Medio Oriente: la utopía como ilusión

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La actual guerra entre Israel y la Franja de Gaza está constituyéndose en una catástrofe en todo sentido. Humanitaria, sobre todo. El problema mayor radica en responder a la siguiente pregunta: ¿qué solución encontrar para el día después? Esto es coyuntural. Debe haber “día después”. Porque si el conflicto se sale de las manos se expandiría como reguero de pólvora en la región y, como sabemos, una conflagración a gran escala en el Próximo Oriente puede decantar justamente en lo que se intenta evitar entre Rusia y la OTAN: una guerra mundial declarada (ya que actualmente estamos ante una guerra global tácita).

En la actualidad están trascendiendo algunos posibles desenlaces, como la creación de dos Estados, uno palestino y otro israelí que coexistan como en una federación. Joe Biden, Rishi Sunak y Emmanuel Macron están trabajando en esa línea (siguiendo con lo tratado anteriormente en la Conferencia de Paz en Madrid de 1991 y en los Acuerdos de Oslo de 1993). Ya que la consideran la menos imperfecta de todas las “propuestas imperfectas”.

Más allá de lo salomónico que pueda parecer, esto no garantiza evitar el derramamiento de sangre, que, en definitiva, es lo más importante. O debería serlo. Salvar vidas. Resguardar a los inocentes sin concesión. Si esta es la meta es un buen principio. Pero sin un interés genuino por el bienestar del otro independientemente de su origen, es decir, sin una convivencia pacífica entre hermanos, la conciliación es casi imposible y la situación seguirá cronificándose.

En la filosofía podemos encontrar algunas pistas. Un pacifista que pensó algo muy parecido, en otro contexto, claro, aunque en el mismo marco conceptual, fue el escritor y periodista Albert Camus. Ante la inevitable independencia de Argelia -que traería una matanza- propuso un entendimiento pacífico entre franceses y árabes. Aunque ello significara que Argelia siga bajo el ala francesa. Para cuidar la existencia hay que sacrificar ambiciones políticas y emancipaciones vacías. Por ello fue criticado y se proclamó a viva voz su muerte.

Entre las cosas que se le endilgaron se dijo que era “un lacayo fascista y burgués” además de “un enemigo del pueblo y de la humanidad”. También fue tachado como un colonialista de derecha por sus pares intelectuales. Pero al autor de “El extranjero” poco le importaba las escaramuzas ideológicas por el poder, él solo quería evitar la matanza. Una bofetada a Jean-Paul Sartre y su “tribu” que abogaban por el estalinismo como “lo menos malo”, a pesar que era “vox populi” la existencia de campos de concentración dentro de la misma Unión Soviética. El sustrato moral era prioritario. Esto quedó manifiesto en los ensayos publicados en “Combat” en 1948 bajo el título “Ni víctimas ni victimarios”. La misma lucidez han mostrado los autores de la antología “El Dios
fracasado” como André Gide, Arthur Koestler y Richard Wright entre otros.

Bajo la luz camusiana, quizás, un posible remedio a la actual situación en Oriente Medio sea el que los árabes actuales renuncien a la pretensión de un Estado palestino y acepten vivir en un solo país, Israel, bajo los ideales de la libertad y la democracia. Con leyes que cuiden sus costumbres y sus creencias. El respeto de ambos pueblos, sus ideas y religiones. Reconociendo que lo más importante es evitar un exterminio. Insisto: en esas tierras nunca hubo un Estado palestino. Es un mito para alimentar una revolución innecesaria. Hay que dejar, en su defecto, que hable la historia y decida la madurez. Sin embargo, el solo pretenderlo ya es causa de luchas intestinas. (Los árabes no son originariamente democráticos, sino teocráticos). Pero claro, esto último que dije es una quimera. Una ingenua ilusión.

Los hombres por alguna razón opaca eligen el camino de la violencia y no del consenso. Y cuando las conclusiones son de naturaleza ideal -por no decir cándidas- el pesimismo como absurdo es el que se impone ya que parece que, aunque se logre algún arreglo, será siempre un paliativo. Algo oscuro y devastador anida en la psique humana, hay un odio incomprensible hacia el distinto que domina y, siendo así, el continuo y mutuo “holocausto” parece ser inevitable.

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