El día que el Imperio alemán se quedó con la Patagonia

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Un pequeño periódico de la zona de Baja Sajonia, un profesor germano en la Universidad de Córdoba y la competencia entre potencias por repartirse el mundo, un cóctel demasiado prometedor para dejarlo pasar.

La Patagonia ha sido zona de interés económico pero sobre todo geopolítico desde hace mucho, con Chile y Argentina reclamándose su propiedad desde finales del siglo XIX, pero también cumple con el requisito de la lejanía del centro del mundo, que promovió múltiples fantasías en el imaginario de los extranjeros. Hay que ver los medios de esa centuria y de principios del siglo pasado para ver las excentricidades que se publicaban, con reyes imaginarios y animales mitológicos desparramados por un territorio inhóspito y enorme, que podía volver locos a quienes se internaran en él.

Mónica G. Hoss de le Comte escribió un opúsculo de reciente publicación (Maizal Ediciones, 2021) que se titula “La anexión de la Patagonia al Imperio alemán – 1886” que muestra que las “fake news” no son algo nuevo, aunque en realidad pueden datarse con la aparición del primer diario en el siglo XVII.

Cuenta la autora de “La anexión…” que, a finales del siglo XIX, las potencias europeas se dedicaron a ocupar territorios en todo el mundo y a anexarlos como colonias: lo hicieron Inglaterra –el gran imperio- pero también Francia, Portugal, los Países Bajos, Bélgica y Alemania, cuyo emperador entonces era Guillermo.

“El profesor doctor Ludwig Brackebusch, nacido en el pueblito de Northeim, en el hoy estado federado de Baja Salonia y recibido en la célebre Universidad de Götingen se desempeñaba como profesor de Mineralogía y Geología en la no menos célebre Universidad de Córdoba”, comienza el relato Hoss, que aclara que se lo consideraba un académico serio, estudioso, trabajador, viajero incansable, autor de un mapa geológico del interior argentino que aún hoy es una obra esencial de consulta. Y dado su aspecto de científico honorable, nadie sospechó que se vería envuelto en un escándalo de proporciones, con derivaciones nacionales e internacionales de todo tipo.

Como suele ocurrir con los rumores y las noticias falsas, el puntapié inicial de este desaguisado apareció en un diario pequeño de Baja Sajonia, que citaba “fuentes confiables”, como marca el manual, de las cuales “se había tomado conocimiento que Brackebusch “había anexado Patagonien (en Sudamérica) al Imperio alemán”, apunta la autora, que advierte que nada se decía de qué manera se había procedido, “pero se indicaba que la anexión estaba a los 48° de latitud sur y al oeste de los 54° de longitud oeste”.

La nota además aseguraba que se estaba construyendo una estación meteorológica en el Cabo de Hornos y que la zona anexada tenía varios aspectos rentables, por ejemplo, que se había comenzado a cultivar tabaco con un futuro prometedor (primer alerta de “fake”: las coordenadas estaban muy lejos de las áreas en que se desarrollaba esa planta). La región, añadía la noticia con aires científicos pero en potencial, “estaría densamente cubierta por un árbol conocido popularmente como ‘pera de vinagre’ (pyrus communis var) que, si bien era poco probable que el fruto encontrara un amplio mercado, la madera sería muy codiciada ya que era muy parecida a la caoba”.

La mesa estaba servida y serían muchos y variados comensales que se sentaría a consumir una historia tan atrapante como disparatada. Que así han funcionado siempre los rumores: “que nunca la verdad te arruine una buena nota”, dicen que dijo un representante vernáculo del periodismo fantástico con nombre de juguete.

Los periódicos más importantes que recogieron la noticia entre el 20 y el 28 de agosto de 1886 admitieron que un hecho tan trascendental como la incorporación de una colonia al Imperio alemán se había originado en un medio provincial, lo que se debía en apariencia a que el profesor Brackebusch se lo había contado a un colega suyo, aunque con el expreso pedido de que guardara el secreto hasta que lo anunciara el gobierno alemán.

“Pero la noticia se había colado” y “se reimprimió en diarios cada vez más importantes” con el paso de las semanas. Primero apareció en el Times de Londres, pero luego se publicó en el New York Times, en La Vanguardia de Barcelona y hasta en periódicos australianos. Uno de ellos señalaba lo que sigue, con la indisimulable impronta del Foreign Office: “El espíritu de anexión parece que se ha fortalecido en la nación alemana. Con atrevimiento, se han propuesto conseguir nuevos territorios mostrando poca civilidad en el intento. Parece ser una nueva salida para nuestros amigos teutones que persiguen esta reciente tarea desdeñando toda discreción”. Parece que el problema era la naciente competencia y la cuestión de las formas, esas que los británicos mucho no tenían en cuenta en su todavía vasto territorio imperial.

Ahora bien, ¿qué había pasado con el presunto autor de la anexión? Después de publicarse en medios tan destacados, el gobierno argentino tomó conocimiento y, de inmediato, le envió un telegrama a Brackebusch reclamándole que bajara a Buenos Aires desde Córdoba, donde ajeno a lo que ya era un conflicto internacional en ciernes seguía dando clases de Mineralogía a los alumnos de La Docta. El geólogo se presentó de inmediato antes las autoridades en la Capital y buscó demostrar que no se había movido de la provincia mediterránea. Y que no sabía nada de la presunta anexión. Pero la flecha ya había sido lanzada y haría falta mucho esfuerzo para detenerla.

Pronto se sabría que un grupo de graduados de Götingen, colegas de Brackebusch, después de una noche de copas, había hecho publicar la impactante noticia en el diario local.

Completa Hoss que un año más tarde, mostrando que el humor también es un activo germano, el profesor “se presentó frente a sus malévolos condiscípulos con una tarjeta especialmente impresa que decía: ‘Prof. Dr. Ludwig Brackebusch, Protector de la Patagonia”.

Nadie en las principales capitales del mundo se había tomado en trabajo de verificar dónde caían los grados de latitud y longitud. Si lo hubieran hecho, habría notado que las señaladas por la noticia original marcaba un punto del Océano Atlántico con cientos de metros de profundidad…

Un capítulo más en la nutrida historia de las “fake news”, que no se iniciaron con Facebook, Twitter o las otras redes sociales, que con el avance de la velocidad de internet hoy invaden la cotidianeidad de todos y todas.

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