¿Por qué y cómo se erosiona la democracia?

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Por Sheri Berman

Cualquiera que siga la política europea observa por doquier conversaciones sobre la crisis: la decadencia de los principales partidos de centroderecha y centroizquierda que estabilizaron los sistemas de partidos europeos durante décadas; el surgimiento de partidos contrarios al establishment, xenófobos y populistas; la fragmentación y paralización de los gobiernos de Europa occidental; el Brexit en el Reino Unido y la aparición de líderes autocráticos en Hungría y otros países de Europa del Este.

La sabiduría convencional señala como causa de estas tendencias las actitudes y preferencias de los ciudadanos europeos. Conforme a este punto de vista, en los últimos años ha crecido la insatisfacción de los europeos con la democracia, han perdido la confianza en las instituciones políticas tradicionales, se han desilusionado con la Unión Europea, se han vuelto más xenófobos, etc.

Sin embargo, esta sabiduría convencional resulta ser errónea. Larry Bartels, uno de los académicos estadounidenses más influyentes en el terreno de la opinión pública, política electoral y representación política, ha centrado su atención en Europa en un nuevo libro, “Democracy Erodes from the Top: Leaders, Citizens, and the Challenge of Populism in Europe” [La democracia se erosiona desde arriba: líderes, ciudadanos y el desafío del populismo en Europa]Al revisar y analizar datos de opinión pública, concluye que «en lo que se refiere a las actitudes y preferencias de los europeos comunes», existe un enorme abismo entre «el alarmante retrato de la democracia en crisis» que domina la discusión en el nivel de la calle y de la academia y la «más prosaica realidad de la opinión pública europea contemporánea».

 No mucho más populares

 Democracy Erodes from the Top analiza la opinión sobre una amplia gama de temas críticos, incluyendo el Estado de Bienestar (sobre el cual las actitudes se han mantenido mayormente estables y positivas) y la integración europea (más o menos igual, incluso en países donde hubo un grandísimo temor a una reacción contra la Unión Europea tras la crisis de la eurozona). Pero sus secciones más interesantes y provocativas se centran en el populismo y el desarrollo democrático.

Bartels destaca que, a pesar de que se habla constantemente de una «ola populista» que amenaza la democracia en Europa, el promedio de votos que recibieron los partidos populistas en la década de 2010 fue de «solo» aproximadamente 12,4%: un aumento, sí, pero bastante modesto, si se lo compara con el 10% o el 11% que estos partidos recibieron en las décadas de 1980 y 1990. Pero más relevante es su argumento de que este incremento no se puede atribuir a cambios en las actitudes de la ciudadanía, ya que durante este periodo el espíritu populista de derecha y hostil a la inmigración en realidad disminuyó. También señala que, dado que es menos probable que la población más joven albergue tal sentimiento que la población de mayor edad, es probable que el reemplazo generacional lo haga aún menos prevalente en el futuro.

Pero no es solo a través del tiempo como se verifica la desconexión del voto populista de los cambios en las actitudes públicas: lo mismo sucede a escala internacional. Bartels también encuentra poca correlación entre el espíritu populista de derecha u hostil a la inmigración en un país y el porcentaje de votos que cosechan los partidos populistas.

Las próximas elecciones en Suecia ilustran esto a la perfección. Suecia aparece en las encuestas de opinión como el país europeo con el menor espíritu populista de derecha y hostil a la inmigración. Sin embargo, los actuales sondeos ubican a los populistas Demócratas de Suecia, el segundo partido más grande del país, apenas 10% detrás de los socialdemócratas.

¿Crisis? ¿Qué crisis?

La historia es similar con respecto a las actitudes frente la democracia, donde los datos de opinión no sugieren claramente una «crisis». Bartels señala que la satisfacción general con la democracia «ha sido bastante estable a lo largo del siglo XXI» y cualquier aumento en la frustración con la democracia «parece reflejar principalmente la insatisfacción con la situación económica más que reclamos específicamente políticos».

Bartels también sostiene que los datos no respaldan el argumento de que la ciudadanía europea se ha vuelto significativamente más desconfiada de las instituciones políticas. Señala que el «verdadero culpable» de los cambios en las últimas décadas, en los países donde los ha habido, ha sido un clima económico cambiante y no un espíritu político fundamental.

Del mismo modo, encuentra poca evidencia de crisis en otras acciones comunes de insatisfacción política, como las protestas. Sostiene que, a pesar de ciertos estallidos que gozaron de buena publicidad, como el de los gilets jaunes (chalecos amarillos) en Francia, no ha habido un aumento general de las protestas durante este siglo; tampoco encuentra, en ningún caso, que esa actividad esté claramente correlacionada con la insatisfacción democrática. Detecta, entre los países con baja satisfacción, «una enorme variación en la prevalencia de la actividad de protesta», que va desde la participación de 2% de la población cada año en Polonia, Estonia y Lituania hasta diez veces más en España y Grecia, países donde la protesta parece «formar parte del modo de vida».

Volviendo a lugares donde ha habido retrocesos democráticos reales, como Hungría y Polonia, aquí también Bartels desafía la opinión común de que esto se debe en gran medida a la propagación de un espíritu antidemocrático, actitudes cada vez más proautoritarias y una creciente xenofobia. Por el contrario, sostiene que Fidesz en Hungría y Ley y Justicia en Polonia se presentaron como partidos más conservadores que antidemocráticos, y que quienes votaron por ellos lo hicieron porque tenían preferencias conservadoras, no xenófobas o autoritarias.

En resumen, es un error considerar que se dio un retroceso democrático «porque los votantes querían autoritarismo». Más bien fue el resultado de «lo que comenzó como partidos conservadores convencionales (…) que aprovecharon las oportunidades para atrincherarse en el poder».

Liderazgo político crucial

El otro argumento principal de Bartels en Democracy Erodes from the Top, ensayado en sus trabajos anteriores, es que los resultados políticos tienen poco que ver con lo que quiere la ciudadanía. Por el contrario, cree, como indica el título, que el comportamiento de las elites es determinante.

El mito de la democracia como «gobierno del pueblo» significa que se supone que las preferencias de los ciudadanos son la fuerza principal que anima la política democrática. Si, por el contrario, la democracia falla, su erosión o ruptura debe ser de alguna manera atribuible a errores en la opinión pública. Sin embargo, Bartels encuentra una notoria desconexión entre la opinión pública ordinaria y los procesos comúnmente tomados como indicativos de una «crisis de la democracia» en la Europa contemporánea, y remarca el papel crucial del liderazgo político en la preservación o el desmantelamiento de las instituciones y los procedimientos democráticos.

Entonces, así como el retroceso democrático en lugares como Hungría y Polonia es, según Bartels, el resultado de que las elites engañan a los ciudadanos (al presentarse como conservadores que, una vez en el poder, se comportan como autoritarios), también el populismo emergente se entiende mejor como una consecuencia de la manipulación de la elite. Los datos de opinión dejan en claro que siempre ha habido un «reservorio» de actitudes populistas de derecha y hostiles a la inmigración, pero estas actitudes no siempre han tenido relevancia directa a la hora de votar.

Los politólogos diferencian entre preferencias y prominencia. Las preferencias se refieren a las actitudes de una persona sobre un tema, mientras que la prominencia se refiere a la intensidad o importancia relacionada con esas actitudes. Solo las actitudes prominentes influyen decisivamente en el comportamiento político.

Y aquí es donde entran las elites: en los últimos años, los políticos –en particular, los populistas de derecha– han trabajado activamente para aumentar la prominencia de las preferencias antiinmigrantes y otras preferencias populistas de derecha, lo que hace más probable que los ciudadanos que ya albergan tales preferencias voten basados en ellas. Los partidos populistas de derecha, por lo tanto, según Bartels, «se valen del reservorio de espíritu populista de derecha», pero su éxito depende «de la habilidad de los emprendedores políticos» para explotar las oportunidades disponibles.

Preciosa y frágil

Bartels enfatiza que para responder con éxito a las amenazas contra la democracia hay que saber cuáles son esas amenazas. Democracy Erodes from the Top nos recuerda la amenaza generada por las elites iliberales y antidemocráticas. Pero si bien es cierto que los fanáticos de la democracia deberían desconfiar de los políticos que explotan la opinión pública para socavar la democracia, esto no significa que los ciudadanos «que son explotados» por semejantes políticos estén exentos de toda responsabilidad o reproche.

Como deja claro el análisis de Bartels, algunos ciudadanos sí albergan un espíritu populista de derecha y hostil a la inmigración. Un número aún mayor está más preocupado por su bienestar económico que por salvaguardar las democracias que, en el largo plazo, son la única forma de garantizarle a esa ciudadanía que tenga la oportunidad de vivir en libertad y con seguridad. Es necesario aumentar el número de ciudadanos que reconozcan el valor y la fragilidad de la democracia para fortalecerla y estabilizarla a largo plazo.

Después de todo, las elites no pueden explotar un reservorio que no existe.

Fuente: IPS y Social Europe. Traducción: Carlos Díaz Rocca

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