Corría el verano de 1992 en Roma cuando una noche mi amigo y por entonces “shadow cabinet” en Economía de la Democracia Cristiana italiana, Roberto Panizza, me invitó a cenar con Luigi Scalfaro, presidente de Italia. Fue una cena íntima en un restaurante que se llamaba “Poppa e Prua”, los tres sentados a una mesita redonda. Recuerdo que yo a mis 27 años estaba un poquito abrumado por la magnitud de mi anfitrión. Scalfaro quería conversar acerca de la presidencia de Raúl Alfonsín y su abrupto final y no le interesaba mucho la presidencia de Carlos Menem, que se desarrollaba por aquel entonces. Tenía más un interés histórico, sociológico, revisionista, que político y de actualidad.
Yo venía de presentar una tesis de postgrado en la Universidad de Roma acerca de los procesos de integración regional y su necesaria armonización fiscal, y había trabajado en la comparación de la Comunidad Económica Europea y el naciente Mercosur.
Fue entonces cuando Scalfaro ensayó una explicación de la OTAN que quedó en mi inconsciente y totalmente olvidada hasta estos días, en que regresó a mí a raíz de la posición que asumió Turquía frente a la solicitud de ingreso a la organización por parte de Suecia y de Finlandia en el marco de la crisis entre Rusia y Ucrania.
El análisis que esbozo es absolutamente contrario a las creencias generalizadas y arraigadas, y tal vez, también, contrario a lo políticamente correcto. Pero, ¿para qué sirve un intelectual que piensa siempre como manda la corriente?
Scalfaro me confió aquella noche -citando a otro gran mandatario italiano que lo había precedido, Francesco Cossiga– su parecer acerca de que la OTAN no era simplemente una alianza de seguridad sino también una organización establecida por los Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial para colaborar en el gobierno de Europa. Dijo “en el gobierno de Europa” y no “con el gobierno de Europa”.
Me contó que cuando los países solicitaban convertirse en miembros de la OTAN debían, entre otras cosas, establecer una unidad especial en el corazón de sus servicios de inteligencia y seguridad bajo la coordinación directa de Washington. Para, teóricamente, “luchar contra el comunismo”.
Unos años después, en una entrevista Cossiga sostuvo algo parecido: “Se sorprenderá, pero esta agencia especial no tenía nada que ver con el ala militar de la OTAN. Estaba relacionada con la Agencia del Atlántico Norte. (…) La Organización de Operaciones Especiales dependía completamente del ala política”, declaró (Sabah, entrevista con Nur Batur, 17 de febrero de 2009).
Me contó Scalfaro que él sentía que la OTAN terminaba siendo una organización que determinaba todas las políticas de sus estados miembros, desde militares hasta políticas y económicas (Bruselas todavía no había tomado la fuerza que tendría después) y fundamentalmente alrededor de objetivos estratégicos trazados desde EEUU.
¿Y qué tiene que ver todo esto con Turquía y su veto al ingreso de Suecia y Finlandia a la OTAN?
Mucho, a la luz de esta mirada. Los medios occidentales han dicho y repetido que el “problema kurdo” fue la razón por la que Turquía vetó la adhesión de Suecia y Finlandia; y esto sería parcialmente cierto si aceptamos el razonamiento Scalfaro/Cossiga.
En efecto, limitar el tema al problema kurdo nos impide observar “el bosque”. Y “el bosque” significa aproximarse al conflicto entre Turquía y EEUU, que se ha intensificado desde 2016.
Según la tesis que aquí sostengo, Turquía ha utilizado el “veto” en la OTAN para adoptar una postura firme contra las políticas estadounidenses anti-Turquía. Contrariamente a las declaraciones de Jake Sullivan y Edward “Ned” Price, el motivo del veto de Turquía es la relación entre Estambul y Washington.
En respuesta a una pregunta sobre si Turquía bloqueó la membresía de Suecia y Finlandia en la Alianza Atlántica para devolver el golpe a Estados Unidos, el portavoz del departamento de Estado, Price, dijo que “no era una cuestión bilateral entre” Estados Unidos y Turquía, lo que fue corroborado luego por el asesor de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, Sullivan, que intentó sostener que la incorporación de los dos países escandinavos no era un problema de Estados Unidos…
Según la versión hegemónica, la objeción de Turquía a la membresía de Suecia y Finlandia sería un esfuerzo por aumentar su poder de negociación (el poder turco de negociación).
Está claro que el énfasis principal en las declaraciones del presidente turco Recep Tayyip Erdogan está puesto en el apoyo que Suecia y Finlandia le han prestado y aún le prestan hoy al Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) y a la “organización terrorista Fetullah” (FETO).
Los problemas planteados por Erdogan, como los embargos de los miembros de la OTAN, incluida la venta de armas, contra Turquía, y su apoyo al PKK y al YPG (Unidades de Protección del Pueblo Kurdo de Siria, la rama siria armada del PKK), se refieren principal aunque veladamente a Estados Unidos.
Son muchos los que sostienen que el intento del golpe de Estado de julio de 2016 contó esencialmente con apoyo de la OTAN. Conocido por el nombre del clérigo Fetullah Gulen, escondido y con “green card” en territorio estadounidense, FETO intenta ser en realidad una estructura estatal paralela en Turquía, establecida y administrada por “Occidente”, y de FETO fue el golpe fallido.
Turquía enfrentó fuertes embargos cuando lanzó la “Operación de Paz de Chipre de 1974”. ¿No condenaron los estados miembros de la OTAN la lucha de Turquía contra el PKK en la década de 1990, diciendo que violaba los derechos humanos, y no impusieron embargos a la venta de armas? Embargos que siguen hasta nuestros días y que han forzado a Turquía a invertir miles de millones en el desarrollo de armas de avanzada, como estamos viendo con el caso de los famosos drones Bayraktar.
Según la opinión mayoritaria en Ankara, los países de la OTAN no están apoyando sino obstaculizando la lucha de Turquía contra el PKK y FETO. Estados Unidos, Francia, Reino Unido, Alemania, Noruega, los Países Bajos, todos miembros de la OTAN, incluso Suecia y Finlandia, que están desesperados por unirse a la OTAN, apoyan al PKK y FETO.
Siguiendo aquellos razonamientos Scalfaro/Cossiga, podríamos decir que como nación Turquía ha aprendido (con dolor y decepción) durante las últimas siete décadas que “Estados Unidos es la OTAN y la OTAN es Estados Unidos”. Todos los conceptos estratégicos de la Organización se han moldeado de acuerdo con las prioridades de EEUU y tal vez la invasión Rusa a Ucrania sea la mejor demostración de eso.
Turquía ha estado luchando con la OTAN desde adentro desde mediados de la década de 1990. Durante los 70 años de membresía en la OTAN, especialmente en los últimos treinta, ha quedado claro que ser miembro de la OTAN no redujo las amenazas contra Turquía sino que, por el contrario, las ha aumentado, imponiéndole además gravosas cargas bajo una difusa promesa de recibirla en su mercado común.
Tal vez, el presidente Erdogan haya encontrado el momento de hacerlo evidente.
* Abogado y experto en Relaciones Internacionales

