Carlos Ponce de León, pastor herido

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Se cumplen 45 años de la muerte del obispo de San Nicolás ocurrida en un sospechoso accidente automovilístico cuando llevaba documentación a la Nunciatura Apostólica sobre secuestros y torturas en su diócesis.

“Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas” (Mt 26,31). Son palabras de un profeta que Jesucristo usa en la última cena para anticipar su destino. La misma lógica del sanedrín que lo condenó –y que se repitió una y mil veces en la historia– fue la que animó a la última dictadura militar argentina (1976-1983) y llevó a que muchos paguen con su sangre el seguimiento de Cristo en el compromiso por la justicia. Pero el caso de un obispo merecía un tratamiento especial, no podía ser eliminado a plena luz del día por un gobierno que se proclamaba cristiano y contaba con la legitimación de algunos sectores eclesiales.

Con Angelelli el modus operandi fue la simulación de un accidente vial. Eso es algo que la justicia ya determinó en 2014. La muerte de Ponce de León fue apenas once meses después de la del obispo riojano y en circunstancias que todavía están siendo investigadas en los tribunales. Este 11 de julio se cumplen 45 años de esa trágica embestida de una camioneta F100 con el frágil Renault 4 del obispo de San Nicolás. Recientemente se han conocido pericias realizadas con técnicas informáticas de reproducción de accidentes que pocos años atrás nos hubieran parecido de ciencia ficción. A partir de las declaraciones de la causa judicial, el software PC-CRASH muestra de tres maneras diferentes que el relato del chofer de la camioneta es mecánicamente imposible. Por si esto fuera poco, sobre la base de las fotos de los vehículos se reconstruye en un video cómo tendría que haber sido la colisión. El resultado es concluyente: al obispo lo estaban esperando y le cruzaron la camioneta.

Hoy, al hacer memoria de Ponce de León en este clima de aniversario, también queremos recordar su vida. ¿Por qué había que callar a este obispo? ¿Qué hacía que molestase tanto a los militares? Si hubiera que responder con una frase diríamos: Ponce fue un obispo pastor, que se tomó en serio la renovación que propuso el Concilio. Había elegido por lema episcopal la frase de Jesús “no he venido a ser servido sino a servir” y lo puso en práctica abriendo la Iglesia y poniéndola al servicio de las necesidades del momento. Entre otras cosas, fundó Caritas diocesana, varias escuelas y un instituto para la formación de asistentes sociales. Su trato era amistoso y de cercanía, especialmente con los pobres o los que estaban en dificultades. Tenía mucho ascendiente entre los jóvenes, en tiempos de una juventud movilizada. Tanta energía al servicio de la renovación eclesial encontró oposiciones, como testimonia la Carta de Cuaresma de 1971: “esta hora fecunda de la Iglesia, que hace temblar a los débiles de espíritu y a los que han hallado un ‘status’ en su catolicismo costumbrista y utilitario, es la hora de la renovación, señalada por el Concilio para todos”.

Esa decidida actitud renovadora no pudo menos que chocar con quienes veían una infiltración marxista en el acercamiento de la Iglesia a los pobres. En la Carta de Cuaresma de 1972 les responde: “No ignoramos las acusaciones politizantes ni la ubicación tercermundista de las actividades renovadoras y experiencias peligrosas por las cuales somos juzgados con frecuencia. Todo ello nos alegra porque es vida, como vida es la fidelidad al Evangelio que nos lleva a tener la serena paz de la confianza en el Señor que ilumina y nos quiere verdadera sal de la tierra y verdadera luz del mundo”.

Dueño de una personalidad decidida que no reparaba en dificultades, su enfrentamiento con las autoridades militares no se debió a cuestiones de política partidaria sino a su actitud de pastor cuando recrudeció el terrorismo de Estado. Se jugó en serio. Recibía a familiares de desaparecidos y gestionaba sus pedidos sin importar el credo o la posición social. También dejó de asistir a los actos oficiales y defendió a los obreros frente a la represión.

Esto terminó de tensar la cuerda con el jefe militar de la zona, el teniente coronel Saint Amant, un verdadero cruzado de la “civilización occidental y cristiana” que pensaba que el mayor peligro que enfrentaba la patria era el marxismo que se había infiltrado en la Iglesia.

En un informe de inteligencia elevado a (Carlos) Suárez Mason –pocos meses antes del trágico 11 de julio–, afirmaba en mayúsculas: “Es evidente que la Iglesia opera en la diócesis de San Nicolás bajo la dirección de monseñor Ponce de León como una resultante de fuerzas enroladas sustancialmente en las filas del enemigo”. Leída hoy semejante afirmación resulta una clara condena a muerte.

Un pastor que había que herir. Expresión cabal de una Iglesia latinoamericana que desde el Concilio descubrió que su lugar es del lado de los pobres. Un pastor al que le cabe el título que justamente les dieron a Angelelli y sus compañeros mártires el día de sus beatificaciones: “mártir del Concilio”.

* Sacerdote de la diócesis de San Nicolás, profesor de la Facultad de Teología de Buenos Aires (UCA). Colaborador de la Comisión Ponce de León

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