Volver al Futuro 2024

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*Por Augusto Neve

El paso del tiempo nos aqueja. No lo podemos detener y el ser humano desea tener control sobre absolutamente todo. Tal vez ni eso calme la ansiedad con la que vivimos.

Si alguien pudiera crear la fuente de la juventud, un suplemento diario reducido a una pastilla, algunos se atreverían a una crítica filosófica y hasta biológica. Pero no creo mucho en la humanidad como para decir que casi todos, si es que tuviéramos acceso económico a ella, la tomaríamos.

Comprar juventud, comprar años, sería seguramente en detrimento de otros. Porque si la ciencia ficción no nos mintió es que los aquejados por circunstancias económicas venderían años para ganar algo de dinero y los millonarios los comprarían para ganar tiempo, para ser jóvenes en el futuro.

21 de octubre de 2015 fue lo máximo que Steven Spielberg se animó a enviar a Marty Mc Fly al futuro; ya pasado. Allí pudimos ver causas-consecuencias de su entorno familiar y descubrir cómo serían sus hijos.

Luego, si tomamos como referencia que el “presente” de la película es en 1985, Marty fue a su pasado, al 12 de noviembre de 1955 para descubrir y comprender lo que ocurría con sus antepasados.

La saga de culto que protagonizó Michael J. Fox y Christopher Lloyd (como el “Doc Brown”), comprendida por un total de tres películas, nos muestra que, al fin y al cabo, los seres humanos somos “de manual”. 

Si analizamos nuestro pasado, podemos más o menos prever nuestro futuro. Y ahora hablamos de la humanidad toda. Pues una cosa pareciera ser lo que nos pasa como individuos, físicamente: nos arrugamos, nos achicamos, nos debilitamos. Eso queremos evitarlo: aprendimos a alimentarnos, aunque cada vez es más difícil conseguir no transgénicos; practicamos más deporte, aunque cada vez generamos empleos más sedentarios; y por último, las cirugías nos devuelven el alisado deseado en nuestro órgano más grande, esa piel a la cual destruimos con mala hidratación, en un mundo donde cada vez hay menos agua potable.

¿Sería difícil determinar, aunque sea a groso modo, que los seres humanos nos estamos autodestruyendo? Si es necesaria otra anécdota filmográfica, vean “Wall-E”.

Es verdad que nunca se vivió con tanto confort en toda la historia. También es verdad que nunca se tuvieron mejores expectativas de vida que ahora, dado que algunos estudios mencionan que en los próximos 40 años llegaríamos a los 120 años de edad. Pero… Cómo? ¿Y quiénes? Y mucho más profundo si Usted se anima… ¿Para qué?

Y siempre está el condicionante de nuestras circunstancias como seres de un universo: “salvo que”.  Un meteorito, el agujero de ozono, un tsunami, ríos de lava, aumento drástico del nivel del mar, que se detenga el núcleo del mundo, que se tape el sol por cenizas volcánicas, o simplemente un virus, ni que hablar una bomba nuclear, pueden cambiar cualquier estudio que se pueda realizar o cualquier avance que la ciencia se permita.

Mientras tanto, nos propusimos dejar de generar empleos, producir cada vez más alimentos transgénicos y vaya a saber hasta donde permitiremos en cuanto a ética se refiere, los avances de la ciencia y tecnología aplicadas en seres humanos.

No nos planteamos nunca como opción detener el DESARROLLO. Es justamente este proceso continuo, que debería implicar crecimiento y mejoras en la vida de todos, que en realidad funciona sólo para algunos y en perjuicio de la gran mayoría. Entonces, ¿por qué seguimos por ese camino? ¿Acaso estamos tan seguros que usted y yo nos vamos a salvar?  Y si así fuere, ¿quiénes somos para determinar el futuro de aquel de más allá?

Repaso lo antes enunciado y veo que, por un lado, creemos que como individuos vamos a vivir cada vez más y mejor. Pero como humanidad vamos a estar cada vez peor. ¿Pueden ambas circunstancias ocurrir en simultáneo? Pues está ocurriendo, hoy, en nuestro presente, en 2024.

Basta con repasar las conclusiones que dejó la Segunda Guerra Mundial, e incluso teniendo el privilegio de leer desde nuestro cómodo sillón las razones de la misma que surgieron sobre cómo se desató y cómo se concluyó la Gran Guerra (la Primera), para que, sin emociones de por medio, que suelen desvirtuar nuestros análisis, concluyamos tal vez equivocadamente que están dadas todas las circunstancias para una tercera guerra global. 

O más precisamente, estemos viviendo ya la Tercera, sólo que todavía no tenemos la dimensión que tendrán los libros de historia del futuro, que pueden probablemente decir que estamos en guerra desde: la declaración de guerra de Rusia contra Ucrania en Europa; la escalada en Gaza; las migraciones y revoluciones africanas en su continente y hacia sus países colonizadores; las migraciones americanas tanto hacia el norte (EEUU) como hacia el sur (Argentina) escapando del hambre y de la violencia terrorista; el posicionamiento de China como tercera potencia mundial y/o del Covid19; la amenaza constante de Corea del Norte; el silencio a viva voz de la nuclear India; la occidentalización económica de algunos países árabes (como la intervención de Qatar en el fútbol profesional, sede del último Mundial masculino) que nadie se pregunta ¿para qué?; las demostraciones neonazis en Italia y Alemania, entre otros países; los triunfos de las extremas derechas en varias regiones, incluidas Latinoamérica; o tal vez, desde todos estos hechos.

Menciono las anteriores situaciones beligerantes, sólo como los principales renglones resaltados de una actualidad que nos debería preocupar más de lo que tal vez lo hace. Y bueno…la vida sigue, preocupándonos por salir a trotar e ir al “gym”, hacer ayuno intermitente y aumentar antioxidantes, hacernos un retoque acá o allá. Total, me subo a una nave y al meteorito lo esquivo, ¡pa’ qué profundizar!

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