La historia de la iglesia de San Ignacio en la invasión británica al río de la Plata

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Mucho se ha escrito sobre las Invasiones Inglesas, aunque para ser correctos debiéramos llamarlas invasiones británicas ya que el Ejército que tomó Buenos Aires el 27 de junio de 1806 se componía además de súbditos de esa corona, no sólo ingleses. Otro aspecto es que debiéramos llamarla además la Invasión Británica al Río de la Plata porque, como se sabe, en junio de 1806 llegaron a nuestro estuario, desembarcaron y ocuparon Buenos Aires, la que fue reconquistada el 12 de agosto de 1806, pero los refuerzos enviados tomaron a fines de octubre de ese año San Fernando de Maldonado y San Carlos, en la Banda Oriental, y a comienzos de febrero del siguiente la ciudad de Montevideo. En junio intentaron tomar nuestra ciudad, que se defendió con valor, y recién en setiembre de 1807 abandonó la flota británica el Río de la Plata, por lo que fue una sola invasión con distintos episodios.

Pero dejando de lado estos comentarios, vamos a referirnos al papel que le cupo a la iglesia de San Ignacio, ubicada a apenas una cuadra en la misma calle del Cabildo, y que algunos nostálgicos aún llamaban iglesia de la Compañía. A su lado estaba el Real Colegio Convictorio Carolino donde se educaban y lo habían hecho los muchachos de la mejor sociedad porteña, algunos de los cuales ocupaban cargos expectables como Manuel Belgrano, entonces secretario del Real Consulado.

Así, en ese espacio de la que conocemos como “Manzana de las Luces”, en setiembre de 1806 y después de la convocatoria de don Santiago de Liniers para la formación de los cuerpos militares por “ser uno de los deberes más sagrados del hombre la defensa de la Patria”, el ruido de las evoluciones de los noveles Patricios vino a cambiar la tranquilidad de los claustros vecinos al templo cuando se les dio el edificio del Colegio por cuartel a pesar de las protestas del rector Luis José de Chorroarín.

El 23 de diciembre de 1806 el Cabildo mandó celebrar en San Ignacio -pagando de sus rentas- las honras fúnebres en memoria de los caídos en las jornadas del 12 de agosto, para las que seis días antes se convocó al pueblo “con carteles”, según la memoria anónima de un soldado. Dice el cronista que “todo sacerdote debía aplicar la misa por las almas de los que habían sacrificado sus vidas para la Reconquista”. Liniers asistió al oficio junto a la plana mayor de todos los cuerpos, y se levantó un magnífico túmulo. Fray Julián Perdriel, de la Orden de Predicadores, sujeto de gran talento y uno de los hombres más reputados intelectualmente, fue el encargado de pronunciar la oración fúnebre.

Aquel mismo cronista recordó que el 13 de marzo los Patricios se juntaron en el Retiro y a las 6 de la tarde caminaron seguramente por la calle del Empedrado (hoy Florida), formados con gran música, “hasta la Compañía o el Colegio adonde se acuartelaron”. Dos días después uno de los soldados se cayó en un pozo de agua y otro se tiró del segundo piso, lo que generó el comentario cruel de los vecinos, que decían que era efecto de las maldiciones de Chorroarín, que no perdonaba que le hubieran quitado el Colegio.

El 19 de junio, cuando ya la flota se encontraba en el río y se avistó desde la ciudad, se tocó alarma, formó la tropa sobre la calle del Colegio a las 7 de la mañana, desde la zanja (hoy calle Chile) hasta el Retiro, pero ante una llovizna los generales ordenaron que los cuerpos, al son de sus músicas, volvieran a los cuarteles.

Recuperada la ciudad el domingo 9 de agosto en San Ignacio el cuerpo de Catalanes celebró una función de acción de gracias a Nuestra Señora de Monserrat. Asistieron Liniers, la Real Audiencia, y cuando pasaron frente al Cabildo se unieron los miembros de este cuerpo. Finalizada la ceremonia las corporaciones acompañaron a Liniers hasta el pie de la escalera de sus habitaciones en la Real Fortaleza.

El 12 de octubre el Cuerpo de Infantería de Buenos Aires celebró en San Ignacio una solemne función en honor a su patrona, la Virgen del Pilar. Concurrió de nuevo Liniers, el subinspector de armas, don Bernardo de Velasco, la Audiencia, el Cabildo y la plana mayor de los cuerpos militares, además de numeroso gentío del pueblo. Hubo salvas triples de artillería y se hizo el elogio de la acción del 5 de julio.

El 18 de noviembre de 1807 los catalanes costearon unos funerales u honras fúnebres nuevamente en San Ignacio, a la que aparentemente la habían tomado casi como su iglesia particular. Asistieron nuevamente todas las autoridades y según Antonio Beruti, “si magníficas fueron las de los marinos, no han sido menos estas por lo grandioso y respetuoso del mausoleo, pues aquel era una pirámide y éste un propio túmulo, viéndose en uno y otro en lo demás lo opulento y majestuoso. El obispo Lué no concurrió y la oración fúnebre la pronunció el presbítero Ángel del Molino Torres”.

Ese día a las 9 de la mañana formó el cuerpo en la calle, con su música y banderas, las cuales se colocaron después dentro del templo a ambos lados del túmulo mientras se hacían tres descargas de fusilería. Según Beruti, “las cuatro columnas del crucero estaban enlutadas con colgaduras negras, la iglesia oscurecida y el coro de una armoniosa música fúnebre que acompañaba a los cantores que por una voz melancólica cantaban por solfa las vigilias, siendo todo lo que se hizo una cosa verdaderamente opulenta y majestuosa, por estar reunido en sí lo hermoso, rico y grandioso de su adorno”. Y sigue la descripción del túmulo colocado bajo la media naranja: “Ardiendo en cada frente quince hachas de cera, que en los cuatro frentes componía el número de sesenta hachas, y ocho candiles de luz, en las puntas de las ocho pirámides mayores y menores que en los cuatro costados estaban puestas, y un candil más puesto en la pirámide con que remataba el túmulo; no teniendo en cuanto a cera más que la referida”.

Beruti quedó impresionado y mandó hacer un dibujo y según él “ignoraba el arte” de quien lo trabajó, pero a pesar de ello ha llegado hasta nosotros y lo reproducimos. Esta fue una síntesis de la historia de la antigua iglesia de San Ignacio en tiempos de la invasión británica.

El autor es historiador y vicepresidente de la Academia Argentina de Artes y Ciencias de la Comunicación


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