El arquitecto Gustavo Porta, discípulo y amigo del pintor rioplatense, construyó un “edificio” desde el cual se otea su vida y su obra.
El sol. El mar. La vida es una sucesión de instantáneas desordenadas. El artista, Carlos Páez Vilaró, habita un paisaje personal y único. Su joven amigo arquitecto, Gustavo Porta, narrador y personaje, lo recrea en “Bitácora de viaje”, el libro que acaba de vez la luz y ya está en las librerías porteñas.
Si bien la línea es protagonista de cada imagen de este caleidoscopio, la historia no es lineal. Tiempo y espacio se entrecruzan y construyen la figura de un viaje de exploración del alma, de la amistad, del goce, de la hermandad y de la génesis de la obra artística.
Esta aventura literaria no es una biografía ni una semblanza ni un retrato. Es una hoja de ruta puesta en palabras que describen un estado de búsqueda permanente, un trayecto en el que hacer es la meta. Acompañan al mentor y al discípulo en este recorrido casi iniciático presencias tan fantásticas y disímiles como Pablo Picasso, Brigitte Bardot, el arriero chileno Sergio Catalán, Juan Carlos Onetti, Vinicius de Moraes, Horacio Guarany, “Pepe” Mujica, el director de bomberos, Nemesio.
Sensible, elocuente, popular, generoso y desmesurado: así es el Páez Vilaró que transita las páginas de este libro irrepetible.
Porta escribe con un estilo inconfundible por muchas razones: la libertad, los rastros de múltiples lecturas que configuran un intertexto rico y mágico, el afecto y la admiración por el maestro que se transmiten sin adjetivos retóricos y el anclaje en las dos costas: Punta Ballena y el Tigre, Uruguay y la Argentina, patrias naturales y adoptivas fundidas en el arte.
Seguramente los lectores agradecerán esta nueva mirada gozosa sobre el hacer y el vivir de Páez Vilaró.

