Finalmente, la Infanta Cristina e Iñaki Urdangarin se separan

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El compromiso con sus cuatro hijos “permanece intacto”, aseguraron en un comunicado. El detonante fueron unas fotos en la playa del consorte y su nueva novia.

A la una de la tarde de este lunes un comunicado distribuido por la agencia EFE anunciaba que la Infanta Cristina e Iñaki Urdangarin habían decidido de común acuerdo “interrumpir su relación matrimonial”. No obstante subrayaban que el compromiso con sus cuatro hijos “permanece intacto” y pedían, dado que es una decisión de ámbito privado, “el máximo respeto a todos los que nos rodean”.

Era el punto y final esperado a una separación que parecía a todas luces inevitable. La imagen que la semana pasada publicó la revista Lecturas en portada, donde aparecía Urdangarin dando un romántico paseo de la mano por la playa francesa de Hossegor con Ainhoa Armentia, compañera suya del bufete Imaz y Asociados, era el golpe de muerte a su matrimonio con la Infanta.

Dilatar el comunicado solo podía suponer alimentar la especulación, el acoso mediático y sobre todo ahondar aún mas en la profunda herida que este escándalo ha provocado en una mujer que lo sacrificó todo por amor: se enfrentó a su familia, puso en jaque a la Corona, siguió a su marido al exilio, al banquillo de los acusados y hasta miró para otro lado cuando  llegaban a sus oídos ecos de devaneos ajenos al lecho conyugal.

Y es que si hubiera que poner título a los sentimientos de la Infanta Cristina por Iñaki Urdangarin se podrían definir como “la historia de una obsesión” desde que en 1996, en los JJOO de Atlanta, contempló por vez primera desde la grada al atractivo balonmanista rubio de casi dos metros de estatura. Era su encarnación del “hombre ideal” a tenor de lo que la Infanta comentaba en su círculo. “A Cristina no la casan con un estrecho de pecho ni atada”, aseguraba una amiga suya. La hermana de Don Felipe tuvo que luchar desde el principio contra corriente por el amor de Iñaki: primero para lograr que dejara a su novia de entonces, Carmen Camí, con la que convivía, y después con su propio padre, el Rey Juan Carlos, que se oponía a la boda e incluso intentó hacer una campaña mediática para impedir el compromiso. Su demoledora frase en la pedida de su hija “me parece bien si a ella le parece bien” reflejaba que el Monarca tragó más que consintió este enlace, que se celebró el 4 de octubre en la catedral de Barcelona.

El siguiente reto fue encajar el rol institucional del ya duque de Palma, título que la pareja recibió del Rey tras su boda. Dio lugar a situaciones tan surrealistas como ver a los escoltas en chándal siguiendo al marido de la Infanta en sus entrenamientos, lo que le empujó a dejar el balonmano antes de tiempo. Don Juan Carlos pretendía para su yerno un puesto institucional, como la presidencia del COE, pero Urdangarin se empecinó en dedicarse a los negocios, fundando en 2003 con su exprofesor Diego Torres el Instituto Nóos, algo que su mujer secundó. “Temía que se desmoronara sin el balonmano y la culpara a ella”, dijo un allegado a la pareja.

Sobre el papel, daban imagen de familia perfecta rubricada por sus cuatro retoños, Juan Valentín, Pablo Nicolás, Miguel e Irene, todos guapos, rubios y perfectamente educados. Pero la realidad es que Iñaki no era el yerno perfecto que pintaban las crónicas, pues se acostumbró pronto al boato que rodeaba a la familia real, le encantaba el dinero y comenzó a circular por Barcelona un run run sobre “los negocios del duque” y su altísimo tren de vida. No solo acumulaba empresas como una ristra de salchichas sino que además en 2004 convenció a la Infanta para adquirir un palacete en Pedralbes, la zona más exclusiva de la ciudad, por seis millones de euros. Un dispendio que provocó la ruptura con su cuñado Don Felipe, con el que inicialmente había hecho buenas migas, cuando le pidió ayuda para costear la hipoteca. “No habértelo comprado”, zanjó el Príncipe. Dos años más tarde, en 2006, saltaron las alarmas en la Casa Real tras publicar EL MUNDO los injustificables gastos que supusieron para el gobierno balear los congresos sobre turismo y deporte organizados por el Instituto Nóos. Se requirió al conde de Fontao, asesor de don Juan Carlos, para valorar la situación y éste aconsejó que de inmediato Urdangarin abandonase sus negocios y pusiera tierra por medio.

Primer “exilio”. Washington fue en 2009 la primera etapa de su exilio preventivo, con el puesto de consejero internacional de Telefónica, destino al que le siguió la Infanta con sus cuatro hijos, victimas inocentes de este culebrón. Cristina de Borbón vivió allí momentos duros, pues se debatía entre sus sentimientos por Iñaki y la añoranza que sentía por su vida en España. Algo que cuando el juez Castro empezó en 2011 a tirar de la manta sobre los negocios del duque, que acabó con su imputación ese diciembre, hizo al Rey Juan Carlos y a Don Felipe acariciar la idea de una separación. “Confiaban en que la Infanta no soportara la presión y regresara a España con sus hijos. El Príncipe no comprendía cómo su hermana no recapacitaba ante el descalabro de su existencia y el inmenso daño que estaba sufriendo la monarquía. Su única explicación es que estaba abducida por su marido”, asegura una fuente cercana a la familia real.

Don Felipe fue artífice de la operación castigo que llevó a cabo el Palacio de la Zarzuela contra Urdangarin en vísperas de su imputación, en que fue apartado de la agenda institucional por su conducta “poco ejemplar”. Una humillación que la Infanta Cristina sobrellevó apoyando a su esposo, que se negó a pedir perdón públicamente.

Hubo varios intentos más por separarla de Iñaki antes de ser imputada en Nóos, aprovechando que circularon unos correos que aireaban la infidelidad del duque con la esposa de un íntimo amigo suyo. Cuando la Infanta parecía convencida, se arrepentía, como ocurrió en el verano de 2012, cuando se anunció que iría a Marivent sola con sus hijos, pero permaneció junto a Urdangarin en Barcelona, donde vivieron un año aciago en que hasta les insultaban por la calle. Hubo otro intento más en 2013, año en que fue imputada, aunque le retiraron los cargos, de enviarla sola a Ginebra e incluso se anunció que su marido se quedaría en Barcelona preparando su defensa. Pero contra todo pronóstico, se reunió en Suiza con la Infanta, dejando una vez más a la Zarzuela al pie de los caballos.

El caso Nóos, aparte de acabar con la Infanta en el banquillo en enero de 2016, fue sobre todo la espita por la que comenzó a desangrarse la impecable imagen de la monarquía de Juan Carlos, que en 2014 abdicó en su hijo, acorralado también por la crisis del elefante de Botsuana, el “affaire” con Corinna Larsen y sus achaques de salud. Cuando Don Felipe fue proclamado Rey, poco se podía hacer por la Infanta Cristina, que en enero fue imputada de nuevo, solo quedaba proteger a la Corona, por lo que se estableció un cortafuegos eliminándola a ella y de paso a Elena de la familia real.

Pero ante la tozudez de Cristina de no hacer ningún gesto antes de sentarse en el banquillo, como renunciar a sus derechos al trono, la revocó también el ducado de Palma en 2015, produciéndose su ruptura definitiva .

La Infanta se libró de la cárcel pero no así Urdangarin, que fue condenado a cinco años y diez meses de prisión, ingresando en la cárcel femenina de Brieva el 18 de junio de 2018. Ante tal humillación, el único consuelo para la Infanta, que siguió viviendo en Ginebra con sus hijos, fue librarse de esa foto de la vergüenza visitando a su marido en la cárcel. En enero pasado, cuando Urdangarin logró el tercer grado y decidió irse a Vitoria con su madre, seguramente la Infanta todavía tenía esperanzas de que pudiera producirse esa reunificación familiar que tanto había soñado. Y que a las puertas de la libertad condicional, que Urdangarin obtendrá en mayo, su comunicado de separación definitivamente ha truncado.

Fuente: El Mundo

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