Ernesto Vespignani y la arquitectura sagrada

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En esta reseña, el autor destaca la obra recién editada de Juan Lázara sobre la vida y la obra del sacerdote salesiano y eximio constructor de iglesias y colegios.

El 4 de febrero de 1925 fallecía en Almagro el sacerdote salesiano Ernesto Vespignani, eminente proyectista de templos y colegios de la Sociedad de Don Bosco en la Argentina y en otros países.

Su muerte fue muy lamentada por sus contemporáneos, que llegaron a valorar su desempeño y su aporte a la arquitectura religiosa en nuestra república, especialmente a través de la configuración de numerosos núcleos urbanos donde la “manzana salesiana” (suma de iglesia y colegio) fue y sigue siendo una presencia ineludible.

Sin duda, Vespignani fue el creador de una marca de identidad salesiana, tanto en el caso de aquellas manzanas como en la reiteración del morfismo de la torre-campanario central, según las comprobaciones del profesor Juan Lázara, autor del libro “Ernesto Vespignani y la arquitectura sagrada” que acaba de ver la luz por ediciones Don Bosco de Buenos Aires.

En esta obra de Lázara, aun sin despojarse de las notas científicas propias de una monografía erudita, subyace un auténtico manifiesto cuya postulación, en prieta síntesis, puede leerse en la página 35: “En una época que la humanidad padece un bombardeo vertiginoso de imágenes y ruidos, se manifiesta, cada vez más, la necesidad de espacios sagrados para la meditación, realizados con arte y decoro, como los que creía Vespignani hace un siglo”.

La “necesidad de espacios sagrados”, he allí el núcleo doble, tanto de la labor del proyectista salesiano como de las constantes discursivas del autor, expresadas desde la cátedra, desde los canales digitales o desde sus rigurosas investigaciones de base documental.

Pero no se trata de cualquier clase de arquitectura sagrada, como aquella que, desde el Concilio Vaticano II, suele confundir modernidad con fealdad, austeridad con indigencia de recursos expresivos, y pastoral con vulgaridad. Lázara y otros tantos intérpretes de la estética religiosa (entre los cuales debo incluirme) podrían asumir como lema propio y síntesis programática aquel afortunado título de una obra de Mario Ceradini: Arte Aristocrática en Società Democrática…

La figura paradigmática de Vespignani provee una respuesta histórica a esa demanda vernácula de arquitectura sagrada (bella y a la vez funcional) en un contexto de época de superación progresiva de las tensiones entre la dirigencia política y la Iglesia Católica, y de transiciones intraeclesiales asociadas al ajuste al nuevo modelo de absorción cultural e integración social provocado por la escala aluvial de la inmigración.

La obra edificada de los salesianos se inscribe en la dinámica de estos procesos. Vespignani llegó a la Argentina en 1901 en el preciso kairós de un país lanzado a la conquista utópica de un progreso infinito, para cuya materialización convocaba a los hombres y mujeres de buena voluntad que Europa estuviera dispuesta a embarcar.

Italia (la patria de Don Bosco, de la Congregación Salesiana, de tantos misioneros que vinieron a nuestro suelo y de Vespignani) fue uno de aquellos lugares proveedores de migrantes que influyeron en la configuración identitaria de la Argentina moderna, plural y cosmopolita, dejando atrás la rigidez monolítica de los siglos anteriores.

Los colegios salesianos cumplieron un rol eminente en aquel proceso de integración de las poblaciones urbanas, especialmente en la linea de la enseñanza de las artes y los oficios, aparte de la labor pastoral patagónica. Aunque, como señala el profesor Lázara, no todo fue color de rosas para aquellos misioneros: si bien los conflictos ideológicos con el Estado habían llegado a un punto de concordia, una nueva amenaza asomaba en el escenario, encarnada en las logias y los grupos activistas de carbonarios italianos, anarquistas de todo origen y masones locales. Además, el avance de la propaganda metodista de la mano de William Morris, también se presentaba como un foco de tensión en el campo educativo, especialmente en los arrabales de la Capital.

Todas estas circunstancias motivaron rápidas respuestas pedagógicas y evangelizadoras de parte de los hijos de Don Bosco, “apalancadas” en la apropiación de la escala territorial a través de la compra de enormes parcelas (manzanas enteras en su caso) y la edificación de vistosos complejos de arquitectura educativa-recreativa “plus” cultural.

La Congregación llegó a adquirir una notable versatilidad en el despliegue de esta agenda inmobiliaria. Y Vespignani fue un recurso clave al organizar una eficiente oficina técnica productora de proyectos de apreciable calidad constructiva, inteligencia funcional y belleza estética al servicio de la Fe. Como dijimos antes, la “manzana salesiana” que tan bien ha identificado Lázara se convirtió en marca de identidad. Y el volumen de edificaciones que resultó de esta operación proyectual es abrumador.

El autor ha estudiado con minucioso detalle la vida y las obras de Vespignani, desde sus orígenes familiares en aquella región de la Italia septentrional, salpicada de iglesias rojizas a causa del hierro que abunda en el polvo de los ladrillos. Ese paisaje edificado, tectónico pero a la vez onírico, fue la primera influencia estética en el joven aspirante a artista. El arte habrá sido, acaso, su primera vocación, Pero el relato de Lázara provee un cuadro de la situación de enfrentamientos en materia religiosa, en aquella región natal, que a su turno habrán influido en la segunda vocación: la vida sacerdotal. Había crecido rodeado de un ambiente paterno-materno de acendrada religiosidad. No en vano sus progenitores dieron a la Iglesia tres hijos presbíteros.

La dualidad de inclinaciones, donde lo pastoral se solidarizaba con lo artístico, tuvo sus primerizos desarrollos en Italia, en el seno congregacional, pero iba a hallar la plenitud de su horizonte creativo en la Argentina ante la convocatoria de su hermano José, quien ejercía la máxima autoridad de la congregación en nuestro país. La idea de levantar un templo monumental en Almagro fue el motivo de la invitación, en el punto preciso en que Ernesto concluía la iglesia de Valsalice, en Turín, junto al sepulcro de Don Bosco. Finalmente, los tres hermanos, sacerdotes salesianos, encontraron su destino en las tierras del Plata, como actualizando aquel anhelo de los navegantes romanos que Cicerón puso en boca del viejo Catón en “De senectute: ad portus, ex longa navegationem…” (llegar a puerto, tras larga travesía…).

Todos estos avatares los ha documentado el autor, quien recalca el error reiterado de atribuirle a Vespignani el título de graduado en arquitectura que nunca lo obtuvo para desempeñar su oficio, ni lo necesitó para demostrar que era un eximio proyectista.

Otro aspecto muy bien anotado por Lázara es “su fascinación por las estructuras industriales” y la apertura de Vespignani a utilizar nuevas tecnologías constructivas derivadas del empleo del cemento armado en edificios eclesiásticos. Aunque no fue el primero en este campo (recordemos que el ingeniero Domingo Selva ya lo había ensayado en el domo de la iglesia de Lomas de Zamora, entre 1898 y 1902), fue uno de sus pioneros y más intensivos promotores.

Prolijamente, ha sido establecida por el autor esa especie de prosapia artística de Vespignani al recapitular a los maestros y colegas italianos que más influyeron en su producción: Mario Ceradini, Alessandro Antonelli (bien llamado “el Eiffel italiano”), Carlo Ceppi, Giuseppe Sacconi, Camilo Boito y Edoardo Mella.

El libro se completa con un inventario de las obras de Vespignani, una tarea ardua que ha tropezado con los escollos propios de la heterogeneidad, dispersión e incompletitud de la documentación, tanto en la Argentina como en Italia, lugares donde ha espigado el autor. Pero aunque él estima que su resultado es incompleto, su aporte resulta de inestimable valor para la inerrancia en la identificación de la “opera omnia” vespignanesca, sujeta hasta ahora a atribuciones erróneas, omisiones e incluso juicios peyorativos. Es bien interesante en este aspecto el registro de sus obras en Perú, Brasil y Uruguay, virtualmente desconocidas para la crítica local.

Quizá a partir de este valioso trabajo científico (que para las ediciones futuras reclama ilustraciones de mayor tamaño), la figura del sacerdote ítalo-argentino hacedor de iglesias y colegios comience a coronarse del aura de celebridad que durante varias décadas se le ha retaceado, acaso por no estar disponible en la bibliografía una obra como ésta. Porque su nombre acompaña el de otros insignes arquitectos, más favorecidos por la notoriedad, que dejaron la huella de su excelencia en la arquitectura historicista argentina.

Vespignani no fue menos que sus colegas, según lo ha demostrado, con creces y con memoria agradecida, nuestro estudioso compatriota Juan Lázara.

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