la clandestinidad. Y el otro tratando de doblegar una inflación galopante con disparos espasmódicos y erráticos.

Nada en ella es ideológico, todo es práctico. Lo mismo ocurre con su descendiente: puro cálculo de aparatista de organismos estatales, que renunció a los honores pero no a la lucha. Alguien debería avisarle a Andrés “Cuervo” Larroque: Hay dos posibilidades y ambas no son buenas: lo sabe, y es un cínico; no lo sabe, y es un tonto. La militancia solo puede ser acusada de ingenua, en su mayoría, aunque La Cámpora hace tiempo que es más una agencia de empleos que una agrupación política. 

Ofensiva. A mediados del año pasado, el ministro de Economía, Martín Guzmán, tenía un borrador de acuerdo que, en lo básico, se parecía al que finalmente terminará firmándose: a diez años de plazo con tres de gracia y con un sendero fiscal restrictivo. El FMI no iba a moverse de esos parámetros y aceptó escribir una autocrítica muy leve, casi un autoelogio, más por necesidades internas de la gestión de Kristalina Georgieva que por otra cosa. “Tenía que diferenciarse de (Christine) Lagarde y (David) Lipton, que cerraron el préstamo a (Mauricio) Macri bajo presión de (Donald) Trump por razones geopolíticas: a la Argentina liberal le tenía que ir bien, no podía irle mal. Pero ya sabemos que la victoria tiene cien padres y la derrota es huérfana”, resumió un fino analista del sistema financiero internacional con oficina en Nueva York.

Jamás estuvo en la cabeza de CFK “bancar” un pacto con el FMI, brazo ejecutor de las políticas económicas impulsadas por Washington, a quien acusa del “lawfare” contra ella y los demás líderes latinoamericanos “progresistas”. Lo elige a AF porque sabe que tendría que tomar medidas que ella no podía permitirse o que no podía pedirle a un legítimo “delfín”. Una vez consumado, se dio vuelta y le quitó el cuerpo, no traicionando para el afuera sus ideales. En términos de metáforas, sabía que había que llevar adelante guerras pero llegó adonde llegó militando por la paz.

Los argumentos formales del “cristinismo” contra el préstamo a Macri, que son correctos, no logran esconder el hecho de que decidió, como decíamos, a mitad del año pasado, “quitarle la alfombra” a Alberto F., contra quien comenzó a trabajar en medio de la pandemia de coronavirus pero cuando tuvo en claro que su ministra de Justicia y exsocia, Marcela Losardo, seguía instrucciones contrarias al acuerdo que la uno y el dos del pacto electoral habían sellado.

Era natural que hubiera desconfianza entre ellos, habida cuenta del matrimonio de conveniencia que habían consumado. Hoy esa pareja se rompió de manera irremediable: viven juntos, duermen en habitaciones distintas, no tienen sexo y no se comunican sino a través de terceros o por carta. Ella ni le atiende el teléfono. Se puede seguir con la figura advirtiendo que no hubo terceros en discordia y que estaba condenada de antemano, pero la concreto es que no pueden divorciarse. No pueden ir a un abogado para acordar los términos de una separación civilizada e iniciar la división de bienes.

Cristina tiene campos en la provincia de Buenos Aires. Valiosas propiedades que aún cotizan muy bien. Y se quedó con varias cajas importantes que administra su hijo, Máximo. Alberto apenas dispone de algún departamento en la Capital, pero maneja la chequera de la sociedad anónima, lo que no es poco. Sergio aprendió a sufrir en un cuarto de servicio mientras espera su oportunidad de traicionar a alguien, lo que hace tiempo en el peronismo no es monopolio suyo.

A esta altura cabe preguntarse cómo es posible que esta sociedad no vaya a la quiebra, lo que mucho tiene que ver con que la competencia en el mercado no está mucho mejor. Podría aplicarse el símil de la pareja a Mauricio Macri y Horacio Rodríguez Larreta, pero esto será materia de otro análisis específico de la revuelta interna de Juntos por el Cambio, que incluye a otros personajes cercanos como los radicales Gerardo Morales, Martín Lousteau y Alfredo Cornejo.       

Por otra parte, para conocer el final de este culebrón, si Dios quiere, hay que esperar un poco, unos 18 meses, por lo que la sociedad fallida de CFK y AF sigue en el aire como una moneda.

Volviendo al quiebre entre los principales accionistas, decíamos que no se pueden separar. Es unidos o derrotados, parafraseando a la meneada frase de moda en los setenta. Esta certeza comenzó a tomar forma, como señalaron desde entonces varios analistas, cuando el Presidente salió de la derrota en las elecciones legislativas del año pasado advirtiendo que peronismo debe ir a unas PASO en 2023 sin exclusiones. “Basta al dedazo” de Cristina, fue la inmediata traducción,  ese que lo instaló en el primer lugar de la fórmula a él. De ahí en adelante, con sus notorias limitaciones como bandera, el primer mandatario comenzó a tratar de urdir un conglomerado de dirigentes peronistas, tanto políticos como sindicales y sociales, que le inyectaran algo de vitaminas a su nunca parido instrumento político. ¿El objetivo? De ningún modo “jubilar” a Cristina sino reducir su poder de fuego, la “cantidad de acciones” que posee aún en la sociedad, partiendo de la percepción de que aún menguado su caudal electoral en territorio bonaerense es clave para ganar el año próximo.

El minué con el FMI de fondo se reduce a esto. Y como la presidenta del Senado lo tuvo más claro –y antes- que nadie, se entiende que buscara derrumbar la única baza que el profesor de Derecho que instaló en Balcarce 50 podía tener de desplazarla definitivamente: el acuerdo con el Fondo. No porque fuera maravilloso –como la juventud de los setenta- sino porque un “default” los habría arrastrado a todos.

Por eso CFK nunca aceptó expresarse a favor de la cesación de pagos, hubiera sido un disparo en el pié y para eso está AF. Ella lo que nunca quiso es que su nominado tuviera éxito, siempre buscó incluso reducir hasta apagar su rol en la coalición, lo que en buena medida ha conseguido a fuerza de cartas abiertas y silencios prolongados, quitándole el cuerpo a los papelones y marcando la cancha. Limándolo una y otra vez, como si fuera la líder de la oposición.

* Director de Gaceta Mercantil

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