Sobre hechos e interpretaciones

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¡¿Ha comenzado la Tercera Guerra Mundial?! Es común escuchar este tipo de declaraciones apocalípticas en varios medios de prensa, y también, por parte de algunos líderes mundiales.

Hay quienes aducen que la “Gran guerra” del siglo XXI ya se ha iniciado, solo que no podemos percibirla en su verdadera dimensión. Otros diferencian entre “guerra mundial” y “guerra global”. Ergo, también están quienes dicen que es demasiado improbable que ocurra algo semejante, y que toda amenaza de la Federación de Rusia de un ataque a gran escala sobre el resto de Europa es solo narrativa belicista, es decir, “pura espuma”.

Resulta difícil responder a una cuestión que no termina de ser una pregunta, pero tampoco de ser una afirmación. Máxime cuando hoy no existe la historia. Porque para que haya historia debería haber, en palabras en Jean Baudrillard, un “acontecimiento absoluto”, omnipresente, cuyas masas críticas capten ese acontecer y le den una lectura unívoca, o por así decir, lo menos diversificada posible, claramente visible.

La razón de esta dificultad quizás se deba a que la globalidad tiende a producir una abundancia indiscriminada de datos sobre los eventos, lo que hace que las cosas pierdan su sustancia: hablo que nos enfrentamos a un tiempo fantasma, a una era desencarnada que vaga por las tumbas de la nada, por el cementerio de los grandes relatos, buscando desesperadamente otro cuerpo que habitar. Otra ideología. Si eso no acaece, todo lo que pueda llegar a pasar en el mundo prontamente será diluido en el océano de la hiperinformación, y ningún suceso llegará a durar lo suficiente en las consciencias colectivas (mejor dicho, en las pantallas) como para considerarse que ese trance se haya realizado.

Entonces se generan dos problemas a tener en cuenta: por un lado, la dificultad de establecer lo que sinceramente ocurra en lo real; y, por el otro, en cómo se pudiera llegar a interpretar.

Michel Foucault no está muy seguro de que los hechos existan. En su libro “Las palabras y las cosas” nos cita el ejemplo de la obra pictórica de Diego Velázquez, “Las meninas” (o “La familia de Felipe IV”, de 1656), para mostrarnos la relatividad de la verdad. Dentro de la escena parece haber un intercambio de miradas entre el pintor, que forma parte de los personajes, y el observador, en otros términos, nosotros. Allí sujeto y objeto se permutan y presentan un papel plástico. Una secuencia donde hay distintos puntos de vista y, desde ya, múltiples situaciones a contemplar. Aquí solo surgen interpretaciones y la tela como cosa queda diluida. Pues bien, Velázquez, ¿nos retrata a nosotros o somos nosotros los que le damos carácter de retrato a partir del acto de mirar?  ¿Existe la obra? ¿Existe el observador?  Sin el espectador no habría cuadro y sin cuadro no habría espectador.

De allí que Foucault, citando a Friedrich Nietzsche, ahora nos advierta que “más que hechos, (solo hay) interpretaciones”. Entramos en la misma lógica que en el ejemplo anterior. Humildemente disiento. Creo, sin duda, que ambos coexisten: pintura y observador; hechos e interpretaciones. Y ahí radica el problema central.

Los hechos tienen ontología, solo que nadie puede aprehenderlos como realmente son al estar depositados a la vez sobre dimensiones holográficas. Es la ocultación del ser. Como la pintura de Velázquez, si bien hay un solo lienzo como hecho objetal, empero, la cosa en sí es dada en varias perspectivas produciendo sobre “eso” gamas de percepciones. Cada uno puede construir intrínsicamente el relato que más le suene: en el fondo todos serán considerados “verdaderos” para la subjetividad. En este sentido, parece que Velázquez anunciara la “muerte de la pintura”, del mismo modo que Roland Barthes anunció la muerte del autor y Andy Warhol el fin de la originalidad: aquí la pregunta de cuál “Marilyn” es la real se vuelve improcedente.

Volvamos por un instante a la mentada frase supracitada de Nietzsche. La pregunta es: ¿realmente dijo esto, o solo es una “fake news” más? Es muy común atribuir falsamente frases de tarjetas de felicitaciones a personajes famosos. En el caso que nos ocupa sabemos que la cita está en un escrito póstumo conocido como “La voluntad de poder”.

Nietzsche jamás llegó a escribir ese libro, aunque tuvo la intención de hacerlo. Esta obra es una compilación de su hermana Elizabeth Foster y editada por Peter Gast, quien parece haber reunido textos sueltos y aforismos del filósofo del martillo dándole forma intencionada. Nadie sabe a ciencia cierta cuáles conceptos proceden de su pluma y cuáles no. Es bueno tener en cuenta que posteriormente Elizabeth fue una simpatizante del fascismo alemán y forzó los textos del desaparecido pensador para convertirlo en una especie de “protonazi”.

Esto pasa a ser solo un ejemplo de que no podemos estar seguros de casi nada. La cantidad de medios de información hacen que las exégesis sean sesgadas. En otros tiempos las noticias llegaban con demasiada lentitud. Esto contribuía a que se pudiesen tener apreciaciones acotadas de la realidad. Ante menos miradas, más probabilidad de que las cosas hubieran sucedido de la manera en que probablemente sucedieron.

Sin embargo, la menor cantidad de perspectivas tampoco garantiza la verdad pero psicológicamente nos hace creer que estamos en un tiempo determinado permitiendo con ello el tener ciertas certezas para tomar decisiones. Certidumbres. Muchas más aseveraciones hacen que todo entre en el campo de una ilusión para algunos y de realidades auténticas para otros. Desde el punto de vista platónico en nuestra época la “episteme” se ha integrado con la “doxa”.

Lo que quiero mostrar es algo que ciertamente todos vivimos pero difícilmente se advierta por la vorágine cotidiana: que en la actualidad todo esto se ha exacerbado a un grado inimaginable y, como consecuencia, caminamos sobre una tela hiperreal digital donde nada es lo que parece. Caímos dentro de la sociedad de los prestidigitadores, de los farsantes, de aquellos simuladores que montan una escena teatral sobre la sustantividad tornándola inaccesible y que hasta sus mismos creadores han quedado atrapados en sus redes creyéndose sus propias mentiras.

En conclusión, y volviendo a la pregunta inicial sobre la controversia de si estamos transitando una Tercera Guerra Mundial todavía no visible, es solo una comparación más entre muchas otras; no obstante, en este caso hay un hecho: la invasión de un poderoso país sobre otro y cientos de vidas cegadas; y, en medio de esto, un sinfín de interpretaciones, de excusas, de hipótesis, de improperios, de razones.

El día en que la guerra de Ucrania escale, si es que escala, igualmente nos encontraremos en la incertidumbre acerca de qué sucesos son los que están sobreviniendo en el campo de operaciones. Se cuestionará si ante las circunstancias de la hiperinformación es posible que ocurra un evento así o no.

Lo único que parece sustentable es que, en el mundo multicopiado en el que vivimos y que padecemos, el día en el que lleguemos a estar realmente seguros de un acontecimiento, es porque este será devastador, y a causa de esa devastación, será imposible mirar para otro lado. Los millones de copias se reducirán a su original: ese día habrá un cataclismo, ese día habrá comenzado la historia. Una historia que, aunque suene paradójico, difícilmente podamos contar.

* Filósofo, ensayista y teólogo

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