El peronismo, un camaleón daltónico

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Siempre se ha comparado con la técnica de los camaleones para mimetizarse con su entorno, a la capacidad del peronismo de adaptarse a los contextos internacionales del momento y, de ese modo, imponerse al resto, generalmente estancado en sus principios conceptuales.

Pues, ahora no estaría sucediendo.

La historia le reconoce un tiempismo desde sus inicios, en los años ’40 difíciles para el mundo, aunque más recientemente, que supo virar hacia la izquierda tras el París del ’68 y acoger en su seno a los que el propio Juan Perón consideraría intrusos en los años ’70; ser “neoliberal” en los tiempos en que Carlos Menem llevó a la Argentina a la “Tormenta del Desierto” en la Guerra del Golfo de George Bush; mostrarse “transversal” a toda la política con Néstor Kirchner tras el “que se vayan todos” del 2001, o chavista con Cristina Fernández.

Ahora el peronismo o el conjunto de fuerzas que puede ser identificado como tal, se muestra confundido. No sabe qué color adoptar. No distingue el contexto o, al menos, no está seguro a cuál aferrarse.

El gobierno de Alberto Fernández está en tensión hacia adentro y mientras él en unos momentos se ha querido mostrar como un alfonsinista equivocado de lugar, los propios y los ajenos se lo sacan de encima, enumerando sus saltos por el cavallismo, el kirchnerismo, el antikirchnerismo y sus tareas de lobbista de grandes empresas (cosa que no requiere de ideología u orientación, sino de presión y picardía).

Muchos podrán decir que el problema no es solo eso, y es admisible otro canal de análisis: ¿Está “el peronismo” dentro de lo que se presenta formalmente como peronismo? ¿O se fue y es parte de muchos otros sectores de la oposición?

Tampoco son válidos los “peronómetros” para medir quién es más o menos peronista, ya que tal categoría vinculada a Perón y Evita, por ejemplo, ha quedado perimida, hundida en el túnel del tiempo y pocos podrían hoy reconocerse en esos modelos, más allá de la iconografía folclórica que implican ambos nombres juntos. Pero pasa lo mismo: la desorientación los puede utilizar para un lado o el otro sin más, ya que hay lecturas, mitos, fragmentos de la historia y de discursos que sirven para hilar un peronismo a la derecha y a la izquierda al mismo tiempo, pero no para que todos unidos triunfen, como dice su himno.

Siempre ha habido sectores divergentes que le permitieron abrazar con ambos brazos. Pero ahora esos miembros se mueven con mucha autonomía e impiden que el corpus total se configure, llevándolo a los tumbos de un lado al otro del poder, aunque con el objetivo puesto, siempre, en conservarlo, ya que es uno de los pocos factores en común creer que les pertenecen todos los roles: gobernar y ser opositores.

¿Es el gris de Fernández el color del peronismo y sus amigos del Grupo de Puebla? ¿Es el rojo de Cristina Fernández haciéndole masajes resucitatorios al chavismo? ¿O es el azul de Sergio Massa, con guiños hacia el viejo menemismo sin casarse con nadie, pícaro y cambiante?

¿O acaso el color real del peronismo es el amarillo de Miguel Ángel Pichetto, tal vez uno de los más camaleónicos dirigentes que ha dado esa fuerza, que no solo viró hacia la oposición de Juntos por el Cambio, sino que sigue haciéndolo, hacia la tentación del modelo del salvadoreño Bukele, luego de que lo abandonaran en su intento por conducir el “pejotismo” oficial tanto Massa como Juan Schiaretti, Roberto Lavagna y Juan Manuel Urtubey?

El fenómeno de identificación de nuevo posicionamiento del peronismo no solo se queda en la enumeración cortita de posibles precandidatos presidenciales, en que si habrá ganas de reelección, si es CFK, Axel Kicillof, Jorge Capitanich, Daniel Scioli o Wado de Pedro.

En la oposición los dos principales aspirantes a la primera magistratura provienen del peronismo: tanto Horacio Rodríguez Larreta como Patricia Bullrich lo acreditan en su ADN político, alguno con más vehemencia y evidencia que el otro.

Y si se escarba un poco más podría analizarse, en todo caso, si lo de Javier Milei no es un fenómeno propio de una metamorfosis brutal del peronismo, atento al tenor de sus consignas, a la sintonización con el giro conservador que tiene el mundo y a muchas de sus actitudes públicas y vínculos empresarios privados.

De tal manera que por primera vez asistimos a un peronismo que ha explotado y cuyas esquirlas han quedado insertas en todas las otras fuerzas, lo que impide identificar cuál podría considerarse -en términos del autopercibido “perononólogo” Julio Bárbaro- el “verdadero” o “auténtico”. Todos tienen algo de eso y ninguno, a la vez, parece estar sintonizando el color del momento en el mundo, atrapado por sus propios gustos, deseos o conveniencias.

  • Columna publicada originalmente en el portal Memo

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