Mise en scène o decisión indeclinable

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¿Fue una simple puesta en escena para victimizarse y agregarle dramatismo a su
situación personal y procesal? Es una posibilidad que no debe descartarse. Pero pudo haber sido —por qué no— un rapto de histeria, propio del personaje en cuestión. O, quizá, fue parte de una estrategia diseñada con el propósito de insuflarle aire al “Operativo clamor”, que algunos de sus fieles intentarán poner en marcha en el curso de esta semana o la próxima. Cualquiera de las tres hipótesis es válida a la hora de hallarle una explicación al anuncio intempestivo de Cristina Fernández. Como quiera que sea, lo cierto es que si se toma en serio el anticipo de la vicepresidente y ella no piensa figurar en ninguna boleta electoral del Frente de Todos, los problemas del oficialismo, de cara a los comicios de agosto y octubre próximos, se multiplican y adquieren una dimensión cualitativamente distinta.

Con la viuda de Kirchner encabezando la fórmula partidaria, ésta se aseguraría un piso de 20 o 25% de los votos —su núcleo duro—, que si bien no le alcanzaría para conservar el poder sí le permitiría tener un bloque sólido en la Cámara de Diputados, además de estar en condiciones de disputar la gobernación de la provincia de Buenos Aires. Pero con la Señora fuera del pelotón de candidatos el astillamiento del peronismo pasa de ser posible a resultar probable. La diferencia —como se comprenderá— nada tiene de bizantina.

En medio de una situación crítica como la que arrastra el país, a la jefa de la coalición gobernante le sería dificilísimo repetir lo que tiempo atrás hizo respecto de Alberto Fernández. Primero, en virtud del fracaso de la gestión gubernamental. Pero a ello habrá que sumarle otras dos razones: por un lado, la orfandad de presidenciables que aqueja al oficialismo. Fuera de la vicepresidente no hay ninguno que supere los diez puntos en términos de intención de voto. Por el otro, que su poder no es ni por asomo el que acreditaba en 2019. Entonces escogió a quien quiso y nadie se atrevió a disentir. Hoy, en cambio, ¿cómo podría hacerse a un costado, no competir, y así y todo pensar que podrá imponer a Axel Kiciloff, a Wado de Pedro o el que fuese, sin que su decisión levantase vientos de Fronda en el seno del peronismo?

La condena que recayó sobre Cristina Fernández no produjo ningún levantamiento civil por parte de sus seguidores. Se sabe, desde hace rato, que la consigna de La Cámpora —“si la tocan a Cristina que quilombo se va a armar”— es palabrería hueca. En una sociedad proverbialmente cobarde como lo es la nuestra, el kirchnerismo no representa la excepción a la regla. Los jóvenes y no tan jóvenes que pueblan sus filas se hallan pendientes de su cargos en la administración pública más que en la suerte de su conductora. En pocos días más se juntarán en dulce montón y peregrinarán hasta el Palacio de Tribunales o Comodoro Py donde repetirán sus cánticos. Nada más. CFK no irá presa pero la capitis diminutio que ha sufrido transparenta hasta qué punto el poder absoluto, que reivindicó con éxito a partir de la muerte de su marido, es cosa del pasado.

El peronismo, pues, se halla en estado de ebullición y la única alternativa digna de ser tenida en cuenta, que podría prosperar y evitar la diáspora, está atada al eventual éxito de Sergio Massa en su calidad de ministro de Economía. Si realmente fuese capaz de llevar el índice inflacionario a 3 % en el mes de abril y no descarrilaran otras variables, su candidatura no suscitaría resquemores ni en el kirchnerismo puro y duro ni tampoco en lo que —a falta de mejor palabra— cabría denominar la ortodoxia justicialista. De la misma manera que en estos momentos no existe una sola voz que cuestione la política de ajuste que ha implementado desde que reemplazara en el cargo a Silvina Batakis, en mayo o junio del año por venir pocos si acaso algún referente de renombre del elenco oficialista cuestionaría su postulación.

El principal obstáculo que deberá sortear, si acaso lograse domar la inflación —algo harto improbable, dicho sea de paso— se vincula con la deuda en moneda local. En la última licitación el gobierno consiguió un roll over no del todo satisfactorio del 84 % y el viernes necesitará que el mercado acepte renovar $ 410.000 MM. Para tener una idea de la magnitud de esa deuda ascendente sin solución de continuidad, entre los meses de junio y septiembre de 2023 los
vencimientos llegarán a $7 billones.

La pregunta que se hacen los analistas y buena parte de la clase política —de momento, sin respuesta segura— es si aun acortándose los plazos y subiendo las tasas de interés, los hasta aquí interesados seguirán interesados, valga la redundancia. Es verdad también —para quitarle algo de dramatismo al tema— que Massa cuenta con dos ventajas: la irrupción del Banco Central decidido a comprar deuda del Tesoro en el mercado secundario, y las pocas alternativas con que cuentan los inversores, a los cuales no les resultará fácil colocar sus pesos en otros activos como los plazos fijos o el contado con liquidación.

Las dudas que le genera la política económica en los mercados no parecen existir en la cabeza de la gran mayoría de los gobernadores. Éstos, como en general la totalidad de los referentes del oficialismo y de la oposición, dan por descontada la derrota del kirchnerismo. Pero los mandatarios provinciales, a diferencia de los diputados, senadores, intendentes y capangas sindicales, tienen una carta que les es propia y que marca —como si fuera un termómetro— la confianza o desconfianza en el gobierno federal. Poseen la facultad de unir su suerte a la boleta nacional del partido o adelantar el calendario electoral para así ponerse a cubierto de un tras-pié de la administración de Alberto Fernández. En el primer caso, confiarían en el poder de arrastre del candidato nacional —cosa que sucedió con Juan Domingo Perón, Carlos Menem y Néstor Kirchner— mientras que, en el segundo, delatarían su poca fe en un triunfo. A esta altura ya son 14 los estados provinciales que han decidido despegarse de la Nación y separar la fecha de sus respectivos comicios. Es más que un síntoma de la descomposición acelerada del oficialismo.

El gran triunfo obtenido a expensas de Croacia ayer no sólo es una suerte de revancha de ese verdadero paseo futbolístico que nos dio la escuadra de Modric hace cuatro años en Rusia. Es algo más, porque le permite a buena parte de la sufrida sociedad argentina mantener abierta la esperanza de que el domingo —si fuéramos capaces de ganar la final del Mundial— podrá
festejar como loca y —por un momento— olvidar sus padecimientos diarios.

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